domingo, 3 de enero de 2016

CAPITULO 5 (PRIMERA PARTE)





En vez de pedir al chófer que la llevara de vuelta al apartamento, donde sabía que Carolina la estaría esperando para bombardearla con preguntas, Paula le indicó que la dejara en la calle 81 Oeste, justo a solo dos manzanas de donde trabajaba en la 83 Oeste. Había un pequeño parque al que no solía ir mucha gente a esa hora de la mañana; lo habitual era encontrarse solo carritos, niñeras y niños de preescolar jugando.


El contrato estaba dentro del bolso, así que se lo pegó más al costado mientras se dirigía a un banco vacío lo más lejos posible del parquecito donde los niños estaban jugando, para poder así tener algo de privacidad.


Tenía que estar en el trabajo a las doce del mediodía, pero iba a necesitar tiempo para procesar lo que estaba a punto de leer. La orden de Pedro de que dejara su trabajo y fuera a trabajar para él aún le resonaba en la cabeza.


No, Paula nunca se había planteado que su trabajo en la confitería fuera permanente, pero le gustaba la pareja que la llevaba; habían sido buenos con ella. Además, era un lugar al que ella había ido a menudo y desde el principio se había entendido muy bien con ellos. Y no, no era un trabajo a la altura de todo el dinero que Juan había invertido en su educación. Se había dejado llevar por un impulso al preguntar a los dueños si necesitaban ayuda extra. Pero ello le permitiría disponer de tiempo para averiguar cuál iba a
ser su siguiente paso y la hacía sentirse bien saber que no era completamente dependiente de Juan para vivir. Él ya había hecho por ella más que suficiente a lo largo de los años, y no quería que se preocupara más por ella.


Cuando se sentó en el banco, se aseguró de que no hubiera nadie lo bastante cerca como para poder ver lo que estaba leyendo, y luego sacó el contrato del bolso. Pasó la primera página del documento y comenzó a leer los contenidos.


Los ojos se le agrandaban conforme iba leyendo más y más. 


Pasaba las páginas automáticamente mientras se debatía entre la incredulidad y una extraña curiosidad.


Pedro no había mentido cuando le había dicho que la poseería, que efectivamente le pertenecería. Si firmaba este contrato y se metía en una relación con él, le estaría cediendo todo el poder.


Había algunos requisitos exigentes que decían que tenía que estar disponible para él a todas horas, tenía que viajar con él y estar a su disposición. Sus horas de trabajo serían las que él dijera y su tiempo le pertenecía exclusivamente a él en esas horas de trabajo.


¡Dios santo, había incluso requisitos precisos para el sexo!


Las mejillas se le encendieron mientras alzaba la mirada rápidamente, asustada de que alguien pudiera verla y supiera exactamente lo que estaba leyendo. Y por su bien mejor que nadie estuviera cerca para ojear lo que estaba escrito en esas páginas.


Si firmaba estaría accediendo a cederle poder no solo en el dormitorio sino también en todos los aspectos de su relación. 


Las decisiones las tomaba él y ella tenía que obedecer.


Quizá lo más inquietante era que, a pesar de lo detallado que era el contrato, la descripción de lo que ella tendría que hacer era más bien vaga; todo estaba cubierto bajo el hecho de que tenía que darle a él todo lo que él quisiera, cuándo y cómo él lo quisiera.


A cambio, él le garantizaba que todas las necesidades que ella pudiera tener se le cubrirían, física y económicamente. 


No decía nada sobre las necesidades emocionales, no era el estilo de Pedro. Ella conocía lo suficiente como para saber que se había bajado del tren de la confianza en lo que a mujeres se refería. Tendrían sexo, y tendrían una cuasi relación tal y como se definía en el contrato, pero la relación
de intimidad no entraría en juego, ni tampoco las emociones.


Se había reservado el derecho de cancelar el contrato cuando él quisiera y si se diera el caso de que ella incumpliera algunos de los términos a los que había accedido. Era muy frío, como un contrato laboral con cláusula de finalización por incumplimiento. Y suponía también que era más bien una doble oferta de trabajo: una como su asistente personal y otra como su amante. Un juguete, una posesión.


El trabajo como asistente personal era solo una tapadera para poder tener pleno acceso a ella. La quería a su entera disposición en la oficina y en cualquier viaje de negocios que hicieran. Pero él incluso iba más allá, porque su tiempo fuera de la oficina también era suyo.


Paula frunció el ceño mientras accedía a la última página. 


Estaba bien que le hubiera dicho que leyera el contrato y volviera el lunes con una decisión, pero el contrato no le decía nada más que el hecho de que rescindiría todos sus derechos y de que él se adueñaría de cada aspecto de su vida. ¡No especificaba nada! ¿Qué significaba todo eso? ¿Qué esperaba de ella? ¿Iba a atarla a la mesa y a follársela en intervalos de treinta minutos? ¿Esperaba que le hiciera una mamada cuando estuviera en una conferencia telefónica? La única referencia que había descubierto era
una cláusula bajo el apartado dedicado al sexo donde especificaba que incluía prácticas de bondage, juegos de dominación y de sumisión, siempre como a él se le antojara.


