lunes, 4 de enero de 2016

CAPITULO 7 (PRIMERA PARTE)




Oficinas ACM. Lunes, en el presente


Paula se quedó allí en la puerta mirando fijamente a Pedro. 


No estaba tan seguro como había aparentado en un principio, pues aún se podía ver alivio en esos ojos azul oscuro.


Abrió la boca para decirle que aún no le había dado una respuesta, pero no pensó que fuera una buena idea provocarlo de esa manera. Parecía estar tan nervioso que lo último que Paula quería era empezar las cosas enfadándolo.


—Estoy aquí —le dijo con voz ronca.


Pedro alargó el brazo y la cogió de la mano para conducirla hasta la sala de estar, que se encontraba en el otro extremo del despacho.


—¿Quieres algo para beber? —le preguntó. Ella negó con la cabeza.


—Estoy bien así. Estoy demasiado nerviosa como para beber nada.


Pedro le hizo un gesto para que se sentara en el sofá de piel y entonces se acomodó a su lado, y colocó las manos sobre su regazo.


—No quiero que estés nerviosa ni que me tengas miedo, Paula. Esa no es para nada mi intención. Te di una descripción bastante detallada de lo que sería nuestra relación para evitar cualquier temor o confusión. Yo solo quiero que sepas exactamente lo que conllevará nuestro acuerdo, pero nunca tuve intención de que te sintieras asustada o intimidada.


Ella le devolvió la mirada, decidida a mostrarse segura de sí misma y a ser clara.


—Confío en ti, Pedro. Siempre lo he hecho. Y esa es la razón por la que he decidido aceptar tu proposición —algo tan primitivo se apoderó de sus ojos que la hizo sentirse extremadamente vulnerable, pero la sensación a su vez era pecaminosamente deliciosa y le provocó un escalofrío—. Pero tengo algunas condiciones —dijo con cautela. Pedro alzó una de sus cejas y, divertido, arqueó los labios en una
sonrisa.


—¿Ah, sí?


Si Paula no actuaba firme ni se mantenía en sus trece, no tendría ninguna posibilidad en esta relación.


Pese a que le estaba cediendo el poder a él, ella no iba a comportarse como una imbécil sin cerebro que prefería acobardarse a decir lo que de verdad pensaba.


—Hay una cláusula que… me… ha molestado.


—¿Cuál es?


Paula intentó controlar el rubor de sus mejillas porque incluso decirlo en voz alta le daba muchísima vergüenza.


—La del tratamiento anticonceptivo y los condones.


Pedro entonces frunció el ceño.


—¿No puedes tomar pastillas anticonceptivas? Eso no es ningún problema, Paula. Yo nunca te forzaría a hacer algo que no puedes por razones de salud. Aunque prefiero no ponerme condones, lo haré si eso significa protegerte cuando otros recursos no están disponibles para nosotros.


Paula sacudió la cabeza.


—Déjame acabar. Había una parte que decía que los condones solo se usarían con otros. No entiendo lo que eso quiere decir. Pero si es lo que creo que es, entonces me quiero reservar el derecho a negarme. Darme a otro como capricho no me hace la más mínima gracia. Me asusta —se sinceró.


La expresión de Pedro se suavizó y alargó la mano hasta su cara para deslizarla hasta su mentón.


—Paula, escúchame. El contrato es un poco engañoso en lo que a darme todo el poder sobre ti se refiere. Hasta cierto punto sí que es verdad, pero te puedo asegurar que nunca te voy a hacer algo que vea que realmente no quieres hacer. Mi trabajo es estar pendiente de tus necesidades y deseos. No valdría mucho como hombre si no puedo hacer eso por la mujer que tengo bajo mis cuidados. El máximo poder reside sobre ti, porque tú controlas mis acciones y porque quiero complacerte. Es muy importante para mí el que te complazca. Quiero que estés satisfecha y quiero mimarte, consentirte y cuidarte para que no quieras estar con nadie más que conmigo todo el tiempo.


