miércoles, 13 de enero de 2016
CAPITULO 36 (PRIMERA PARTE)
Paula se puso la chaqueta encima de la camisa mientras se preparaba para salir del apartamento de Pedro. Este no se iba a poner muy contento cuando la viera entrar en la oficina.
Se había ido esa mañana y le había dejado claras instrucciones de que se quedara en casa, en la cama, y descansara.
Pedro pensaba que se estaba enfermando, que el día anterior solo había sido el preludio de un resfriado o de un virus estomacal.
Paula se había pasado la mayor parte del día atontada por el miedo y la impresión. Se había asustado tanto que no había podido siquiera pensar en cuál sería la mejor decisión, y el tiempo seguía corriendo.
Era viernes y Charles esperaba que le soplara la información para el fin de semana.
Tenía el estómago hecho un nudo. Estaba de los nervios mientras bajaba para montarse en el coche que la llevaría a la oficina de Pedro. Su oficina.
Había sopesado todas sus opciones y la única que le servía era ir hasta Pedro, decirle toda la verdad, y esperar a que él se pudiera ocupar del asunto. Traicionarlo no era una opción. No tenía ni idea del futuro que ambos tenían juntos, pero ya iba siendo hora de que se encargaran ellos mismos de la situación y se lo contaran a Juan. De esa forma Charles perdería todo el poder que tuviera.
La noche anterior se había dejado la parte superior del pijama puesta incluso tras meterse en la cama con Pedro con la excusa de que tenía frío. En realidad, no había querido que Pedro viera los moratones que tenía en el brazo de cuando Charles la había agarrado. Pedro se habría percatado de ello con toda seguridad, y ella habría tenido que darle una explicación antes de haber tenido tiempo para organizar su propia cabeza y de haber tomado finalmente una decisión.
Paula se acarició el brazo por encima de la chaqueta de cuero, y se mordió el labio de forma pensativa mientras el coche se desplazaba entre el tráfico de mediodía.
Aún hacía un frío intenso, pero no había nevado. Ni siquiera aguanieve. Pero hacía frío, el cielo estaba gris y repleto de nubes y además parecía estar preparado para comenzar a llover en cualquier momento.
Cuando el chófer se paró frente al edificio, Paula se bajó y se apresuró a llegar a la puerta de la entrada para no empaparse de nuevo. Entró en el ascensor, y a cada planta que iba subiendo la ansiedad parecía apoderarse de ella con más intensidad.
Eleanora pareció sorprenderse cuando Paula entró en el área de recepción.
—Paula, el señor Alfonso me informó de que estabas enferma esta mañana. ¿Te sientes mejor?
Paula sonrió lánguidamente.
—Un poco, sí. ¿Está Pedro en la oficina?
Eleanora asintió.
—Procura que nadie nos moleste hasta que él te avise —dijo Paula con voz queda—. Tenemos un asunto importante que discutir.
—Por supuesto —contestó Eleanora—. Decidme si necesitáis que os pida el almuerzo y me ocuparé de ello.
Paula ignoró eso último y se encaminó hacia la oficina de Pedro con el miedo intensificándosele a cada paso que daba. La enfermaba tener que decirle las imágenes que había visto. El material con el que Charles la había amenazado. Paula no quería tener que discutir de nuevo lo que ocurrió en París. Ella y Pedro ya habían pasado página.
Cuando abrió la puerta del despacho, él levantó la mirada y frunció el ceño. Cuando vio que era ella, se levantó de inmediato de la mesa e hizo una mueca con los labios.
—¿Paula? ¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¿Estás bien? Deberías estar en casa en la cama.
Él le puso las manos en los hombros y la estrechó contra su pecho, luego bajó la mirada hasta su rostro para examinarla y buscarle algún signo de enfermedad en las facciones.
—Hay algo que tengo que decirte, Pedro —le dijo, vacilante—. Es sobre ayer… y lo que pasó de verdad.
Pedro se separó de Paula para poder mirarla a la cara y ver su expresión, el pulso se le aceleró cuando vio el miedo y el temor en sus ojos. Se la veía… mal. Y ella nunca estaba mal. Sin embargo, esta mañana su apariencia era como si no hubiera dormido nada la noche anterior. La había visto cansada y frágil.