Paula no podía siquiera concebir todo lo que eso significaba.


No era tonta en lo que se refería al sexo; no era virgen y había tenido novios estables en su vida.


Fueron relaciones convencionales, pero a ella no le importaba. Nunca se le habría ocurrido meterse en esas perversiones.


Todo le sonaba como muy pornográfico, y el hecho de que era un contrato donde firmaría para perder todos los derechos que tenía sobre su propio cuerpo lo hacía todo mucho más absurdo. Cuanto más lo leía allí sentada, más nerviosa se ponía.


Ojeó otro párrafo que resaltaba precisamente la importancia de que fuera plenamente consciente de en qué se estaría metiendo, y que si firmaba el contrato estaría accediendo a no contar nada de su relación con Pedro a ninguna fuente exterior, incluyendo medios de comunicación.


Dios santo, ¿los medios? ¿Qué pensaba que iba a hacer, ir al programa Buenos días, América y contarle al mundo que había sido el juguete sexual de Pedro Alfonso?


Cuando llegó al siguiente párrafo, los ojos se le agrandaron incluso más.


El médico personal de Pedro le haría entrega de un examen médico completo, y ella tendría que darle un documento similar para que ambas partes demostrasen que estaban limpios y libres de enfermedades.


Y, además, tendría que estar bajo tratamiento anticonceptivo para evitar embarazos, ya que solo se proporcionarían condones en el caso de interacción con otra persona que no fuera Pedro.


Paula dejó caer el contrato sobre su regazo, boquiabierta. 


¿Qué narices significaba eso? ¿Tendría que entretener a quienquiera que él eligiera?


La cabeza le dio vueltas de solo pensar en las implicaciones que eso conllevaría.


Había acertado al haberse preguntado si sería capaz de manejar a un hombre como Pedro. Estaba tan fuera de su alcance que daba asco; Paula no había oído hablar ni de la mitad de las cosas que se detallaban en este contrato.


El comentario que Pedro le hizo sobre que sería paciente y la guiaría según sus expectativas le volvió a venir a la cabeza. Se quería reír. Dios, a ese ritmo iba a necesitar un guía a tiempo completo.


Investigaría en Google más tarde, porque iba a tener que buscar información sobre la mayoría de las cosas que se nombraban ahí.


Las manos le temblaban cuando cogió el contrato de nuevo y leyó la última página. Esto era una locura, pero peor era que ella aún no lo hubiera roto en pedacitos y le hubiera dicho a Pedro exactamente dónde podía metérselo.


¿Estaba de verdad contemplando la idea de firmar?


Sus emociones eran una mezcla entre «maldita sea». y «Dios mío».. Parte de ella quería averiguar lo pervertido que era Pedro, y, a juzgar por el contrato, se alejaba bastante de cualquier cosa que pareciera convencional.


Apenas recordaba los efectos colaterales que había tenido su divorcio de Lisa, pero había sido apenas unos años atrás y ella era todavía muy joven. Lo único que sabía era que no había sido bonito y que había afectado a sus relaciones con las mujeres desde entonces. Pero ¿habían tenido ellos esta clase de relación? ¿Había salido escaldado por ello? La gente normal no entraría en tanto detalle para cubrir cada mínima particularidad de una relación.


Ahora Paula se preguntaba sobre todas las mujeres con las que Pedro había estado; no es que le hubieran presentado a ninguna, pero había escuchado hablar a Juan y a Alejandro. 


Si tenía un contrato preparado en todo momento, básicamente le estaba diciendo que era el mismo que entregaba a todas sus mujeres.


Eso le dejó un sabor amargo en la boca. No, no esperaba que la tratara de diferente manera que a todas las mujeres que había tenido con anterioridad, pero le gustaba pensar que era especial o al menos original, no que la había metido en el mismo saco que a todas las demás con las que se había acostado.


Pero bueno, prefería que fuera claro con ella y no le hiciera malinterpretar la situación. Al menos sabía precisamente dónde se encontraba. Pedro había sido muy claro en que quería que ella se metiera en esto con los ojos bien abiertos. 


Y tras haber leído el contrato se le iban a quedar abiertos por tiempo indefinido.


Miró el reloj y se dio cuenta de que aún tenía tiempo de llegar a la confitería si se marchaba ya.


Dobló el contrato y lo volvió a meter en el bolso, luego se puso en marcha en dirección a La Pâtisserie.


Sacó el móvil mientras andaba, y, como era de esperar, ya tenía media docena de mensajes de su mejor amiga. En todos ellos quería saber cómo le había ido con Pedro y la amenazaba con que, si no soltaba prenda pronto, Carolina la iba a matar.