Paula tragó saliva en un intento de contener el suspiro de alivio que amenazaba con liberársele de la garganta.


—¿Hay más cosas que te preocupen? —le preguntó. Ella asintió y Pedro apartó la mano de su rostro.


—Te escucho.


—No hay palabra de seguridad —soltó—. Sé lo suficiente sobre este tipo de relaciones y la mayoría usa una palabra de seguridad, pero no se especifica nada de eso en el contrato.


—Me pregunto qué es lo que te imaginas que te voy a hacer —murmuró.


—Se especificaban ciertas prácticas como bondage y sumisión —le señaló Paula—. Es un miedo razonable.


—Estoy de acuerdo —le concedió—, pero no se menciona ninguna palabra de seguridad porque para mí es tan simple como que digas que no.



Ella frunció el entrecejo.


—El contrato dejaba muy claro que no tengo esa posibilidad; que, si firmaba, estaría rechazando mi derecho a decir «NO».


Pedro suspiró.


—No soy un monstruo empecinado en abusar de ti, Paula. Tienes razón en que no me gusta mucho la palabra «no»., pero tengo esperanza en que no necesites usarla a menudo. Preferiría reservar esa palabra para ocasiones raras cuando de verdad te sientas asustada o incómoda. No quiero que empieces a soltarla solo porque no estés segura y tengas una idea equivocada de las cosas antes de que le des una
oportunidad siquiera. Pero si de verdad te encuentras en una situación en la que no quieres estar, decir «no». será suficiente para parar. Puede que no me guste, pero no ignoraré esa palabra. Nunca. Tienes mi palabra. Y si llegaras a pronunciarla, discutiremos qué es lo que te hizo sentirte incómoda y o bien lo solucionamos y suavizamos tus miedos, o bien pasamos página y lo dejamos en el pasado.


—Entonces mejor no dar falsas alarmas —dijo.


—Exactamente.


Paula estaba empezando a sentirse mucho más ligera al evaporarse parte de sus preocupaciones. Un deje de emoción se instaló en su ser al contemplar la idea de estar tan cerca de algo que había deseado desde que era una adolescente a punto de convertirse en mujer.


—¿Hay algo más? —le preguntó mientras la miraba con expectación.


Ella asintió y, a continuación, tomó aire. Cabía la posibilidad de que Pedro no se tomara bien la siguiente condición, pero era algo a lo que se negaba a ceder.


—Hay un párrafo entero dedicado al tema de mi fidelidad. Sin embargo, no hay nada que diga que tú me vas a ser fiel a mí.


Los ojos de Pedro brillaron con diversión.


—Es importante para ti.


—Claro que sí —dijo con más fuerza de la que tenía intención de mostrar—. Si ese contrato dice que soy tuya, entonces por narices va a decir que tú también me perteneces.


Él lanzó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.


—De acuerdo. No tengo ningún problema en añadir esa cláusula. ¿Hemos terminado?


Lentamente, Paula negó con la cabeza.


—Hay otra cosa y es bastante importante. La parte más importante de cualquier acuerdo que discutamos.


Pedro se echó un poco hacia atrás mientras alzaba las cejas y la contemplaba detenidamente.


—Suena como un posible ultimátum —ella asintió.


—Lo es.


—Te escucho.


—Si hacemos esto. Juan no se puede enterar nunca. No puede saber la verdad, quiero decir —Paula se apresuró a continuar ya que no le gustó nada la mirada en el rostro de Pedro—. No es lo que piensas. No me avergüenzo de ti ni de nada, pero, si Juan supiera todo esto, nunca lo aceptaría. Supongo que lo habrás considerado, Pedro. No puedes hacerme esta clase de proposiciones sin pensar qué podría suponer no solo para vuestra relación de amistad, sino también para vuestros negocios. Juan no lo entendería jamás. Para él sigo siendo su hermanita pequeña y es increíblemente sobreprotector conmigo. Es más, aún sigue
investigando a cualquiera que sale conmigo.


