viernes, 8 de enero de 2016
CAPITULO 22 (PRIMERA PARTE)
Paula se dobló sobre la mesa de trabajo de Pedro y apoyó las manos en la superficie, con la falda subida hasta la cintura para que este le extrajera el dildo. Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro de alivio; el juguetito la había tenido de los nervios toda la tarde. A lo mejor ahora podía calmar todo ese subidón que le había provocado.
Pedro le limpió el ano con cuidado. Se tomó su tiempo en pasarle la toalla por la piel, y luego le bajó la falda y le dio una ligera palmada en el cachete.
—Ve a por tus cosas. Pasaremos por el apartamento para cambiarnos y después iremos a cenar.
Paula solo quería quedarse tumbada encima de la mesa durante los siguientes quince minutos mientras se recuperaba de esa sensación de tensión que había sentido durante tanto rato. En vez de regañarla por no seguir sus órdenes de inmediato, Pedro deslizó las manos por sus hombros, la levantó y la estrechó entre sus brazos.
Ella se acurrucó junto él, inhaló el olor sazonado que desprendía su piel y absorvió todo su calor.
Luego Pedro la besó en la cabeza y murmuró:
—Sé que te he presionado mucho. Pero parece que no me sale hacer otra cosa.
Ella sonrió contra su pecho y lo envolvió con sus brazos para estrecharlo con fuerza. Pedro pareció sorprenderse ante el gesto; se quedó rígido durante un instante pero luego la apretó más contra él y escondió el rostro en su cabello.
—No dejes que te cambie, Paula —le susurró—. Eres perfecta tal y como eres.
Pero ya la había cambiado de una forma irrevocable. Paula ya nunca volvería a ser la misma.
Cuando la soltó, Pedro se giró casi como si no le hubiera gustado el hecho de haberle susurrado lo que acababa de susurrarle. Ella se alisó la ropa y pretendió no ver su incomodidad. Se acercó a su propia mesa para coger el bolso y luego se volvió a girar hacia Pedro con una amplia sonrisa en el rostro.
—¿Nos vamos?
Él extendió el brazo para instarla a ir delante y luego le puso la mano en la espalda al tiempo que salían del despacho. Ambos se despidieron de Eleanora, que también estaba preparándose para marcharse, y luego se encontraron a Alejandro esperando el ascensor.
A Paula se le paró el corazón. ¿No se suponía que estaba en una cena de negocios con Juan? Dios, ¿qué hubiera pasado si hubiera querido presentarse en el despacho de Pedro? ¿Habría ido y se la habría encontrado cerrada? Peor, ¿podría haber escuchado algo?
—Alejandro, pensé que estabas con Juan —pronunció Pedro como si nada.
Alejandro sonrió y Paula se asombró de lo guapo que era ese hombre.
—Me olvidé una carpeta con información importante sobre la gente con la que nos íbamos a reunir. Juan está camelándoselos y excusándome por mi inevitable retraso.
Paula resopló.
—¿Juan camelándoselos? Ese es tu fuerte, Alejandro. ¿Cómo demonios te las has apañado para ser tú el que
venga por la carpeta? Seguramente se está tirando de los pelos ahora mismo.
Alejandro la cogió de la barbilla y luego la estrechó entre sus brazos.
—Te he echado de menos, chiqui. Y sí, no es que le haya dejado muchas opciones a Juan. Me fui antes de que pudiera mostrarse amenazante.
Ella le devolvió el abrazo a Alejandro, relajada ante el evidente afecto que le estabamostrando. Hasta ese momento, había pasado bastante tiempo desde la última vez que había disfrutado de la compañía de Alejandro y Juan. Lo echaba de menos. Echaba de menos su constante y reconfortante apoyo.
—Yo también te he echado de menos. Ha pasado mucho tiempo, Alejandro. Estaba empezando a pensar que ya no me querías.
Entraron en el ascensor y Alejandro la miró con cara horrorizada.
—¿No quererte? Si hasta podría ir a matar dragones por ti. Yo te adoro.
Ella puso los ojos en blanco.
—No te pases. No me vengas con todo ese encanto que tienes porque conmigo no te va a servir de nada.
Alejandro le echó un brazo por encima de los hombros y sonrió durante todo el rato.
—Soñar es gratis —suspiró de forma dramática —. Un día… serás mía.
—Sí, justo después de que Juan te arranque las pelotas —le dijo Pedro, serio.
Alejandro se ruborizó, lo que solo logró que pareciera mucho más atractivo. Era una pena que no se sintiera atraída hacia él, porque se imaginaba que podría ser muy bueno en la cama. Ligón y divertido, además de un completo pervertido. Pero si los rumores eran ciertos, él y Juan tendían a tener sexo siempre con la misma mujer, y eso sería bastante raro e incómodo.
Le entró un escalofrío solo de pensarlo. Había cosas que no tenía la necesidad de saber sobre su hermano, por el amor de Dios. E imaginárselo desnudo con Alejandro sencillamente había estropeado toda la imagen que tenía de Alejandro. Lo cual era triste, porque el hombre sí que suscitaba momentos dignos del mejor suspiro.
—Te veo luego por la noche, Pedro —dijo Alejandro mientras salía del ascensor—. Juan me espera y, si no
llego pronto, espantará a los inversores antes de que tenga oportunidad de usar mi encanto.
Pedro se despidió con la mano y Paula le dijo adiós. Entonces, Pedro la metió en el coche para volver al apartamento.
—¿Has quedado con Alejandro esta noche? —le preguntó Paula cuando ambos se sentaron—. Entonces, ¿no vamos a vernos?