¿Qué se suponía que podía decirle? No sabía por qué, pero escribir «Pedro quiere que sea su juguete personal». no sonaba bien; probablemente, haría que Carolina se desmayara.


Y Dios, si Juan se enterara…


Paula inspiró hondo. Juan era un problema gordo. Se volvería loco si se enteraba de todo esto, pero seguro que Pedro ya lo había considerado, ¿no?


No podía dejar de ninguna manera que Juan se enterara; arruinaría su amistad con Pedro y muy posiblemente su negocio también. Eso sin mencionar que nunca lo comprendería y abriría un enorme abismo entre ella y Juan.


Estaba contemplando la idea de aceptar. Debía de estar haciéndolo si estaba pensando en todos los posibles obstáculos, ¿verdad? ¿Había perdido la cabeza o qué?


Debería estar corriendo lo más rápido que pudiera en la dirección contraria y aun así…


Todavía le sobraban diez minutos cuando abrió la puerta de La Pâtisserie. La campana tintineó, con ese sonido familiar que hacía la puerta al cerrarse, y al entrar Paula sonrió a Greg y Louisa, los dueños de la tienda.


—¡Hola, Paula! —dijo Louisa desde detrás del mostrador.


Paula la saludó con la mano y se fue corriendo hasta la trastienda para coger su delantal y su gorro. Era una ridícula boina francesa con la que siempre se había sentido estúpida al llevarla, pero Greg y Louisa insistieron en que todos los empleados tenían que ponérsela.


Cuando volvió a la parte delantera de la tienda, Louisa le hizo un gesto con la mano para que se acercara.


—Yo estaré en el mostrador hoy. Greg estará detrás horneando; tenemos un pedido grande para esta noche. ¿Te quedas tú atendiendo las mesas?


—Claro —dijo Paula.


Había solo cinco mesas en la diminuta cafetería. Era un local pequeño que servía café, cruasanes y deliciosos dulces para llevar, pero a algunos clientes habituales les gustaba tomarse el café y los dulces dentro, en el descanso de sus trabajos. Había otras cuatro mesas adicionales en la calle, pero eran de autoservicio así que no tenía que preocuparse por ellas.


—¿Has comido? —le preguntó Louisa.


Paula sonrió. A Louisa siempre le preocupaba que Paula no comiera lo suficiente o que se saltara comidas, y, como resultado, siempre intentaba que comiera allí.


—He desayunado bien esta mañana. Cogeré algo antes de irme.


—Está bien. Asegúrate de probar el nuevo sándwich de Greg, querrá saber tu opinión. Se lo está dando a probar a algunos clientes hoy para que le digan qué tal. Quiere añadirlo al menú.


Paula asintió y entonces se dirigió a una mesa donde una pareja acababa de sentarse.


Durante la siguiente hora, Paula estuvo atendiendo las mesas sin parar ya que era la hora del descanso para almorzar. Estuvo tan ocupada que ni siquiera pudo prestarle mucha atención al tema Pedro.


Obviamente ocupaba una enorme parte de su mente; estaba menos atenta de lo usual y se había confundido con dos pedidos, algo que raramente ocurría.


Louisa la miraba con preocupación pero Paula se mantuvo ocupada; no quería que la mujer mayor se preocupara, o, peor, que le preguntara si algo iba mal.


A las dos, la clientela empezó a disminuir y la tienda se comenzó a vaciar. Paula estaba a punto de tomarse un descanso por un segundo, quizá sentarse y beber algo, cuando levantó la mirada y vio a Pedro entrando por la puerta.


Se tropezó a mitad de camino y casi terminó despatarrada en el suelo. Pedro se precipitó hacia ella y la cogió antes de que se cayera. Sus manos la siguieron sujetando firmemente por los brazos, incluso tras haberse estabilizado. Las mejillas las tenía encendidas de la vergüenza y rápidamente recorrió la estancia con la mirada para ver si alguien más había sido testigo de su torpeza.


—¿Estás bien? —preguntó Pedro en voz baja.


—Sí —dijo como pudo—. ¿Qué estás haciendo aquí? Las comisuras de los labios de Pedro se arquearon en una sonrisa mientras la miraba despreocupadamente.


—He venido a verte. ¿Por qué otro motivo podría estar aquí?


—¿Porque tienen buen café?


Pedro se encaminó entonces hacia la mesa situada en la esquina más alejada de la tienda mientras todavía la tenía cogida por el brazo.


—Pedro, tengo que trabajar —le susurró con fiereza.


—Puedes atenderme a mí —le dijo mientras se sentaba. 


Paula, exasperada, se enfadó.


—Tú no comes aquí y lo sabes. No te puedo imaginar comiendo en un sitio como este.


Él levantó una ceja.


—¿Me estás llamando esnob?


—Simplemente he hecho una observación.


Pedro cogió el menú y lo leyó durante un momento antes de dejarlo otra vez en la mesa.


—Un café y un cruasán.