—No esperaba menos —refunfuñó.


—¿Te imaginas la reacción que tendría si averiguara la clase de relación que tenemos?


—No tengo intención de que conozca los detalles privados de nuestro asunto —dijo Pedro con voz calmada—. Todo lo que tiene que saber es que estás trabajando para mí. Soy discreto como nadie, y no tengo ningunas ganas de que mi vida privada se divulgue por los medios de comunicación como pasó con el divorcio de Lisa. La gente podrá especular todo lo que quiera, pero me niego a darles ningún tipo de
información.


—Juan no se va a tomar bien las especulaciones —murmuró—. Y yo no quiero mentirle.


—Solo mentirás por omisión. Y si somos discretos, la única especulación que oirá será que estamos teniendo un affaire. Juan entiende de cotilleos. Sabrá que estás trabajando para mí y eso alimentará los rumores. Mientras no le demos razones a él para que sospeche, solo se enfadará porque haya rumores y se encargará bastante rápido de desmentirlos.


—Lo entiendo. Es solo que, si tengo que pasar todo mi tiempo contigo, eso va a ser complicado. Yo tengo mi apartamento, mis amigos.


La voz se le fue apagando al darse cuenta de que se estaba poniendo a la defensiva incluso antes de que se embarcaran en su affaire. Odiaba esa palabra, y deseaba que Pedro no la hubiera empleado.


Sonaba tan… sórdida. Como si estuviera casado y ella fuera su amante a escondidas. Como si fuera su pequeño secreto, aunque en realidad suponía que era más bien al contrario. Él era su pequeño y sucio secreto.


—Tienes que decidir, Paula —dijo con mucha más agudeza en la voz—. No te estoy forzando a aceptar. Pero si lo haces, espero docilidad. Esquivaremos los obstáculos; no estoy diciendo que no vayas a tener tiempo para tus otros intereses, solo que los míos tendrán prioridad.


La arrogancia que estaba demostrando debería hacerla desistir e irse por donde había venido.


Debería sentirse enfadada, pero en cambio lo encontraba tan atractivo e irresistible que le hacía sentir mariposas hasta en la boca del estómago.


—¿No esperas que me mude contigo…?


—No. Entiendo que tengas que aparentar que sigues en tu apartamento si Juan no puede enterarse de que somos amantes. Pero pasarás bastante tiempo conmigo en el lugar que yo elija. Seguro que Carolina puede cubrirte con Juan.


Los ojos de Paula se entrecerraron.


—¿Cómo conoces a Carolina?


Entonces él sonrió y los ojos le brillaron con una luz de ansiedad.


—No hay mucho que no sepa de ti, Paula.


Paula se mordió el interior de la boca con consternación, nunca se habría imaginado que Pedro le hubiera prestado tanta atención. De acuerdo, le hacía regalos en ocasiones especiales y había asistido a sus dos graduaciones, pero nunca se hubiera imaginado que conociera algún detalle personal de su vida.


¿Por qué molestarse? Ella solo era la hermana pequeña de su mejor amigo, una conocida y que venía en el mismo lote que Juan.


Estaba empezando a darse cuenta de que Pedro le había prestado mucha más atención de lo que ella pensaba y desde mucho antes de lo que se pudiera haber imaginado. 


No sabía si alarmarse o sentirse triunfante ante tal hecho.


—Así que… ¿cuál es tu respuesta? —la animó—. ¿Tenemos un acuerdo? ¿He aplacado tus miedos o tienes más cosas que discutir?


Paula podía sentir la impaciencia en su voz, tenía la misma expresión que cuando cerraba algún acuerdo comercial importante. Dura, firme e inflexible. Solo que en este caso sí que había cedido. Había hecho concesiones que ella no había pensado que haría, y eso la reconfortaba. Le hacía sentir que la balanza de poder estaba más a su favor de lo que creía.