Este apretó los labios en una fina línea.
—Vas a cenar conmigo, como estaba previsto. Tengo que reunirme con Juan y Alejandro sobre las nueve para tomar algo con ellos.
—Oh —soltó ella, preguntándose de qué iba todo eso.
Aunque tampoco era nada del otro mundo; cuando los tres se encontraban en la ciudad y no viajando en una dirección diferente cada uno, solían pasar bastante tiempo juntos.
Paula suponía que, si eso cambiaba tan repentinamente justo después de que hubiera empezado a trabajar para Pedro, podría levantar algunas sospechas sobre todo en Juan.
—¿Qué debo ponerme? —le preguntó para cambiar de tema.
Los ojos de Pedro se posaron en ella, recorriéndola de arriba abajo como si se la estuviera imaginando desnuda.
—Uno de tus vestidos nuevos. El negro con la abertura en el muslo.
Ella levantó el entrecejo.
—¿Vamos a ir sofisticados esta noche?
Él no reaccionó. La expresión de su rostro era inescrutable.
—Voy a llevarte a cenar a un sitio bonito y tranquilo. Después iremos a bailar. Buena música, buena comida y una mujer hermosa. No hay mucho más que un hombre pueda pedir.
El cuerpo de Paula se llenó de satisfacción ante su cumplido.
Y aunque fue breve, los labios de Pedro se arquearon hacia arriba casi como si no pudieran evitar reaccionar ante el gozo de ella.
Momentos después la expresión de su rostro se volvió más seria.
—No eres solamente una mujer hermosa, Paula. No quiero que lo olvides nunca. Tú eres más que eso. No me dejes nunca que arrase con todo y no deje nada a mi paso.
Sus crípticas advertencias aumentaban en número. Paula no estaba completamente segura de saber qué hacer con ellas.
¿La advertía a ella, o se advertía a sí mismo? Era un enigma. Nunca estaba completamente segura de lo que pensaba a menos que estuvieran teniendo sexo. Sus pensamientos entonces eran más que evidentes; en esos momentos sabía exactamente lo que tenía en la cabeza.
Cuando llegaron al apartamento, subieron y ella desapareció en el cuarto de baño para prepararse. Si iban a ir más elegantes, quería impresionar a Pedro. Quería parecer sofisticada, como si encajara a su lado. Se moldeó el pelo y entonces se hizo un recogido que dejaba algunos tirabuzones sueltos en la nuca y a los lados del cuello. Se maquilló de forma sencilla, solo con máscara de pestañas y un brillo de labios de color pálido que hacía que sus labios destacaran, pero no de una manera exagerada. Era un claro
ejemplo de que menos es más. El arte del maquillaje consistía en parecer no estar realmente maquillada.
El vestido era impresionante. Aún no se podía creer lo bien que le quedaba. Esos altos tacones que llevaba le daban la altura necesaria como para permitirle ponerse ese vestido largo, con abertura de muslo incluida, y le hacía las piernas mucho más largas y curvilíneas.
Aunque Pedro se había quejado del vestido con la espalda al aire que había llevado en la gran inauguración, había elegido este otro que tenía solo dos tiras que se cruzaban por detrás. El resto de la espalda iba al aire y llegaba atrevidamente justo hasta la línea donde se iniciaba su trasero. Su coxis era bastante tentador, no hacía más que invitar a los hombres a posar las manos en él.
No llevaba sujetador; el corpiño era lo bastante firme como para no tener que preocuparse por el tema, pero el escote bajaba hasta mostrar ligeramente la parte superior de sus pechos.
Era evidente que Pedro estaba de un humor interesante. Normalmente se mostraba amenazador con
cualquiera —especialmente con otros hombres— que la viera con algún trapito remotamente revelador.
Pero esta noche Paula se sentía y parecía una fiera sexual.
Le gustaba la confianza y seguridad que eso le daba.
Cuando salió del cuarto de baño, Pedro se encontraba sentado en el borde de la cama, esperándola.
Los ojos le brillaron con inmediato aprecio, lo que hizo que Paula se girara. Levantó las manos, se dio la vuelta y luego se quedó frente a él.
—¿Paso el examen?
—Joder, sí —gruñó Pedro.
Cuando este se levantó, Paula lo miró con detenimiento también. El caro traje de tres piezas hizo que la boca se le hiciera agua. En otro hombre luciría aburrido, casi formal.
¿Pero en Pedro? Resultaba divino.
Pantalones negros, chaqueta negra y camisa blanca con el último botón desabrochado. Iba informal y exquisito, como si no le importara en absoluto lo que la gente pensara, y eso lo hacía parecer incluso más atractivo.
—¿Me lo tomo como que en el sitio al que vamos la corbata es opcional? —bromeó.
Pedro le respondió con una media sonrisa.
— Hacen la vista gorda conmigo.
¿Y quién no? ¿Quién podría decirle «no». a Pedro Alfonso? Además del hecho de que estaba forrado, tenía un carisma natural que atraía tanto a mujeres como a hombres por igual.
Todos respondían a él.
Algunos lo temían, otros lo odiaban, pero todos lo respetaban.
—¿Quieres algo para beber antes de que nos vayamos? —preguntó Pedro.
Ella negó lentamente con la cabeza. Cuanto más se quedaran en el apartamento, más probable era que nunca consiguieran ir a cenar. Y, en realidad, Paula tenía ganas de tener una cita normal con él. Hasta ahora había habido sexo, trabajo y no mucho más.