Paula sacudió la cabeza y se dirigió hacia el mostrador para coger el cruasán y servirle la taza de café.


Gracias a dios, Louisa se había ido a la trastienda con Greg y no la había visto caerse. No tenía ningunas ganas de responder preguntas sobre quién era Pedro.


Tuvo que esperar a que las manos le dejaran de temblar antes de coger la taza de café y de que pudiera llevársela, con el cruasán, a la mesa donde estaba sentado. Cuando estuvo a punto de alejarse de nuevo, Pedro levantó la mano y sujetó la de Paula.


—Tómate un momento y siéntate, Paula. No hay nadie en la tienda.


—No puedo sentarme así como así. Estoy trabajando, Pedro.


—¿Y no puedes descansar nunca?


Paula no iba a decirle que había estado a punto de hacer justo eso cuando él había entrado. Dios, Pedro era capaz de haber estado esperando a que la tienda estuviera vacía y supiera que no estaría ocupada solo para entrar.


Con un suspiro de resignación se sentó en la silla que había enfrente de él y lo miró a los ojos.


—¿Por qué estás aquí, Pedro? Dijiste que tenía hasta el lunes.


—Quería ver cuál era mi rival —dijo abruptamente.


Echó una ojeada a toda la tienda y entonces la volvió a contemplar confundido.


—¿Esto es lo que de verdad quieres, Paula? ¿Donde quieres estar?


Paula echó un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que Greg y Louisa no estaban a la vista y entonces volvió a girarse hacia él, las rodillas le temblaban bajo la mesa.


—Hay muchas cosas en ese… contrato —Paula apenas pudo pronunciar la palabra, y, a continuación, bajó la mirada porque no podía mantenérsela ni un momento más—. Mucho que considerar.


Cuando ella volvió a mirarlo, los ojos de Pedro estaban llenos de satisfacción.


—Así que ya lo has leído.


—Por encima —mintió. Intentó parecer informal y al menos un poco sofisticada, como si tuviera esa clase de ofertas todo el tiempo—. Tengo intención de dedicarle más tiempo esta noche.


—Bien. Quiero que estés segura.


Pedro movió una de las manos por encima de la mesa y deslizó los dedos sobre la muñeca de Paula. El pulso de la joven se aceleró como reacción al simple contacto con Pedro y oleadas de frío le recorrieron el brazo entero.


—Deja el trabajo, Paula —dijo con una voz tranquila que no se oía más allá de la mesa—. Sabes que no necesitas estar aquí. Yo te puedo dar muchas mejores oportunidades.


—¿Para ti o para mí? —lo retó.


Pedro sonrió de nuevo. Era tan seductor que ella casi se derritió en el sitio.


—Será un acuerdo beneficioso para ambos.


—Pero no puedo dejarlos tirados sin haber encontrado aún a alguien que me sustituya. No estaría bien, Pedro.


—Me aseguraré de que consiguen a un empleado temporal hasta que ellos contraten a alguien para cubrir tu puesto. Hay mucha gente que necesita trabajo, Paula. Los Miller no te quieren dejar ir. No están buscando a nadie porque están perfectamente felices teniéndote tanto tiempo como puedan.


Paula vaciló y con una mano se apartó el pelo de la cara, nerviosa.


—Lo consideraré.


Pedro sonrió una vez más, los ojos le brillaban con calidez. 


Antes de que ella pudiera reaccionar, él tiró de ella hacia delante y le levantó el mentón con un dedo hasta que su boca se fundió con la de ella con pasión y fervor. Paula no se movió ni se apartó, su cuerpo se derritió contra el suyo buscando su abrazo mientras Pedro profundizaba en el beso.


Su lengua acariciaba la de ella, provocándola ligeramente antes de separarse. Le lamió el labio inferior y se lo mordió con suavidad para tirar de él con los dientes.


—Piensa en ello, Paula —le susurró—. Estaré esperando tu decisión.


Entonces se apartó y salió de la tienda para meterse en el coche que le estaba esperando fuera.


Paula se quedó allí con la mirada puesta en la calle durante bastante tiempo después de que Pedro se hubiera ido. Se llevó la mano a los labios, que le hormigueaban por el beso. 


Aún podía olerlo… aún sentía su cuerpo pegado al de ella.


Se despertó de su estupor cuando la campanita de encima de la puerta tintineó y un cliente entró.


Louisa volvió de la trastienda y atendió al cliente mientras Paula retiraba el café medio lleno de Pedro y su cruasán de la mesa.


Todavía afectada por la agitación interior, caminó lentamente hasta la parte trasera para quitarse el delantal y la boina. Greg seguía horneando y Louisa se le había acercado para echarle una mano. Paula se quedó de pie en la puerta durante un buen rato antes de que Greg alzara la mirada y la viera.


—¿Va todo bien, Paula? —le preguntó.


Ella respiró hondo y lentamente soltó:
—Hay algo que necesito deciros, a ti y a Louisa.