No había duda alguna de que habría una distinguida desigualdad y que la balanza se inclinaría más hacia él que hacia ella, pero seguía teniendo voz. El hecho de que le hubiera mostrado que no era tan inflexible le daba la confianza necesaria para seguir adelante.


—Tenemos un acuerdo —dijo en voz baja.


Paula estiró el brazo hasta su bolso y sacó el contrato, que ya había firmado. Se lo tendió aunque odiaba el incómodo hecho de que su vida sexual no se había vuelto más que una negociación comercial.


—No estaba segura de qué hacer con los cambios. Me refiero a las cosas que quería que se cambiaran y también la parte sobre Juan. Pensé que era mejor que todo estuviera escrito, así que repasé todas las cláusulas, reelaboré algunas y lo firmé.


Pedro se quedó atónito pero luego se rio, era un sonido tan grave y tan ronco que vibró por su interior al mismo tiempo que enviaba olas de placer por todo su cuerpo.


—¿Estabas dispuesta a marcharte si no te gustaban mis respuestas? —le preguntó.


Ella alzó la mirada y la cruzó con la de él, se la mantuvo por un momento y luego asintió. Él sonrió a la vez que cogía el contrato.


—Bien. En los negocios, el mayor poder que puedes tener es el de estar dispuesto a renunciar a un acuerdo. No eres el ratoncito que Juan se piensa que eres, así que creo que vas a hacerlo muy bien como mi asistente.


Pedro se levantó y entonces le extendió la mano para ayudarla a ponerse de pie. Ella deslizó su mano contra la suya y saboreó la calidez y la fuerza de su agarre. 


El simple hecho de que Pedro tuviera las manos sobre ella ahora que la dinámica de su relación había cambiado la llenaba de expectación. El contacto entre ellos no sería casual nunca más, ahora tendría un significado más profundo. Ella era suya, su posesión. Le pertenecía.


—Ven hasta la mesa y añadiré tus cambios para poder firmarlo correctamente. Le diré a mi abogado que lo finalice y que te envíe una copia.


Paula arrugó la nariz y Pedro se detuvo a mitad de camino hacia su mesa. Levantó simplemente una ceja de forma inquisidora, y ella suspiró.


—Es que suena tan… no sé siquiera la palabra. Sé que estoy siendo estúpida, nunca he estado en una relación con abogados involucrados de antemano. Suena muy frío.


Pedro le rozó la mejilla, un simple gesto de consuelo para conseguir reconfortarla.


—Hago esto para protegernos tanto tú como yo. Pero, Paula, puedo garantizarte una cosa. Nuestra relación nunca será fría. Será muchas cosas, pero fría no es una de ellas.


Apartó la mano y dejó que contemplara el calor de su mirada y la sensualidad de su tacto. La promesa en su voz. No, Paula no se imaginaba que la relación que tendrían sería fría para nada. Otras palabras como «ardiente»., «tórrida»., «apasionante». e «intensa». sí que se las podía imaginar perfectamente, pero «fría». ni en lo más mínimo.


Pedro se fue hasta su mesa y, de forma apresurada, garabateó su nombre antes de añadir su firma a la última página junto a la de ella. A continuación, se dio la vuelta y deslizó el contrato por encima de la mesa para dejarlo más cerca de todos los papeles.


—Hay mucho que hacer. Te concertaré una cita con mi médico personal para tener las pruebas necesarias listas y el tema del tratamiento anticonceptivo, si es que no estás haciendo alguno ya. Te daré una copia de mi último examen médico y también una copia de todos mis análisis de sangre. Pero antes tienes que ir con el director de recursos humanos para acordar los términos del trabajo y, por supuesto, los beneficios y el salario.


—De acuerdo —dijo sin mucho entusiasmo, agobiada de repente por lo rápido que su vida estaba cambiando. 


¿Estaba preparada?


—Todo va a salir bien, Paula —le dijo en voz baja —. Confía en que voy a cuidar de ti.


La tranquilidad se le instaló en el cuerpo y el júbilo tomó el relevo. Paula se sentía como en una montaña rusa, subía hasta la cima solo para caer al minuto siguiente en picado con todo el viento dándole en la cara y el corazón latiéndole a mil.