Él extendió el brazo hacia ella y Paula deslizó los dedos hacía los suyos. La llevó hacia el ascensor y bajaron para meterse en el coche.
Durante el trayecto, Paula se debatió sobre si sacar el tema de Lisa. Se estaba muriendo de curiosidad, pero no quería meterse en un berenjenal tampoco. Lo miró de soslayo, pero él la sorprendió y arqueó las cejas de manera inquisitiva.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
Ella dudó por un segundo y luego se figuró que era mejor lanzarse al vacío. Pedro no la iba a dejar en paz hasta que soltara lo que tenía en la cabeza, de todas formas.
—Mmm, Lisa…
Antes de que pudiera continuar, el rostro de Pedro se volvió frío como el hielo y levantó la mano para hacerla callar en medio de la frase.
—Me niego a arruinar una noche perfecta hablando de mi exmujer —pronunció con mordacidad.
Bueno, y eso fue todo. En realidad no se iba a quejar. Ella tampoco quería arruinar la velada aunque se estuviera muriendo de curiosidad por saber qué pensaba Pedro de toda la situación. Y quizá también estuviera un poco asustada…
En el restaurante, los condujeron hacia una de las mesas del fondo, en una zona privada. Era perfecto.
El interior estaba poco iluminado, pero había velas encendidas a cada lado de las mesas y una variedad
de luces navideñas se veían en varios arbustos decorativos, para crear un ambiente festivo. Le hacían desear que llegara la Navidad.
A Paula le encantaba la Navidad en Nueva York. Juan siempre la había llevado al Rockefeller Center para que viera las luces del enorme árbol que ponían allí. Era uno de los recuerdos favoritos que ambos compartían.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó Pedro.
Ella parpadeó y centró su atención en él. La estaba observando con una expresión curiosa en el rostro.
—Se te veía muy feliz. Sea lo que sea que ocupara tus pensamientos debía de ser bueno.
Ella sonrió.
—Estaba pensando en la Navidad.
—¿La Navidad?
Parecía haberse quedado perplejo.
—Juan siempre me llevaba a la ciudad para ver las luces del árbol de Navidad. Es uno de mis recuerdos favoritos que tengo con él. Me encantan todas las luces, y el ajetreo y el bullicio que traen las Navidades a Nueva York. Me encanta ir a ver escaparates, es la mejor época del año.
Él pareció quedarse pensativo durante un momento y luego se encogió de hombros.
—Lisa y yo siempre las pasábamos en los Hamptons, y luego, cuando nos divorciamos, simplemente me quedaba trabajando todas las vacaciones.
Ella lo miró boquiabierta.
—¿Trabajando? ¿Trabajas durante la Navidad? Eso es terrible, Pedro. ¡Pareces Scrooge!
—Son unas vacaciones sin sentido.
Paula puso los ojos en blanco.
—Ojalá lo hubiera sabido. Te hubiera obligado a pasarlas con Juan y conmigo. Nadie debería estar solo en Navidad. Yo pensaba que las pasabas con tus padres.
Paula se derrumbó y se mordió el labio con consternación por sacar un tema tan doloroso.
—Lo siento —le dijo en silencio—. Lo he dicho sin pensar.
Él le dedicó una sonrisa triste.
—No pasa nada. Aparentemente mi padre ha decidido que la ha cagado y ahora quiere volver con mi madre. Solo Dios sabe cómo va a acabar todo esto.
Ella abrió los ojos como platos.
—¿Te dijo eso?
—Oh, sí —dijo Pedro con un suspiro de cansancio—. Cuando vino a la oficina el día que fuimos a almorzar. El día después de que su novia intentara llevarme a la cama.
Paula gruñó y Pedro se rio.
—¿Y qué va a hacer tu madre? —preguntó Paula.
—Ojalá lo supiera. Pero si tengo que decir algo… mi padre aún no ha ido a arrastrarse porque si no ya habría tenido conocimiento de ello.
—No sé si yo podría perdonar el que se acostara con todas esas mujeres —dijo Paula con infelicidad —. Eso ha tenido que dolerle a tu madre una barbaridad.
—Él dice que no le ha sido infiel.
Paula le lanzó una mirada que decía «sí, claro»..
Pedro sacudió la mano.
—No tengo ni idea de lo que él considera ser infiel, pero no estoy seguro de que siquiera importe que no se haya acostado con ellas. Todo el mundo piensa que sí lo hizo. Mi madre piensa que lo hizo. No es una humillación que vaya a superar pronto.
—Esto debe de ser muy duro para ti —le dijo con una voz suave. Qué mierda de día había sido hoy.
Primero venía su padre a soltar la bomba, y luego su exmujer aparecía apenas unas horas después.
Pedro parecía estar incómodo con su compasión y apartó la mirada. Sus ojos se llenaron de alivio cuando el camarero vino con sus entrantes.
El marisco olía divinamente, como Paula pudo apreciar al instante. El camarero le sirvió gambas a la plancha a ella y lampuga marinada a él.
—¡Oh! Lo tuyo tiene una pinta impresionante —le dijo Paula.
Él sonrió, pinchó un trozo con el tenedor y extendió el brazo para ofrecérselo. Paula se lo metió en la boca y se quedó así durante un momento mientras ambos se miraban a los ojos y se sostenían la mirada.
Era sorprendentemente íntimo eso de darle de comer aunque solo fuera un mordisco. Pedro tenía los ojos fijos en su boca mientras volvía a bajar el tenedor hasta su plato.