CAPITULO 4 (PRIMERA PARTE)




Paula se bajó del taxi en la Quinta Avenida, ya que solo tendría que dar un pequeño paseo hasta el edificio que albergaba las oficinas de ACM, y suspiró por el buen tiempo que hacía. El viento le alborotaba el pelo y daba indicios del fresco que para la fecha en la que estaban era poco más que inevitable. Los días se estaban volviendo más fríos mientras el otoño se iba y dejaba paso al invierno.


Pedro vivía muy cerquita, en el número 400 de la Quinta Avenida, en una moderna urbanización residencial de lujo, mientras que Juan vivía en el Upper West Side, mucho más cerca de Paula. Sin embargo, ella estaba segura de ser la razón por la que Juan nunca se había mudado más cerca de su oficina. Y luego estaba Alejandro, que vivía en el número 1 de Morton Square, con vistas al río Hudson.


Se precipitó hasta el rascacielos que albergaba el ACM y sacó rápidamente el pase de seguridad para poder dirigirse hacia el torno que llevaba a los ascensores. Juan le había dado el pase cuando le hizo una visita guiada por las oficinas de ACM unos cuantos años atrás, pero apenas lo había usado ya que siempre que venía estaba con él. Por lo que ella sabía, esa cosa podría haber dejado de funcionar, y entonces tendría que identificarse con los de seguridad para que la dejaran pasar. Solo que, antes de perder todo ese tiempo, a lo mejor se acobardaba, daba media vuelta y se iba.


Afortunadamente, no tuvo ningún problema.


Bajó la mirada hacia su reloj cuando el abarrotado ascensor llegó, accedió a él y se colocó como pudo al fondo ya que mucha más gente empujaba para entrar. Eran las diez menos cinco y odiaba llegar tarde. Y no es que ahora llegara tarde —al menos no todavía—, pero Paula era una de esas personas a las que siempre les gustaba llegar temprano. Se ponía nerviosa si no lo hacía, y llegar con tan poco tiempo de antelación la había puesto ansiosa.


No tenía nada que ver con que estuviera tan empeñada en obedecer la orden de Pedro, tampoco es que él fuera a querer su cabeza si llegaba tarde. Pero había habido algo en su voz que la hacía mostrarse recelosa de llevarle la contraria. Y si era honesta consigo misma, estaba loca por saber por qué le había dicho que acudiera a la cita de forma tan imperiosa.


Carolina la había precipitado hacia la ducha y la había vestido después como si Paula fuera una niña que no tuviera ni idea de qué llevar ni de cómo vestirse. Tras elegir unos vaqueros que se le ceñían en cada curva, cogió un top y una camiseta ancha que se le caía por un hombro, le llegaba por la cintura y dejaba a la vista una diminuta parte de su vientre si se movía bien.


Le secó el largo cabello dándole volumen y ondeándole algunos mechones para darle una apariencia más alocada. 


Carolina juraba que melenas como la de Paula volvían locos a los hombres, pero esta última no tenía muy claro que quisiera volver loco a Pedro. Sí, había estado más de una vez en sus fantasías adolescentes —y adultas—, pero, ahora que se había acercado a ella de forma más personal, sentía un inmenso poder que radiaba de él.


La había intimidado y le había hecho pensárselo dos veces antes de decidir si podría algún día manejar a un hombre como él.


Paula apenas se había puesto maquillaje; no era que no llevara, sino que de alguna forma arreglarse demasiado para esta reunión misteriosa con Pedro parecía… desesperado, como si llevara una señal de neón en la cara que dejara claro cuáles eran sus intenciones y sus deseos. ¿Y si se trataba de un encuentro completamente mundano? ¿No se sentiría como una completa idiota si iba vestida para seducirlo y luego se daba cuenta de que solo quería saber cómo estaba? De todas formas, ¿quién narices sabía lo que él estaba pensando? Pedro no era de los que iban contando sus pensamientos y sentimientos al mundo.


Justo cuando quedaba un minuto para las diez, Paula salió del ascensor y se apresuró hacia la recepción de ACM. 


Eleanora, la recepcionista, le sonrió y saludó a Paula mientras se acercaba. Paula no tuvo tiempo de decidir si estaba loca por haber aceptado acudir a la cita, ni de serenarse y calmarse antes de lanzarse a los lobos. Apenas tenía un minuto para entrar en la oficina de Pedro.


—Había quedado con Pedro a las diez —dijo Paula sin aliento.


—Le haré saber que has llegado —dijo Eleanora mientras cogía el teléfono.


Paula se dio la vuelta, no muy segura de si él saldría a recepción a buscarla o de si era ella la que tendría que acudir a su despacho. Siempre que había venido a ver a Juan, había ido directamente hasta allí, no había tenido que esperar como si tuviera una cita.


—Puedes ir a su despacho —le informó Eleanora.