—Confío en ti, Pedro. No estaría aquí si no lo hiciera.


Y tal vez eso no había sido del todo cierto hasta ahora. Se estaría mintiendo si dijera que no había temido mínimamente estar metiéndose en algo más grande de lo que podía soportar. Pero al estar aquí, tras escuchar lo que tenía que decir y sentir la intensidad y la sinceridad de sus palabras… sí que confiaba en él, y, quisiera o no, tenía que hacerlo, porque si no sería la estúpida más grande del planeta por haber accedido a semejante acuerdo sin confiar implícitamente en el hombre al que le había regalado su vida con una firma.


Paula solo esperaba que no tuviera que arrepentirse de la decisión tomada.





domingo, 3 de enero de 2016

CAPITULO 6 (PRIMERA PARTE)





—¿Cómo? ¿Lo has dejado? —le preguntó Carolina.


Paula asintió lentamente y luego volvió la atención a la olla con agua a punto de hervir que tenía al fuego. Le echó sal y, a continuación, metió los espaguetis.


—Vamos. Tienes que contarme más. ¿Qué te ha llevado a tomar esa decisión? Estaba empezando a pensar que te ibas a labrar una carrera como confitera o algo así.


—Hablas como Pedro —murmuró Paula.


Los ojos de Carolina se entrecerraron.


—¿Has dejado el trabajo por él? Suelta prenda, muchacha. Me estás ocultando cosas sobre la reunión de esta mañana, ¡y me está volviendo loca!


Paula vaciló y luego cerró la boca. No podía contarle a Carolina lo del contrato, ni nada referente al encuentro con Pedro. Si iba a acceder —y aparentemente lo estaba considerando seriamente— no quería que los detalles de su vida privada —con Pedro— se supieran, ni siquiera por su mejor amiga. Pero tenía que decirle algo, así que se decidió por lo más inofensivo de las dos cosas.


—Me ofreció un trabajo —dijo Paula.


Los ojos de Carolina se agrandaron.


—Espera. Te besó, te amenazó con follarte en la terraza, ¿y todo porque quería que trabajaras para él? 


Sí, a Paula también le pareció una triste excusa, pero no le iba a decir ni una maldita palabra sobre el contrato.


—Bueno, podría haber más, pero por ahora solo quiere que sea su asistente personal. Cree que estoy malgastando mi talento trabajando en La Pâtisserie.


Carolina sirvió dos copas de vino y le ofreció una a su amiga. Removió la salsa para los espaguetis y, brevemente, también la pasta.


—Pues en eso sí que estoy de acuerdo con él. No has estudiado un posgrado para servir café y ofrecer cruasanes a la gente —dijo Carolina secamente—. ¿Pero su asistente personal? Creo que le da todo un nuevo significado a la palabra «personal»..


Paula se quedó en silencio sin morder el anzuelo.


—Entonces si has dejado el trabajo en la cafetería es porque has aceptado el puesto que te ofrece Pedro, ¿no es así? 


Paula suspiró.


—No he decidido nada todavía. Tengo hasta el lunes para pensarlo. 
Carolina se encogió de hombros.


—Yo creo que está claro. Es rico, está buenísimo y te desea. ¿Cómo puedes dudar con algo así?


—Eres incorregible —replicó Paula con exasperación—. El dinero no lo es todo, ¿sabes?


—Y eso lo dice la que está mimada por su hermano mayor, quien parece tener más dinero que Dios.


No podía negar que Juan era tan rico como Pedro, ni que había hecho muchísimo por ella. Le había comprado el apartamento, aunque no le gustaba que caminara veinte manzanas hasta el trabajo sola con bastante frecuencia. Paula no necesitaba una compañera de piso, pero Carolina necesitaba un sitio donde quedarse y a ella le gustaba la compañía. Pero con todo y con eso, no le gustaba depender solo de Juan.