Ella cortó un trozo de gamba y entonces se lo ofreció a él tal y como había hecho con ella. Él vaciló por un momento pero luego dejó que le deslizara el bocado en la boca.
Un poco inquieta por cómo le había afectado el intercambio, Paula bajó la mirada hasta su plato y se centró en su comida.
—¿Está bueno? —le preguntó Pedro unos minutos después.
Ella alzó la mirada y sonrió.
—Delicioso. ¡Estoy casi llena!
Pedro cogió la servilleta que tenía en su regazo y se la llevó a la boca antes de dejarla de nuevo en la mesa. Justo después de que Paula soltara el tenedor y moviera su plato más al centro de la mesa, Pedro se levantó y alargó la mano hacia ella.
—Bailemos —murmuró.
Sintiéndose como una adolescente en su primera cita, Paula dejó que la levantara y la guiara a través del laberinto de mesas hasta llegar al área reservada para bailar.
Ella se giró hacia él y se pegó firmemente contra su cuerpo, no quedaba ni un centímetro entre ambos.
Pedro posó la mano bien abierta en su espalda desnuda para agarrarla de forma posesiva justo encima de donde la tela empezaba. La mano no se quedó quieta encima de su trasero. Él la movía por toda la espalda, acariciándola mientras bailaban y con su cuerpo bien moldeado al de ella.
Paula pegó su nariz al cuello de Pedro para inhalar su aroma.
Estaba muy tentada a morderlo en la oreja y en la piel del cuello.
Le encantaba su sabor, pero tampoco había tenido demasiadas oportunidades para darse el gusto de saborearlo. Pedro siempre llevaba el mando cuando tenían sexo. Ay, lo que Paula daría por tener una noche
para poder explorarlo a su voluntad…
Una canción llevó a otra y ambos continuaron pegados como si ninguno de los dos quisiera violar esa intimidad que los rodeaba y los ocultaba en ese pequeño espacio que ocupaban.
Paula cerró los ojos lánguidamente mientras se balanceaba al ritmo de la música entre los brazos de Pedro, mientras este seguía acariciándola con la mano. Estaban prácticamente haciendo el amor sobre la pista. No era sexo.
No era esa tórrida y absorbente obsesión que se adueñaba de ellos cada vez que se quitaban la ropa.
Esto era mucho más dulce, más íntimo y ella estaba disfrutando de cada segundo. Se podría enamorar de este Pedro. De hecho, ya se estaba enamorando.
—Me pregunto si tienes alguna idea de lo mucho que te deseo ahora mismo —le murmuró al oído.
Ella le sonrió y luego alzó la boca para poder susurrarle al oído.
—No llevo ropa interior.
Pedro se paró justo en medio de la pista de baile sin hacer siquiera el esfuerzo de seguir como si estuvieran bailando. La agarró con mucha más fuerza y el cuerpo se le puso rígido contra el de ella.
—Dios santo, Paula. Vaya comentario para decirlo en mitad del maldito restaurante.
Ella dejó de sonreír y parpadeó con aire inocente.
—Solo pensé que te gustaría saberlo.
—Nos vamos ya —gruñó.
Antes de que pudiera decir nada, él la agarró de la mano y tiró de ella hacia la salida mientras su otra mano sacaba el teléfono móvil. ¡Gracias al cielo que no había traído bolso o se lo habría dejado en la mesa! Con brusquedad le dijo a su chófer que ya estaban listos.
Ya fuera en la acera, Pedro se pegó más al edificio mientras la ceñía de forma protectora contra su costado, lejos de los transeúntes.
—Pedro, ¿y la cuenta? —le preguntó mortificada de que hubieran salido sin más. Él le envió una mirada de paciencia.
—Tengo una cuenta con ellos. Soy cliente regular aquí, y hasta tengo una cantidad estándar de propina añadida para todas las cuentas, así que no te preocupes.
El coche apareció y Pedro la metió en el interior. Justo cuando las puertas se cerraron y el coche comenzó a moverse, Pedro pulsó un botón para bajar la mampara entre los asientos delanteros y traseros y así poder tener privacidad.
La expectación le burbujeaba en las venas como si de una bebida carbonatada se tratara.
Él se llevó las manos a la bragueta y la abrió con rapidez. Un segundo más tarde, se sacó el miembro, tan largo e increíble, y se masturbó hasta estar completamente duro.
Ella no apartaba la mirada de él, de ese cuerpo robusto y masculino.
—Súbete el vestido y siéntate en mi regazo —le dijo extendiendo una mano hacia ella.
Maniobrando como pudo en el asiento, Paula se levantó el vestido para dejar desnudos la mayor parte de sus muslos, y luego Pedro la atrajo hasta el centro de los asientos traseros para que pudiera sentarse a horcajadas encima de él.
Pedro deslizó una mano por debajo del vestido y la elevó por el interior de su muslo hasta llegar a su sexo desnudo. Sonrió entonces de pura satisfacción.
—Esa es mi niña —le dijo en un ronroneo—. Dios, Paula, he fantaseado con follarte con ese vestido y esos tacones matadores que llevas desde que saliste del cuarto de baño de mi apartamento.
Metió un dedo en su interior y luego lo sacó para subir la mano entre los cuerpos de ambos. Brillaba con su humedad. Lentamente, Pedro pasó la lengua por uno de los lados del dedo y Paula casi consiguió correrse. Joder, ese hombre era letal. Entonces le puso el dedo en sus labios.
—Chúpalo —le dijo con voz ronca—. Saboréate.