Se acordó de que el día anterior había pensado que parecía como si Paula hubiera estado llorando. Y ahora estaba aquí sugiriéndole que no le había dicho algo —algo gordo— de lo que había pasado ayer.
—Ven y siéntate —le dijo con un nudo en la garganta.
Mientras la intentó guiar con gentileza hacia el sofá que se encontraba en la otra punta de la habitación, ella negó con la cabeza y se soltó de su agarre.
—No me puedo sentar, Pedro. Estoy demasiado nerviosa. Solo necesito contarte esto y rezar para que no estés enfadado… conmigo.
Ahora sí que se estaba empezando a preocupar. Por el amor de Dios, no podía encajar todas las piezas. El día anterior todo había transcurrido con aparente normalidad. Hasta el almuerzo, cuando se fue a por algo para comer. Cuando regresó, estaba empapada hasta los huesos y casi como en estado de conmoción.
Frunció el ceño más aún mientras ella le devolvía una mirada que rebosaba vulnerabilidad. Estaba asustada. Lo ponía enfermo que estuviera tan claramente asustada de él, o al menos de la reacción que pudiera tener a lo que iba a decirle.
En un esfuerzo para aliviar su tangible miedo y nerviosismo, Pedro deslizó las manos por las mangas de su chaqueta y le dio un suave apretón. Ella se encogió de dolor y de inmediato apartó el brazo para llevarse la otra mano justo al lugar donde la había agarrado.
¿Qué narices estaba pasando aquí?
—Quítate la chaqueta, Paula —le dijo con un tono de voz firme.
Ella vaciló mientras la respiración seguía saliendo a través de sus labios. Las lágrimas se le comenzaron a formar en los ojos, y eso lo dejó atónito.
Sin querer esperar ni un minuto más, Pedro le bajó la chaqueta de los hombros y le sostuvo los brazos para poder deslizarle la prenda. Ella no quería cruzar la mirada con la de él durante todo el proceso. Tan pronto como le había quitado la chaqueta, Pedro examinó el antebrazo por el que se había encogido de dolor cuando la había tocado.
El aire salió de sus pulmones con una gran exhalación cuando vio los moratones que cubrían la parte superior de su brazo. Pedro fue a mover los dedos para tocarle aquella zona, pero se contuvo ya que no quería hacerle daño.
La cogió de la otra mano y la condujo hasta la ventana, donde la luz era mejor y podía ver las marcas con más claridad.
—¿Qué narices ha pasado aquí, Paula? —le exigió.
Le recorrió la piel amoratada con las puntas de los dedos, y entonces la vena de la sien le comenzó a latir con fuerza cuando vio que los cardenales se asimilaban bastante a la forma de los dedos. Como si alguien la hubiera agarrado con brusquedad y no la hubiera soltado. Y eran manos y dedos grandes. Las manos de un hombre.
Una lágrima descendió por su mejilla y Paula intentó rápidamente secársela con la mano que tenía libre. El miedo lo atenazó. ¿Qué le había pasado? Un nudo se le formó en la boca del estómago y el pánico le atravesó las entrañas.
—¿Quién te ha hecho esto?
Su tono de voz era bajo y amenazador. Pedro parecía agarrarse al último ápice de control que le quedaba. Quería encontrar al hijo de puta que le había puesto las manos encima a Paula y matar al cabrón.
—Charles Willis —dijo Paula apenas en un susurro.
—¿Qué?
Ella se encogió al oír la explosión de su voz. Entonces levantó la mano y la puso sobre su pecho.
Estaba vibrando de la furia y ella lo sabía. Su mirada lacrimosa se encontró con la de él y solo consiguió ver súplica en sus ojos.
—Ayer cuando fui a por el almuerzo, me asaltó en la calle. Cuando ya volvía, y no lejos de la entrada del edificio. Dijo que quería que le diera información sobre las ofertas de construcción que recibiste para el hotel en París. Dijo que su única oportunidad era superar a sus competidores por la cantidad suficiente para que no tuvieras más remedio que irte con él a pesar de los recelos que pudieras tenerle.
Un mal presentimiento comenzó a apoderarse de Pedro.
—¿Le diste esa información? —le preguntó. ¿Era por esa razón por la que estaba tan molesta y convencida de que se iba a enfadar con ella?
—¡No! —contestó Paula, la vehemencia con la que lo hizo no dio lugar a dudas. Se la veía devastada por que le hubiera preguntado tal cosa.