Paula no era extravagante, y, de hecho, había aprendido a ser bastante frugal con sus escasas ganancias.


—Creo que estoy más intrigada que otra cosa —admitió—. Pedro siempre me ha fascinado, he estado pillada por él desde que tengo uso de razón.


—Estar intrigada es una razón válida por la que empezar a salir con un tío —dijo Carolina—. ¿Cómo vas a saber si sois compatibles si no te lanzas?


Lanzarse sonaba apropiado, solo que no iba a ser un simple saltito hacia delante, no. Iba a ser una inmensa caída libre desde lo alto de un precipicio. Paula se moría de ganas de sacar otra vez el maldito contrato para poder leerlo una vez más, pero no podía hacerlo delante de Carolina, así que tendría que esperar hasta más tarde para revisarlo.


Partió la pasta con el tenedor y le dio un mordisco.


—Ya están listos. Cógete un plato mientras escurro el agua de los espaguetis.


—Iré a por más vino —se ofreció Carolina—. Eres una cocinera excelente, Paula. Ojalá yo tuviera tus conocimientos y tus habilidades; a los hombres les encantan esas cosas. 


Paula se rio.


—Como si tú tuvieras problemas para encontrar hombres.


Y era verdad. Carolina era muy guapa, un poco más alta que Paula pero con muchas más curvas que le realzaban la figura y que atraían a los hombres como moscas. Tenía un pelo pelirrojo precioso con reflejos rojos y dorados de varias tonalidades, además de unos ojos marrón intenso llenos de calidez. Era una mujer guapísima con una personalidad alegre que se hacía querer por todo el mundo que la conocía.


—El problema es encontrar al chico adecuado —dijo Carolina con melancolía.


Paula se encogió, arrepentida de haber pronunciado esas palabras tan descuidadas. No, Carolina no tenía problemas para encontrar hombres, pero el último al que atrajo no había sido precisamente lo mejor que le había ocurrido en la vida.


Paula levantó su copa de vino en un esfuerzo por suavizar su desliz y dijo:
—Brindo por eso.



****

El teléfono de la oficina de Pedro sonó pero no contestó y siguió escribiendo el memorándum en el que estaba inmerso. Ya era tarde, así que nadie debería estar llamando a su oficina.


El despacho se quedó en silencio, pero entonces, unos segundos más tarde, su teléfono móvil comenzó a sonar. Le echó un rápido vistazo para ver quién le llamaba y por un momento contempló la posibilidad de dejar que saltara el contestador. Con un suspiro lo cogió y descolgó. No podía ignorar a su madre aunque ya supiera por qué lo estaba llamando.


—¿Sí? —dijo.


—Pedro, por fin. Pensé que aún estabas en la oficina. Has estado trabajando tanto estos días… ¿no vas a tomarte nunca unas vacaciones?


Pedro tenía que admitir que la idea tenía su atractivo, pero más atractiva era la de llevarse a Paula con él. ¿Estar unos cuantos días desconectados del mundo para iniciarla en el suyo? Eso, sin duda, sí que era algo que podía considerar.


—Hola, mamá. ¿Cómo estás?


Pregunta que sabía que era mejor si no la formulaba, pero que siempre hacía. El problema con preguntarle a su madre que qué tal estaba era que ella nunca la respondía cortésmente con un «bien, gracias». como todo el mundo hacía, independientemente de estarlo o no.


—No me puedo creer lo que está haciendo —dijo con clara agitación—. Nos está haciendo quedar mal a mí y a tí mismo.


Pedro suspiró. Tras casi cuarenta años de matrimonio, su padre se había ido, le había dado a su madre los papeles del divorcio y parecía estar completamente decidido a estar con tantas modelos jóvenes y desconocidas como pudiera y tan rápido como estas le dejaran. Su madre no lo estaba llevando bien, como era de esperar, y, desafortunadamente, Pedro era su consejero.