Paula se volvió rápidamente y asintió a la vez que respiraba hondo y se dirigía hacia el pasillo donde se encontraban los despachos. Pasó por delante de la de Juan y se encontró al final del pasillo, donde se encontraba el espacioso despacho de Pedro. Se detuvo un momento justo detrás de la puerta y bajó la mirada hacia los dedos del pie, con las uñas pintadas que sobresalían de los seductores zapatos de tacón alto que Carolina le había sugerido.


De repente se sintió como la idiota más grande del universo. 


Fuera lo que fuere que hubiera poseído a Pedro en la fiesta de la noche anterior, seguro que lo había malinterpretado por completo y ahora venía vestida con la única intención de seducirlo.


Estaba a punto de darse media vuelta y volver al ascensor tan rápido como los tacones le permitieran, cuando la puerta se abrió y Pedro Alfonso apareció detrás y se la quedó mirando con atención.


—Me preguntaba si habías cambiado de idea —le dijo.


Ella se sonrojó llena de culpabilidad y rezó por lo que más quería para que él no le pudiera leer los pensamientos. Lo más seguro era que la culpabilidad estuviera plasmada en todo su rostro.


—Estoy aquí —dijo valientemente a la vez que levantaba la barbilla y le devolvía la mirada. Pedro retrocedió un paso y extendió el brazo.


—Pasa.


Ella volvió a coger aire y se adentró en la guarida del león.


Paula ya había visto la oficina de Pedro una vez, años antes cuando Juan la había llevado de visita por toda la planta que ACM ocupaba, pero había estado tan emocionada que todo permanecía borroso en su mente. Ahora sí que se detuvo a estudiar el interior de la oficina con agudo interés.


La estancia gritaba «elegancia». y «dinero». por los cuatro costados. El suelo estaba revestido de una sofisticada madera caoba y cubierto parcialmente por una elegante alfombra oriental. Los muebles eran oscuros como el cuero y tenían una apariencia antigua y pintoresca. Algunos cuadros decoraban tres de las paredes mientras que la cuarta estaba cubierta por una amplia biblioteca llena de una mezcla ecléctica de libros.


A Pedro le encantaba leer. Juan y Alejandro siempre se metían con él y lo llamaban «rata de biblioteca»., pero esa era una pasión que Paula y él compartían. Cuando Pedro le regaló las pasadas Navidades los pendientes y la gargantilla que había llevado puestos la noche anterior, ella le había regalado a su vez una primera edición de una novela de Cormac McCarthy.


—Pareces nerviosa —dijo Pedro, adentrándose en sus pensamientos—. No te voy a morder, Paula. Al menos no todavía.


Ella levantó las cejas y Pedro le indicó con la mano que tomara asiento frente a su mesa. Movió la silla y le puso la mano en la espalda al mismo tiempo que se sentaba. 


Mantuvo la mano en su espalda por un rato más, logrando que a Paula le entrara un escalofrío por el contraste del calor de su contacto con el ambiente.


Dejó que los dedos de la mano se deslizaran por su hombro antes de rodear su mesa y sentarse justo enfrente de ella. 


Durante un largo rato, él la miró fijamente hasta que el calor ascendió por el cuello de Paula hasta llegar a sus mejillas. 


Pedro no solo la miraba; la estaba devorando con los ojos.


—Querías verme —dijo ella en voz baja.


Una de las comisuras de los labios de Pedro se arqueó hacia arriba.


—Quiero hacer más que verte, Paula. Si solo quisiera verte, habría pasado más tiempo contigo anoche —la respiración de Paula salió de forma irregular por sus labios, y por un breve lapso de tiempo simplemente se olvidó de cómo respirar. Se relamió los labios y recorrió su labio inferior con la lengua, inquieta—. Por el amor de Dios, Paula. Sus ojos se agrandaron.


—¿Qué?


Las fosas nasales de Pedro se ensancharon y sus puños se cerraron encima de la mesa.


—Quiero que trabajes para mí.


De todas las cosas que Paula había pensado que pudiera decir, esa precisamente no había sido una de ellas. Le devolvió la mirada, sorprendida, e intentó procesar el hecho de que Pedro acababa de ofrecerle un trabajo. Dios, había estado a punto de cagarla enormemente. Sus mejillas se tensaron por la humillación que sentía.


—Ya tengo trabajo —le dijo ella—. Lo sabes.


Pedro le hizo un gesto despectivo con la mano y un ruido de impaciencia salió de sus cuerdas vocales.


—Sabes perfectamente que no es un trabajo que esté a la altura de tus capacidades y de tu formación.


—No es que pretenda tenerlo para siempre —se defendió ella—. Los propietarios han sido muy buenos conmigo y están necesitados de personal, así que les prometí que me quedaría con ellos hasta que puedan contratar a otra persona.


Pedro le dedicó una mirada de impaciencia.


—¿Cuánto tiempo llevan diciéndote eso, Paula?


Ella se sonrojó y bajó la mirada ligeramente.