—¿Esa es la razón por la que te ha dejado marcada con todos esos moratones? —exigió Pedro—. Lo voy a matar por esto.
—Hay más —siguió Paula casi sin respiración.
La joven se dio la vuelta y comenzó a sacudir los hombros mientras se rodeaba de forma protectora el cuerpo con los brazos.
—Oh, Dios, Pedro. Me amenazó. Me enseñó… unas fotografías.
— ¿Fotografías de qué?
Paula volvió a girarse, su rostro era una máscara de angustia.
—De nosotros —soltó de forma estrangulada—. De esa noche. Fotografías donde estaba atada y arrodillada contigo en mi boca.
Ella se sacudió de los pies a la cabeza. Las manos le temblaban tanto que parecía que iba a darle un colapso.
—Y luego había otra foto donde estaba en la mesa con él mientras estaba intentando meterse dentro de mi boca.
—¡Maldito hijo de la gran puta!
Su respuesta fue explosiva y llena de ira. Paula se encogió y retrocedió, y se volvió a abrazar así misma.
—Dijo que si no le daba la información que quería, las haría públicas. Que se lo contaría todo a Juan. Que te arruinaría —soltó entre balbuceos.
Pedro se había quedado estupefacto. No podía siquiera articular palabra, aunque un montón de ellas se le estaban amontonando en la punta de la lengua. Estaba tan enfadado que no podía siquiera pensar con lógica. Levantó una mano y se la llevó al pelo y luego a la cara mientras intentaba procesar la amenaza.
Paula se acercó entonces con una expresión en el rostro llena de súplica y seriedad.
—Te lo tenía que decir, Pedro. Tenía que venir a ti para esto. No podía, ni quiero traicionarte. Pero tiene fotografías muy comprometedoras… Dios, ¡y vaya fotos! Está enfadado y desesperado. Me dio hasta finales de esta semana para llamarlo y darle lo que quería.
Pedro dejó caer la mano mientras la miraba con completa perplejidad. No lo había traicionado. Había venido a él con ojos suplicantes para que él lo arreglara. Dios, Paula confiaba en él, incluso tras lo que le había hecho en París. Él era el culpable aquí. Por su maldita culpa ese cabrón tenía fotografías hirientes e ilícitas de ella en una posición en la que Pedro nunca debería haberla puesto.
El corazón estaba a punto de salírsele del pecho. Cualquier otra persona no se lo habría pensado dos veces y lo habría traicionado. Incluso él mismo no podría haberla culpado si le hubiera revelado la información en un intento de protegerse a sí misma. Pero no lo había hecho. Había acudido a él y se lo había contado todo aunque eso le conllevara un enorme riesgo.
Pedro no podía terminar de asimilarlo todo. Se quedó ahí, mirándola, sin poder respirar, sin ser capaz de procesar la enormidad de su decisión.
Paula lo había elegido a él por encima del deshonor y de la humillación. Lo había elegido a él por encima de Juan, de su hermano.
Dios, había perdonado lo imperdonable, y, en vez de estar herida y enfadada cuando se enfrentó a las fotografías que mostraban, al detalle, lo que Pedro había permitido que le pasara, había elegido no traicionarlo. Había acudido a él, había confiado en él para que se hiciera cargo del asunto.
¡Para que la protegiera!
Tal confianza en él lo dejó desconcertado. Pedro estaba acostumbrado a que la gente lo traicionara. Él era el que esperaba eso de la gran mayoría.
Y no podría haberla culpado si hubiera hecho todo lo
necesario para protegerse a sí misma.
Pero Paula no había hecho ninguna de las cosas que se podría haber imaginado, y, en cambio, había acudido a él.
Estando herida, asustada y confusa, había acudido a él, cuando Pedro no se merecía ni una pizca de esa confianza.
Sin poder mantenerle esa mirada llena de inseguridad y miedo ni un segundo más, Pedro la estrechó contra él con brusquedad y la abrazó con tanta fuerza que dudaba de que ella pudiera siquiera respirar.
Escondió el rostro en su cabello y cerró los ojos mientras inhalaba su aroma y absorbía la sensación de tenerla pegada contra la piel.
Paula estaba tatuada en cada centímetro de su cuerpo. Y más aún, en su corazón. En su alma. Era una marca permanente de la que nunca se desharía.