Paula sintió pánico, pero a la vez una mezcla de curiosidad y morbo que le hizo entreabrir los labios y dejar que le deslizara el dedo sobre la lengua. Ella lo succionó con ligereza y a Pedro se le dilataron las pupilas. La erección se le sacudió y se le levantó hasta tocar la entrada de su sexo con un movimiento impaciente.
Con la otra mano,Pedro se agarró el miembro y entonces le sacó el dedo de la boca para poder agarrarla por la cintura.
La bajó sobre su regazo y guio su erección hasta el mismo centro de su cuerpo.
Oh, cuán perverso resultaba ver Manhattan pasar por la ventana, el brillo de las luces, el ruido del tráfico mientras Pedro se la follaba en el asiento trasero del coche.
La agarró con ambas manos por la cintura y comenzó a embestirla mientras la sujetaba y se arqueaba hacia arriba.
Luego se retiró, y volvió a hundirse en ella con mucha más fuerza y más velocidad. Era una carrera para ver si podía hacer que ambos se corrieran antes de que llegaran al apartamento.
Paula fue la primera. Una sensación súbita y frenética la asedió con la fuerza de un huracán. Terminó jadeante mientras él continuaba enterrándose en ella una y otra vez.
Paula se agarró a sus hombros como si se le fuera la vida en ello, y entonces el coche comenzó a pararse.
Pedro explotó en su interior y la empapó bien dentro de su cuerpo. Ella se deslizó por su verga hasta que no quedó espacio alguno entre los dos mientras este la mojaba entera.
El coche se detuvo definitivamente frente al apartamento y Pedro pulsó el telefonillo.
—Danos un momento, Thomas —le dijo en voz baja.
Pedro se quedó ahí sentado durante un momento largo con el pene aún latiéndole y sacudiéndose en el interior de Paula.
Levantó las manos para ponérselas a cada lado de su rostro y entonces la besó. Era una completa contradicción al ritmo frenético con el que la había poseído antes. Era un beso dulce y lento.
Cariñoso y muy tierno. Como si estuviera expresando lo que nunca podría decir con palabras. Lo que nunca diría con palabras.
La estrechó contra sí y la abrazó mientras le acariciaba el pelo. Durante un largo rato ella se quedó tumbada encima de él mientras él se relajaba en su interior.
Finalmente la levantó y la colocó abierta en el espacio que había a su lado. Se sacó un pañuelo del bolsillo y la limpió entre las piernas antes de asearse él mismo. Sin prisa alguna, se volvió a meter el miembro en los pantalones y se subió la cremallera. Luego se estiró la ropa mientras ella se recolocaba el vestido.
—¿Lista? —le preguntó.
Ella asintió, demasiado agitada y desmoronada como para decir nada. Lo que dijera no tendría ningún sentido.
Pedro abrió la puerta y salió para un momento más tarde rodear el vehículo con el fin de abrir la de ella.
—Te vas a quedar otra vez —la informó mientras caminaban hacia la entrada.
No era una petición, pero tampoco encontraba la arrogancia que caracterizaba su voz. Lo dijo como si nada aunque no hubiera ninguna otra opción imaginable. Pero entonces la miró y una ligera chispa de inseguridad —tan breve que no estaba segura de haberla visto— se reflejó en sus ojos.
Pero Paula asintió y confirmó sus palabras.
—Claro que me voy a quedar —le dijo con suavidad.
Subieron en el ascensor y, cuando salieron, Pedro la volvió a pegar contra él mientras usaba su propio cuerpo para bloquear las puertas.
—Espérame en la cama —le dijo con voz ronca—. No llegaré muy tarde.
Ella se puso de puntillas y pegó su boca contra la de Pedro.
—Esperaré.
Los ojos de él se llenaron de inmediata satisfacción. Luego le dio un empujoncito hacia delante y él retrocedió hasta estar de nuevo en el interior del ascensor y así dejar que las puertas se cerraran.
CAPITULO 21 (PRIMERA PARTE)
Enfurruñarse era una actitud infantil e inmadura, pero le daba igual y ahí estaba haciendo un puchero como si fuera una niña de dos años. Él sabía perfectamente lo que le estaba haciendo, y Paula ya estaba fantaseando seriamente con todas las formas con las que pudiera hacerlo sufrir a él.
Incluso tras el asombroso orgasmo que le había provocado, seguía inquieta y de los nervios.
¡Necesitaba correrse otra vez! Ese maldito dildo la estaba volviendo loca, y él lo sabía.
Pedro estaba sentado, así sin más, al otro lado de la sala, frente a su mesa, y actuaba como si no acabaran de follar como animales sobre esa misma mesa.
El interfono sonó, un hecho poco usual, y Paula, como siempre, lo ignoró y se centró en la tarea que Pedro le había puesto para ese día en particular. Pero cuando escuchó lo que Eleanora dijo, inmediatamente puso la oreja mientras intentaba aparentar que no estaba prestando ni la más mínima atención.
—Señor Alfonso, eh… la señora Alfonso está aquí y quiere verle.
Pedro se enderezó en la silla con un gesto de sorpresa en todo el rostro.
—¿Mi madre? Claro, dile que entre.
Al otro lado de la línea se escuchó una ligera e incómoda tos.
—No, señor. Dice que es su esposa.
Paula apenas pudo controlar la boca antes de que se le abriera de la estupefacción. Guau… la mujer tenía ovarios para presentarse en la oficina de su exmarido afirmando ser la señora Alfonso.
—Yo no tengo esposa —respondió Pedro glacialmente.