—Estás hecha para ser más que una simple dependienta en una confitería. Juan no ha gastado todo ese dinero y tú no te has pasado todo ese tiempo en la universidad para servir dónuts.


—¡Yo nunca tuve la intención de que fuera algo permanente!


—Me alegro de escuchar eso. Preséntales tu dimisión y ven a trabajar para mí. 
Pedro se recostó en su silla, mirándola con atención mientras esperaba su respuesta.


—¿Qué trabajo me estás ofreciendo exactamente?


—Serías mi asistente personal.


Solo por la forma en que había pronunciado las palabras, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. El énfasis que había puesto en «personal». no podía ser obviado.


—Tú no quieres asistentes personales —lo acusó—. Nunca has querido. Las odias.


—Es cierto que tú serás la primera en bastante tiempo. Confío en que demostrarás ser una empleada muy competente.


Ahora era el turno de Paula para estudiarlo. Entrecerró los ojos y observó su intensa y taciturna expresión.


—¿Por qué? —le preguntó de forma abrupta—. ¿Qué es lo que quieres, Pedro? Y ya que estás, explícame lo que pasó anoche. Porque estoy completamente perdida.


La sonrisa que se formó en los labios de Pedro fue lenta y deliciosamente arrogante.


—Así que mi gatita tiene garras.


¿«Su» gatita? A Paula no le pasó desapercibido el significado que tenía esa pequeña palabra.


—No juegues conmigo. Hay algo más. ¿Por qué quieres que trabaje para ti?


Su labio superior se frunció y sus fosas nasales se ensancharon mientras la miraba fijamente desde el otro lado de la mesa.


—Porque te deseo, Paula.


De repente un silencio abrumador se instaló en la habitación, ahogando todo sonido excepto por el pulso errático que latía en sus oídos.


—No… entiendo.


Entonces, Pedro puso una sonrisa depredadora en sus labios que se deslizó sobre ella como la más suave de las sedas.


—Oh, yo creo que sí.


Se le hizo un nudo en la garganta y sintió mariposas revolotear dentro de su estómago. Esto no estaba ocurriendo, tenía que ser un sueño.


—Lo que sugieres no puede ser —dijo—. Si trabajo para ti… no podemos…


—¿No? —preguntó Pedro con sorna. Se echó incluso más hacia atrás en su silla, indolente y seguro de sí mismo, a la vez que se giraba a un lado para poder estirar sus largas piernas.


El cuerpo entero de Paula se llenó entonces de calor mientras se movía inquieta en la silla y jugueteaba con las manos en su regazo.


—Esto es demasiado —confesó. Era pobre, completamente pobre como respuesta, pero ¿qué era lo que se suponía que tenía que decir? Estaba totalmente boquiabierta.


El corazón se le iba a salir del pecho. Ella sabía que había mucho más que sus palabras. Había una riqueza de significados en esos oscuros ojos que la hacía sentirse perseguida… acosada.


—Ven aquí, Paula.


La firme, pero gentil, orden disipó toda neblina de confusión. 


Los ojos de Paula se agrandaron al mismo tiempo que se encontraban con los de él, y entonces se dio cuenta de que Pedro estaba esperando a que ella se le acercara.


Se levantó con las piernas débiles y se restregó las manos en los vaqueros en un intento de serenarse.


A continuación, Paula dio ese primer paso y caminó alrededor de la mesa hasta llegar a la silla de ejecutivo donde él permanecía sentado.


Pedro alzó la mano y, una vez tuvo sus dedos entrelazados con los de ella, tiró de Paula para que se sentara en su regazo. Esta aterrizó de forma incómoda, pero Pedro se estiró y la acomodó bien para que estuviera acurrucada contra su pecho y pegada justo contra su costado. Con la mano que le quedaba libre hundió los dedos en su cabello y entrelazó los nudillos con sus mechones mientras seguía sosteniéndole la mano con la otra.


—Esta relación que te estoy proponiendo no es tradicional —dijo—. No voy a hacer que te metas de lleno en el tema a ciegas y sin saber exactamente a lo que te estás enfrentando y lo que puedes esperar de ello.— Muy considerado por tu parte —replicó ella con un tono seco. Pedro le dio un ligero tirón de pelo.


—Pequeña atrevida —entrecerró los ojos mientras miraba directamente a los suyos. Separó los dedos de los de ella y los llevó hasta sus labios para perfilar la boca de Paula con la punta del dedo índice —. Te quiero, Paula. Y te voy a advertir ahora. Estoy muy acostumbrado a conseguir lo que quiero.


—Así que quieres que trabaje para ti y me quieres… a mí. Físicamente, me refiero.


—Oh, sí —murmuró—. Está claro.


—Y esa relación que propones… ¿Qué quieres decir exactamente con que no es tradicional? —Pedro dudó por un instante.


—Te poseeré —dijo—, en cuerpo y alma. Me pertenecerás.