—Paula. Mi dulce y encantadora Paula —le susurró—. Te he defraudado por completo y, aun así, has seguido teniendo la suficiente confianza como para venir a mí para esto.
Ella se separó de él y puso una odiosa distancia entre ambos. Sus ojos estaban inundados de miedo y dolor. No le extrañaba que hubiera estado conmocionada el día anterior. Ese cabrón no solo le había puesto las manos encima sino que la había aterrorizado y humillado.
—No podía traicionarte —dijo Paula con voz ahogada—. Dios, Pedro, estoy inmersa en una situación en la que pierdo, sí o sí. ¿Lo entiendes? Si le daba a Charles lo que quería, tú habrías cortado conmigo con la misma precisión con que un cirujano cortaría armado con un bisturí en la mano. Si no le doy lo que quiere, nos humillará a ambos. Juan se enterará, y eso no solo afectará a vuestra amistad, sino que podría arruinar también vuestra asociación en la empresa. Sin mencionar las cosas que se dirían de ti. De la
forma en que se te ve en esas fotografías.
Paula ahogó las palabras cuando un sollozo amenazó con salir de su garganta. Entonces tragó saliva en un intento claro de serenarse.
—Parece como si me estuvieras forzando. Como si tú fueras el que estuviera haciendo eso tan horrible. Esas fotos son tan incriminatorias.
Una reafirmada determinación le gritaba dentro de la cabeza y le gruñía como un tren de carga que había descarrilado.
Pero Paula necesitaba calmarse. Necesitaba que él la tranquilizara. Lo necesitaba a él.
Paula había confiado en él más que cualquier otra persona.
Había depositado en él una fe incondicional, por lo que por nada del mundo iba a defraudarla ahora.
—Me ocuparé de ello —le dijo en voz baja—. No quiero que te preocupes. Quiero que te lo saques de la cabeza.
El alivio se apoderó de sus ojos. Había esperanza en su mirada a pesar de tener surcos húmedos que le recorrían las mejillas. Pedro levantó una mano y, con cariño, le limpió parte de esa humedad. Luego la estrechó contra sí y estampó la boca en la de ella.
La besó e inhaló su dulce aroma, y luego lo saboreó en su lengua. Dejó un camino de besos por donde sus lágrimas habían caído primero, presionando los labios contra sus párpados, luego contra sus mejillas y finalmente contra sus labios otra vez.
Cuando Pedro se separó, un sollozo salió de su garganta.
Era como si Paula no pudiera mantener la compostura ni un segundo más. Las lágrimas inundaron sus ojos, y los hombros se le hundieron. Le destrozó el corazón verla llorar como si el suyo se le estuviera haciendo pedacitos.
—Paula, cariño, te lo suplico, por favor, no llores, cielo —le dijo mientras alargaba las manos hacia ella.
Esta vez no le dio elección. Pedro se la llevó al sofá y la sentó en su regazo para abrazarla y que llorara contra su pecho.
Ella se agarró a él con fiereza. Le rodeó los hombros con los brazos y escondió el rostro en el hueco de su cuello.
—Estoy tan asustada, Pedro —le dijo con voz entrecortada—. No quiero que mis actos hagan sufrir a la gente por la que me preocupo. Tú, Juan. Los dos podéis salir muy mal parados.
—Shh, cariño. No es tu culpa. Maldita sea, es mi maldita culpa. Fui un estúpido y un descuidado y no te protegí como debería haberlo hecho. Nada de esto habría ocurrido si yo no hubiera sido un imbécil.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Paula con dolor.
Tenía el rostro enrojecido y los ojos hinchados por las lágrimas. Se la veía pálida y parecía enferma.
Cualquiera que la viera ahora pensaría que se había quedado seca de tanto llorar. Él le pegó la cabeza contra el pecho y le acarició el pelo con suavidad.
—No quiero que te preocupes por eso —murmuró—. Me haré cargo de ello. Tienes mi palabra.
Deslizó una mano por su brazo y le pasó los dedos por encima de los moratones que ese cabrón le había provocado. La furia lo estaba volviendo loco. Con esta ya era la segunda vez que Charles la había asustado y había intentado hacerle daño. Iba a coger al hijo de puta ese y lo iba a arruinar para toda su vida. Pedro le dio un beso en el pelo y, con cuidado, la puso derecha para que pudiera mirarla a los ojos.