Él quería a su padre, pero se estaba comportando como un completo imbécil. No lo entendía. ¿Cómo se podía estar con alguien durante tanto tiempo y, de repente, levantarse una mañana y decidir dejarla?


Pedro no estaba seguro de que hubiera sido capaz de llegar a pedirle el divorcio a Lisa. De hecho, fue ella la que lo dejó. 


Quizás el permanecer en una relación en la que ya no había amor ni un afecto real no había sido lo mejor, pero él le habría evitado todo el dolor y la humillación que trae consigo un divorcio.


Sin embargo, Lisa no había sentido lo mismo, y no es que se lo estuviera echando en cara; a lo mejor él tendría que haber hecho algo más antes de permitir que la situación llegara a donde había llegado. No se había dado cuenta de que Lisa era tan infeliz, y lo único que le echaba en cara era la forma en la que se había divorciado de él.


—Es vergonzoso, Pedro. ¿Has visto los periódicos esta mañana? ¡Tenía una mujer a cada brazo! ¿Qué es lo que iba a hacer con dos mujeres?


Ni de coña iba Pedro a responder a esa pregunta. Le entraban escalofríos de solo pensar en su padre… No, no iba a entrar ahí.


—Mamá, deja de leer la sección de sociedad —dijo Pedro con paciencia —. Sabes que solo te va a hacer daño.



—Lo está haciendo a propósito para castigarme —siguió despotricando— ¿Por qué te iba a castigar? ¿Qué le has podido hacer tú?


—Me está enseñando que, mientras yo me quedo en casa llorando la muerte de mi matrimonio, él está ahí fuera viviendo los mejores días de su vida. Me está diciendo con más que palabras que ha pasado página y que ya no ocupo ningún lugar en su corazón.


—Lo siento, mamá —dijo Pedro con delicadeza—. Sé que esto te duele, pero ojalá salieras e hicieras algo. Tienes amigos y muchísimas causas a las que donas importantes sumas de dinero y a las que dedicas tu tiempo. Aún eres joven y guapa, cualquier hombre se sentiría afortunado de llamar tu atención.


—No estoy lista para pasar página —dijo con cabezonería—. No sería respetuoso que fuera detrás de un hombre tan pronto tras el divorcio. Solo porque tu padre esté actuando como un cabrón sin clase no significa que yo vaya a actuar con tan poco decoro.


—Tienes que preocuparte menos por lo que la gente piense y más en lo que te hace feliz —dijo Pedro bruscamente.


Hubo un largo silencio y luego su madre suspiró. Pedro odiaba verla tan triste, le dolía verla con tanto
dolor dentro. Él intentaba quedarse fuera de los problemas de sus padres, pero últimamente había sido más bien imposible. Su madre lo llamaba día sí y día también para criticar lo que su padre hacía, mientras que este estaba demasiado ocupado intentando presentarle a su nueva novia. El problema era que iba con una mujer diferente cada vez que Pedro lo veía; estaba muy empeñado en llenar ese hueco que existía entre ambos para buscar lo único que le estaba intentando sacar por la fuerza: aceptación. Quería
que Pedro lo perdonara y lo aceptara, y aunque este pudiera perdonarlo —después de todo no podía echarle en cara sus decisiones, era su vida y su felicidad— no podría aceptar a otra mujer en el puesto que su madre había ocupado durante la mayor parte de su vida.


—Lo siento, Pedro —dijo su madre en voz baja—. Sé que debes odiarme cuando te llamo, porque lo único que hago es quejarme de tu padre. No debería hacerlo, sin importar lo que haya hecho, ya que él sigue siendo tu padre y sé que te quiere.


—Cenemos juntos este fin de semana —dijo Pedro en un intento de subirle el ánimo—. Te llevaré al Tribeca Grill.


—Seguro que estarás muy ocupado.


—Nunca estoy demasiado ocupado para ti —dijo—. Siempre tendré un hueco para cenar con mi madre, así que ¿qué dices? 
Pedro casi pudo oír la sonrisa en su voz.


—Me encantaría. Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que salimos.