Se escuchó un suspiro y Paula sintió pena de Eleanora. Esta situación tenía que ser tremendamente incómoda para ella.
—Dice que no se irá hasta que la reciba, señor. Oh, mierda. Esto no podía terminar bien.
Paula alzó la mirada esperando ver a Pedro furioso. Pero se lo veía tranquilo e impávido. Como si el hecho de que su exmujer viniera a la oficina fuera algo normal y corriente.
—Dame un minuto y luego dile que entre —dijo Pedro con un tono neutro. Entonces levantó la mirada hasta Paula.
—Si nos perdonas… Puedes esperar con Eleanora o tomarte un descanso.
Paula se levantó más contenta que unas pascuas por salir del despacho. La temperatura había caído sus buenos diez grados. Caminó tan rápido como pudo al tener el maldito dildo metido en el culo, y salió justo cuando la ex de Pedro estaba entrando en el pasillo.
Paula la había visto antes. Había visto fotos. Lisa era una mujer guapa. Era alta y elegante y no tenía ni un pelo mal colocado. Era la mujer perfecta para un hombre como Pedro.
Se la veía tan refinada y rica como el propio Pedro.
Hacían muy buena pareja, tuvo que admitir Paula. Con el pelo rubio platino de Lisa y el casi negro azabache de él, contrastaban a la perfección. Los ojos de Lisa eran de un verde apagado mientras que los de Pedro eran de un exquisito azul intenso.
Lisa pasó por su lado mientras le sonreía ligeramente. Era humillante para Paula estar ahí con un dildo que Pedro le había insertado no mucho antes mientras su exmujer desfilaba por su lado. Las mejillas le tenían que estar ardiendo.
—Gracias —murmuró Lisa.
Paula cerró la puerta cuando esta entró y se paró un momento a pensar en los valores éticos de lo que estaba contemplando hacer.
A la mierda. ¿Qué es lo peor que podría suceder? ¿Más azotes?
Pegó la oreja a la puerta y luego echó una mirada con nerviosismo al pasillo para asegurarse de que nadie la veía.
Se estaba muriendo de curiosidad, y, posiblemente, a lo mejor también se sentía un poco amenazada por la visita de Lisa. La hacía sentirse insegura y… celosa. Sí, podía admitir los celos que tenía de la otra mujer. Después de todo, ella había tenido lo que Paula no tuvo y nunca tendría.
El corazón de Pedro.
Escuchó con atención y al final pudo pillar y descifrar sus palabras conforme sus voces se alzaban.
—Cometí un error, Pedro. ¿No puedes perdonar eso? ¿Estás dispuesto a darle la espalda a lo que tuvimos?
—Tú fuiste la que se marchó —dijo Pedro en un tono tan frío que a Paula le entró un escalofrío—. Esa fue tu elección. También fue tu elección mentir sobre nuestra relación y burlarte de todo lo que compartimos. Yo no te di la espalda, Lisa. Tú me la diste a mí.
—Te quiero —le dijo ella con una voz tan suave que Paula tuvo dificultades para entender—. Te echo de menos. Quiero que volvamos juntos. Sé que aún sientes algo por mí. Lo veo en tus ojos. Me arrastraré, Pedro. Haré lo que sea que tenga que hacer para convencerte de que lo siento.
Maldita sea, debían de haberse alejado de la puerta, ¡porque no escuchaba nada!
—¿Qué estás haciendo?
Paula se enderezó al instante y pegó un bote del susto.
—¡Maldita sea, Alejandro! ¡Me has asustado!
Él cruzó los brazos encima del pecho y la observó con diversión.
—¿Hay alguna razón en particular por la que tengas la oreja pegada a la puerta de Pedro? ¿Te ha echado? ¿Ya has provocado la ira del jefe? Ves, deberías venir a trabajar para mí. Yo te mimaría y te querría y sería amable contigo.
—Oh, por el amor de Dios, Alejandro. Cállate. Estoy intentando escuchar.
—Eso es evidente —le dijo con sequedad—. ¿A quién estamos escuchando a escondidas?
—Lisa ha venido a verlo —siseó Paula —. ¡Y mantén la voz baja o nos oirán!
La sonrisa de Alejandro se apagó de forma progresiva y en su lugar apareció un gesto de preocupación.
—¿Lisa? ¿Su exmujer? ¿Lisa?
—Esa misma. Estaba intentando enterarme de lo que pasaba. Lo único que he pillado es que ella lo siente y quiere volver.
—Por encima de mi cadáver —murmuró Alejandro—. Muévete, que quiero escuchar.
Paula se apartó lo suficiente como para que ambos pudieran poner la oreja sobre la puerta. Alejandro puso un dedo sobre los labios para indicarle a Paula que se quedara en silencio.
¿En serio? Si ella era la que estaba intentando que él se callara.
—Ah, mierda. Está llorando —volvió a murmurar Alejandro—. Que una mujer llore nunca es bueno. Pedro no puede soportarlo. Se muere cuando una mujer llora y esa zorra lo sabe.
—¿No crees que estás siendo un poco duro? —le dijo Paula.
—Ella lo jodió, se la jugó a Pedro pero bien jugada, Paula. Yo estaba ahí. Y también Juan. Si alguna vez tienes dudas, pregúntale a Juan lo destrozado que se quedó cuando le contó a los medios todas sus mentiras. Es un imbécil como no la eche ya de la oficina.
—Bueno, eso es lo que estoy intentando averiguar, si es que te puedes quedar calladito —le dijo con paciencia.