—Escúchame, ¿de acuerdo? Refréscate en el baño. Tómate todo el tiempo que necesites. No quiero que nadie te vea así. Provocaría un montón de preguntas y no quiero que nadie te vea así de afectada. Cuando estés preparada, quiero que vuelvas a mi apartamento y te quedes allí hasta que yo llegue.
El miedo y la preocupación se reflejaron en sus ojos.
—¿Adónde vas a ir?
Él le puso un dedo sobre los labios, deleitándose en su tacto tan suave y aterciopelado. Delineó el arco de su boca y luego le dio un pequeño beso.
—Me voy a asegurar de que Charles Willis nunca te vuelva a amenazar.
martes, 12 de enero de 2016
CAPITULO 35 (PRIMERA PARTE)
Pedro se adentró en el apartamento y frunció el ceño cuando vio que no había ninguna luz encendida.
¿Había malinterpretado Paula su conversación y se había ido a su propio apartamento?
Desde que habían vuelto de París, ella había pasado todas las noches con él, excepto esa vez cuando Juan la llevó a cenar y luego la acercó hasta su piso. Solo esa noche que no estuvo con ella lo puso inquieto y de mal humor, e incluso fue al trabajo a la mañana siguiente con el mismo humor de perros.
Entró en el salón y la tensión cedió de inmediato cuando la vio acurrucada en el sofá, profundamente dormida. La chimenea estaba encendida y ella tapada de la cabeza a los pies con varias mantas.
Frunció el ceño. ¿Habría cogido algún virus? Si lo pensaba bien, había estado perfectamente bien antes de salir a por el almuerzo. Alegre, feliz y sonriente. Animada. Tan guapa como siempre. Lo asustaba a más no poder saber lo dependiente que se había vuelto de su presencia en la oficina, y saber que ella ahora ocupaba una parte fundamental de su día a día. La mayoría de la gente necesitaba café por las mañanas, él simplemente necesitaba a Paula.
Cuando se inclinó hacia delante con intención de tocarle la frente para ver si tenía fiebre, se percató de que los ojos los tenía enrojecidos e hinchados. Como si hubiera estado… llorando. ¿Qué demonios ocurría?
¿Qué podría haber pasado? ¿Qué era lo que no le estaba contando? Estuvo muy tentado de despertarla y exigirle saber qué narices le pasaba, pero no la quiso molestar. Se la veía cansada. Además de que tenía unas ojeras muy marcadas. ¿Había estado así de cansada la noche anterior? ¿Había sido demasiado duro con ella? ¿Demasiado exigente? ¿Era él la razón por la que estaba enferma?
El miedo se le aposentó en la boca del estómago. ¿Estaba siendo su relación demasiado absobernte para ella? Pedro no podía prometerle ir más despacio o darle más espacio. En vez de ir distanciándose conforme el tiempo pasaba, por cada día que pasaba, Paula se iba convirtiendo en una necesidad más abrumadora dentro de sí. El tiempo solo iba a conseguir que su desesperación por ella se intensificara y no se aliviara. Sería estúpido volver a pensar que permitir que otro hombre la tocara iba a demostrar, de
alguna manera, que no era emocionalmente dependiente de ella. Que no le molestaba.
Él aún quería suplicarle que lo perdonara cada vez que su mente volvía a aquella noche en París. Ella ya lo había perdonado, pero, solo con recordar el momento, no podía evitar caerse de rodillas al suelo.
No la merecía. Y eso Pedro lo sabía muy bien. Pero no tenía la fuerza suficiente para hacer lo correcto y alejarla de él.
Eso solo lo destrozaría.
Volvió otra vez a fruncir el ceño cuando bajó la mirada hacia el reloj. Había vuelto a casa más tarde de lo que había pretendido en un principio. Ya casi era la hora de cenar y Pedro se preguntó si ella siquiera se habría tomado algo para comer. Se dirigió entonces a la cocina y encontró la respuesta en la encimera. La bolsa estaba intacta, y la caja de comida sin abrir. Pedro maldijo para sus adentros.
Necesitaba comer.
Rebuscó entre los armarios de la cocina hasta encontrar una lata de sopa. Su ama de llaves le dejaba siempre las provisiones esenciales a mano, y él le daba todos los viernes una lista de la compra por si tenía pensado cocinar algo durante el fin de semana. Pero él no estaba tan a menudo en casa como para tener la despensa siempre llena.