—Bien. Cogeré el coche y te recogeré.


—¡Oh, no tienes por qué! —exclamó—. Puedo coger un taxi hasta la ciudad.


—He dicho que voy a ir a recogerte —insistió Pedro—. Podemos hablar en el camino de vuelta y le diré a mi chófer que te lleve a casa después de cenar.


—Estoy deseando que llegue —dijo con genuino entusiasmo en la voz.


Había pasado bastante tiempo desde que Pedro la hubiera visto tan emocionada por algo. En ese momento se alegraba de haber hecho el esfuerzo de sacarla de su exilio autoimpuesto. Necesitaba salir, enfrentarse al mundo y descubrir que este no se había acabado solo porque su matrimonio hubiera terminado. Ya le había dado el tiempo suficiente para llorar y esconderse en la casa de la que su padre se había ido, ya estaba bien. Incluso a lo mejor podía convencerla para que vendiera la casa en Westchester y se mudara a la ciudad. Ya no tenía sentido que se quedara allí, tenía demasiados recuerdos dolorosos.


Lo que ella necesitaba era empezar de cero.


Y Pedro sabía bastante sobre el tema. Tras su divorcio, había estado sumido en un estado parecido al de su madre en el que quería que todos lo dejaran en paz. Lo entendía, pero también sabía que cuanto antes saliera y empezara a vivir, antes iba a estar preparada para pasar página.


—Te quiero, hijo —le dijo con la voz llena de emoción.


—Yo también te quiero, mamá. Nos vemos el sábado por la noche. Cuídate.


Colgó y, a continuación, miró la foto que aún adornaba su mesa: sus padres en su trigésimo noveno aniversario. Se los veía tan felices… pero era todo una mentira. Dos semanas después de haberles hecho esa fotografía, su padre se había largado y se había ido a vivir inmediatamente después con otra mujer.


Pedro sacudió la cabeza. Cada vez estaba más convencido de que no casarse era lo más seguro. Un divorcio le podía ocurrir a cualquiera. Pero sin lugar a dudas, nadie estaba preparado para el trastorno emocional que acarreaba una separación. Además de la pérdida financiera que una ruptura implicaba. De hecho, un divorcio salía muchísimo más caro que un matrimonio.


Pedro estaba completamente contento con la forma en que llevaba ahora sus relaciones personales: sin involucrar riesgos financieros ni emocionales, sin egos dañados ni sentimientos heridos… sin traiciones.


Bajó la mirada hacia su teléfono y abrió la foto que le había hecho a Paula hacía tan solo unas semanas antes. Ella no sabía siquiera que se la había hecho, no lo había visto y tampoco sabía que había estado ahí.


Ella salía de una tienda en la avenida Madison justo enfrente de donde él se encontraba y se había quedado prendado ante la imagen que veían sus ojos: Paula de pie en la acera con el pelo revoloteando a su alrededor por culpa del viento mientras llamaba a un taxi.


Se había quedado paralizado y lleno de lujuria, y no es que no lo hubiera sabido entonces, pero en ese momento se dio cuenta de que tenía que hacerla suya. Había algo en ella que Pedro encontraba completamente irresistible; su fascinación por ella rayaba ya en la obsesión. Le estaba haciendo una fotografía sin que ella fuera consciente por el simple motivo de poder mirarla cuando quisiera y verla
siempre como la había visto ese día.


Joven y vibrante, guapísima. Y esa sonrisa… cuando sonreía el mundo se levantaba a su alrededor; no sabía cómo alguien podía mirar más allá de Paula cuando ella se encontraba presente.


Era… cautivadora.


No sabía qué la hacía tan especial, y quizá no era más que la naturaleza prohibida de su relación, ya que era la hermana pequeña de su mejor amigo. Tenía catorce años menos que él y debería dejarla en paz.


Pero lo que debería hacer y lo que iba a hacer eran dos cosas completamente diferentes.


Él quería a Paula, y haría lo que fuera por poseerla.