—Cierto —contestó Alejandro, y se quedó en silencio al mismo tiempo que ambos se pusieron a escuchar una vez más.
—No me voy a rendir, Pedro. Sé que me quieres y yo aún te quiero. Estoy dispuesta a esperar. Sé que tienes tu orgullo.
—No esperes mucho rato —le soltó Pedro mordazmente.
—Mierda, se están acercando —dijo Alejandro. Agarró a Paula del brazo, la arrastró por el pasillo y luego la metió dentro de su despacho—. Siéntate —le indicó—. Actúa como si hubiéramos estado pasándolo pipa. Él se precipitó hacia su mesa y plantó el culo en la silla antes de poner los pies encima de la pulida superficie. Ni tres segundos después, Lisa pasó dando zancadas con el rostro enrojecido por las lágrimas.
Se estaba poniendo las gafas de sol para esconder lo evidente al mismo tiempo que desaparecía por el pasillo.
—Quédate aquí —le dijo Alejandro con suavidad—. No quiero que vuelvas a la guarida del león tan pronto después de esa confrontación.
Un sonido fuera hizo que ambos levantaran la vista de nuevo para ver a Juan pasar por delante de su puerta. Se detuvo cuando vio a Paula, y parpadeó para comprobar que estaba viendo correctamente. Entró en el despacho con la frente fruncida, y Paula, en silencio, gimió. Esto ya se pasaba de incómodo.
Estaba atrapada en el despacho de Alejandro con Juan, tenía un dildo anal metido en el culo mientras Pedro se
encontraba en la habitación de al lado esquivando los tejos que le estaba tirando su exmujer.
—¿Qué pasa? ¿Por qué está Paula aquí?
Alejandro negó con la cabeza.
—¿No puedo saludar a mi chica favorita?
—Corta el rollo, Alejandro. No seas imbécil —gruñó Juan—. ¿Era Lisa a la que he visto salir de la recepción?
—Sí —contestó Alejandro—. De ahí que Paula esté aquí conmigo. La estoy librando de la ira de Pedro al estar todavía tan reciente el encuentro con su ex.
—¿A qué narices ha venido? —inquirió Juan.
Estaba claro que ni a Alejandro ni a Juan les caía bien Lisa. Su lealtad para con Pedro era fuerte y los tres se unieron más aún tras el divorcio.
—Alejandro y yo estuvimos escuchando a hurtadillas en la puerta —dijo Paula. Juan arqueó una ceja.
—¿Y quieres conservar tu trabajo? Pedro te cortaría la cabeza y ni siquiera yo podría salvarte.
—¿Quieres saber lo que hemos escuchado o no? —Paula sacudió la cabeza con impaciencia. Juan asomó la cabeza por la puerta para controlar el despacho de Pedro y luego volvió a entrar y cerró la puerta del despacho de Alejandro tras de sí.
—Soltad prenda.
—Quiere volver —dijo Alejandro arrastrando las palabras—. Y también se marcó un numerito.
—Ah, joder —murmuró Juan—. Espero que la haya mandado a la mierda de una vez por todas.
—No estoy segura de lo que le dijo —murmuró Paula—. Alguien no quería callarse para que pudiera escuchar.
—Te garantizo que Pedro no cayó en su mentira —dijo Alejandro echándose hacia atrás en la silla y cruzando los brazos sobre el pecho.
Paula no estaba tan segura. Después de todo,Pedro había estado casado con ella. El final de su relación era lo que había formado la base de todas y cada una de las relaciones que habían venido después, incluyendo la suya propia con él. Eso decía lo mucho que lo había afectado. Puede que estuviera enfadado, eso no lo dudaba ni por un segundo, pero eso no significaba que Pedro ya no la amara y que no
fuera a intentar hacer que las cosas funcionaran si eso implicaba que la iba a tener otra vez bajo sus condiciones.
—Voy a darle una buena hostia —murmuró Juan.
Entonces miró a Paula y alargó la mano para despeinarla con la mano.
—Aún tenemos esa cena mañana por la noche, ¿verdad? ¿A qué hora quieres que te recoja?
—¿Qué? ¿Y a mí no me invitáis? —preguntó Alejandro con horror.
—¿No tienes a quién más molestar? —le replicó Juan.
La expresión de Alejandro se puso tensa por un momento y luego murmuró:
—Una reunión familiar. Yo paso.
El corazón de Paula se ablandó e incluso Juan hizo una mueca, con el rostro lleno de compasión. Alejandro y su familia no se hablaban. Nada. Alejandro ni siquiera intentaba poner buena cara; si su familia iba a ir a algún lado, él se buscaba algún otro plan para estar en otro sitio diferente. Y la mayoría de las veces era con Juan o Pedro.
—Oh, deja que venga —dijo Paula manteniendo la voz suave para que Alejandro no se diera cuenta de lo que estaba haciendo—. Me evitará que me des la charla por Dios sabe qué. Alejandro me defiende.
—¿Ves? A ella le caigo mejor —dijo Alejandro con suficiencia.
—Está bien, ¿a qué hora quieres que te recojamos? —preguntó Juan con falsa resignación.
—A las seis me va bien. ¿Os viene bien a vosotros? No voy a necesitar mucho tiempo para cambiarme y estar lista. ¿Vamos a tomar algo en plan informal, o cómo?
—Yo sé de un pub genial donde se cena muy bien justo en tu calle, peque. Así que ponte vaqueros y vamos allí —dijo Juan.
Lo que significaba que estaba haciendo esto por ella, ya que eso de salir a pubs no iba exactamente mucho con él.
— Perfecto.