Oh, guau. Sonaba muy… fuerte. Paula no podía siquiera concebir la idea. La boca se le secó e intentó lamerse los labios, pero se lo pensó mejor al recordar la reacción de Pedro cuando lo había hecho momentos antes.


—Te guiaré en todo esto —dijo en un tono mucho más delicado—. No te voy a lanzar a los lobos. Seré paciente mientras aprendes la clase de relación que espero.


—No sé siquiera qué decir ahora —soltó Paula.


Pedro deslizó su mano sobre el mentón de Paula hasta llegar a su mejilla. Estaban a la misma altura mientras se miraban a los ojos, sus bocas se encontraban a pocos centímetros de distancia.


—Creo que ahora es cuando me dices las oportunidades que tengo —la animó Pedro—. ¿Me deseas tanto como yo te deseo a ti?


Oh, Dios. ¿Esto estaba ocurriendo de verdad? ¿Se atrevería a decir las palabras en voz alta? Era como estar de pie en la cornisa de un rascacielos mirando hacia abajo, dándole el viento en toda la cara y sabiendo que, si daba un paso en falso, se caería en picado.


La boca de Pedro se le acercó, aunque no se detuvo en sus labios, sino que continuó rozándole la piel del mentón. Al llegar a la oreja, la mordió, y logró que a Paula le entrara un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.


—Dime lo que quiero saber —le ordenó en un susurro ronco sobre la oreja.


—S sí —contestó Paula también con voz ronca.


—Sí, ¿qué?


—Sí, yo también te deseo.


La confesión salió como un suspiro, sus labios rehusaban admitirlo. No podía ni siquiera mirarlo a los ojos.


—Paula, mírame.


Había algo en su tranquila voz autoritaria que la hacía obedecer y estar muy al tanto de su presencia, de él como hombre. Le hacía desearlo incluso más.


Paula desvió su mirada hasta la de él y vio el fuego que reflejaban sus ojos. Pedro agarró su pelo de nuevo y tironeó de él ligeramente mientras jugaba con los rizos.


—Tengo un contrato —dijo—. Cubre cada detalle de la relación que propongo. Quiero que lo leas con detenimiento durante el fin de semana y que me des tu decisión este lunes.


Paula parpadeó rápidamente, tan sorprendida que no podía encontrar las palabras. Cuando lo hizo, la lengua la sentía demasiado grande y difícil de manejar.


—¿Un contrato? ¿Quieres que tengamos un contrato?


—No hace falta que te muestres tan horrorizada —dijo Pedro con un tono de voz neutro—. Es para tu protección. y la mía. 
Paula sacudió la cabeza, confusa.


—No lo entiendo.


—Mis gustos son extremos, Paula. Lee el contrato y, como he dicho, préstale mucha atención. Después considera si puedes acceder a la clase de relación que pido.


—Vas en serio.


Las cejas de Pedro se elevaron y sus labios perdieron toda expresión. Entonces se inclinó hacia delante a la vez que reforzaba su brazo alrededor de la cintura de Paula para evitar que se cayera de su regazo. Alargó la mano hasta el cajón de la mesa y sacó un documento extenso que tenía un clip en una de las esquinas. A continuación, lo dejó sobre su regazo.


—Tómate todo el fin de semana. Léelo con atención. Asegúrate de que lo entiendes y me gustaría tener tu respuesta el próximo lunes por la mañana. Si hay cosas que necesitas que te las aclare, podemos discutirlas entonces también.


—Así que eso es todo —dijo Paula, aún perpleja por todo el asunto—. ¿Me voy a casa, leo tu contrato y entonces nos vemos el lunes para finalizar los términos de nuestra relación?


Pedro apretó los labios otra vez pero asintió.


—En pocas palabras, sí. Pero tú haces que suene mucho más impersonal de lo que es.


—No estoy segura de que pueda ser mucho más impersonal —dijo—. Haces que suene como una negociación, como si fuera uno de tus hoteles o resorts.


—No hay ninguna negociación —replicó Pedro suavemente—. Recuérdalo bien, Paula. Lees mi contrato y lo firmas o no. Pero si lo haces, te adhieres a esos términos.


Paula pasó la mano por encima de las páginas escritas a ordenador y lo levantó de su regazo. Tras respirar hondo, se incorporó y se apoyó en la mesa con la mano que tenía libre para estabilizarse mientras caminaba hasta el otro lado de la mesa. Ojalá las piernas quisieran cooperar con ella.


—¿Cómo has venido hasta aquí? —le preguntó Pedro.


—En taxi —respondió esta débilmente.


Entonces Pedro cogió el teléfono.


—Le diré a mi chófer que te lleve de vuelta a tu apartamento y haré los arreglos necesarios para el lunes por la mañana.


—Suenas muy seguro de ti mismo —murmuró—. De mí —se apartó el auricular mientras la miraba directamente a los ojos.


—Lo único de lo que estoy seguro es de que he esperado demasiado tiempo para tenerte.