La puerta se abrió y Pedro asomó la cabeza con la frente fruncida.
—Eh, tíos, ¿habéis visto a…?
Se paró cuando vio a Paula sentada frente a la mesa de Alejandro y luego miró a este y a Juan con sospecha.
—¿Estoy interrumpiendo algo?
—Para nada —dijo Alejandro con aire despreocupado—. Solo estábamos haciéndole compañía a Paula mientras tú te liabas y te reconciliabas con tu ex.
Los ojos de Paula se abrieron como platos ante el atrevimiento de Alejandro. Joder, iba a conseguir meterlos a ambos en problemas con Pedro.
—Cierra la puta boca, Alejandro —gruñó Pedro.
—Genial —murmuró Juan—. Ahora estás mandando a Paula ahí dentro con él cuando se supone que la estabas rescatando precisamente de eso mismo.
Paula se puso de pie esperando poder acallar los siguientes gruñidos de Alejandro.
—Os veré a ambos mañana para cenar —dijo ella precipitadamente mientras empujaba a Pedro para sacarlo del despacho.
Cerró la puerta a su espalda para separar a Pedro de Juan y Alejandro y de cualquier otro comentario que cualquiera de ellos pudiera soltar. Sin esperar a Pedro, Paula se encaminó hasta el despacho y entró.
Pedro llegó justo detrás de ella. Podía sentir su presencia tan abrumadora, podía sentir el calor irradiando de su piel. Era como un león al acecho. Muy apropiado, ya que Alejandro había estado muy convencido de que iba a volver a la guarida del león.
—¿Vas a cenar con los dos?
Ella se dio la vuelta con las cejas arqueadas ante el extraño deje en su voz.
—Sí. Alejandro se invitó solo. Juan me recogerá a las seis. Me iré a mi apartamento directamente tras el trabajo.
Él se acercó a ella con la mirada intensa y taciturna.
—Pero no te olvides de a quién perteneces, Paula.
Ella parpadeó de la sorpresa y luego se rio.
—No puedes pensar en serio que Alejandro… —sacudió la cabeza para evitar pronunciar esa idea tan ridícula. Él le levantó el mentón y la obligó a mirarlo a los ojos.
—A lo mejor necesitas un recordatorio.
Había algo en su voz, en ese poder primitivo que fluía de su cuerpo, que la hizo permanecer en silencio y sumisa.
—De rodillas.
Ella se hundió sobre las rodillas posicionándose de una manera bastante rara para que el dildo se quedara intacto. Pedro abrió con torpeza la cremallera de sus pantalones y se sacó el miembro semierecto.
—Chupa —le ordenó—. Haz que me corra, Paula. Quiero esa boca tuya tan preciosa alrededor de mi polla.
Pedro le echó la cabeza hacia atrás, enterró los dedos en su pelo y luego la empujó contra su creciente erección. La punta rebotaba contra sus labios, pero luego él se movió y la obligó a abrir los labios conforme avanzaba en el interior de su garganta.
Estaba bien adentro, presionando y frotándose una y otra vez contra su lengua. Pedro se estaba comportando con mucha más intensidad que normalmente, y Paula se preguntó exactamente cuánto le había afectado la visita de Lisa. ¿Estaba intentando eliminar todo rastro de ella de su despacho?
Pero entonces lo miró a los ojos y se relajó. Pedro estaba enfadado, pero no con ella. Había
necesidad, casi desesperación en su mirada; las manos vagaron libres por toda su cabeza y luego por su rostro. La acarició y la tocó casi como si se estuviera disculpando por esa necesidad tan desesperada.
Paula alargó una mano y la enrolló alrededor del tallo de su miembro para luego separarlo con suavidad con la otra de manera que pudiera ponerse mejor de rodillas. Ralentizó el ritmo y lo comenzó a succionar lentamente y sin ninguna prisa.
El orgasmo que iba a sentir no iba a ser uno cualquiera. Le iba a dar amor incluso aunque él no lo quisiera. Lo necesitaba. Él la necesitaba, aunque eso fuera lo último que fuera a decirle nunca.
Paula movía la mano arriba y abajo en sintonía con su boca. Lo estrujaba y masajeaba de la base a la punta, y dejaba que el glande rozara sus labios antes de volverlo a acoger entero en su garganta.
—Joder, Paula —dijo Pedro en voz baja—. Es increíble lo que me haces.
Movió las caderas contra sus labios y el chorro caliente y salado de semen que salió le llenó toda la boca. Paula no dejó de succionarlo más adentro, lo quería entero, lo estaba acogiendo entero. Le dio todo su amor y atención mientras lo chupaba con dulzura y movimientos lentos, renunciando al ritmo frenético de antes.
Lo lamió desde la punta hasta los testículos, no se dejó ni un centímetro.
Por fin deslizó la boca por todo su miembro y dejó que Pedro se escurriera entre sus labios. Paula lo miraba a los ojos; una imagen de perfecta sumisión, de aceptación. Y dejó que la viera a ella, que la viera de verdad.
Pedro se encogió de dolor y, a continuación, se dejó caer de rodillas frente a Paula para que estuvieran casi al mismo nivel visual. La estrechó entre sus brazos y la sujetó fuertemente contra su pecho mientras su cuerpo jadeaba del alivio que Paula le había proporcionado.
—No puedo estar sin ti —le susurró—. Te tienes que quedar, Paula.
Ella le acarició la espalda con las manos y luego las subió hasta la cabeza para abrazarlo con cariño.
—No me voy a ningún lado, Pedro.
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