Tras decidir que no tenía nada adecuado, cogió el teléfono y llamó al conserje para decirle lo que necesitaba. Tras haberle asegurado que se encargaría de ello de inmediato, Pedro colgó y buscó en el mueble de medicinas un termómetro y la pertinente medicación.
El único problema era que no estaba seguro de qué le podría pasar. Ni siquiera sabía si tenía fiebre.
Podría ser un simple resfriado. Podría ser un virus estomacal. ¿Cómo iba a saberlo hasta que no le preguntara?
Decidió que podía esperar hasta que se despertara —Pedro quería que ella descansara todo lo que necesitara— y volvió silenciosamente al salón. La manta se había movido y le había destapado la parte superior del cuerpo, así que él se la subió hasta la barbilla y luego volvió a arroparla. A continuación, la besó en la frente para ver si tenía fiebre.
Estaba caliente, pero no demasiado. Y la respiración parecía estar normal.
Se encaminó hasta la chimenea, avivó las llamas y luego se fue al dormitorio para cambiarse y ponerse una Paula llegara.
Tenía mucho trabajo por hacer —Pedro se había marchado justo al acabar la reunión y aún tenía varios informes financieros que mirar para preparar su reunión con Juan y Alejandro donde discutirían las ofertas de construcción—, pero, en vez de ponerse con ello, cogió su tableta y se acomodó en el sofá que había frente al que estaba Paula.
Ella lo hacía sentir cómodo. Le hacía pensar en más cosas además del trabajo y la empresa. Le gustaba estar simplemente en su compañía haciendo algo que disfrutara hacer, como leer un libro en silencio.
Paula se había emocionado muchísimo cuando le regaló un lector nuevo —la última versión— además de una colección entera digital de sus libros favoritos ya metidos en el lector. Le rodeó el cuello con los brazos, lo abrazó y lo besó tan efusivamente que él no pudo evitar reírse. Aunque, bueno, en realidad siempre se reía mucho cuando estaba con ella.
Tenía algo un tanto irresistible. Su encanto era contagioso.
Ella era su… luz. Pedro se avergonzó de sí mismo por lo cursi que había sonado. Estaba actuando y pensando como un adolescente melodramático.
Gracias a Dios que nadie podía leer sus pensamientos, nunca podría volver a ser capaz de mantener la cabeza en alto en ninguna reunión de negocios.
Los hombres como él se suponía que tenían que ser intimidantes. Fríos. Distantes. Temidos, incluso.
Si alguien tuviera la menor idea de que una morena menuda con una sonrisa de oro era su total y absoluta kriptonita, sería el hazmerreír de toda la ciudad.
Su móvil pitó, así que Pedro hundió la mano en el bolsillo, lo cogió y vio que el portero le había mandado un mensaje para avisarle de que iba a subir de inmediato con lo que había pedido. Pedro se levantó del sofá para recibir al hombre en las puertas del ascensor. Estas se abrieron justo cuando él
llegó al recibidor, luego le dio las gracias y se llevó la bolsa a la cocina.
La sopa aún humeaba de lo caliente que estaba, así que Pedro no la calentó más en el microondas.
Luego la vertió en un tazón, tostó dos rebanadas de pan y cogió de la nevera el refresco preferido de Paula: el de cereza, producto que le había dicho a su ama de llaves que comprara a menudo porque Paula era adicta a él.
Había muchas cosas que compraba ahora con frecuencia según sus preferencias. Se las había aprendido de memoria y ahora se estaba asegurando de tener todo lo que a ella le gustaba. Pedro no quería darle ninguna razón por la que no quisiera quedarse con él.
Puso la sopa, las tostadas y la bebida en una bandeja y luego se la llevó al salón y la dejó encima de la mesita que tenía frente a ella. Aún no le hacía demasiada gracia despertarla, pero necesitaba comer y él necesitaba saber cómo se encontraba. Si era necesario, llamaría a su médico personal y le diría que viniera para que la examinara en su apartamento.
—Paula —le dijo en voz baja—, Paula, despierta, cariño. Te he traído algo para comer.
Ella se movió y, adormilada, soltó un gemido de protesta.
Luego giró la cabeza hacia el otro lado, parpadeó y volvió a cerrar los ojos otra vez.
Pedro se rio entre dientes. A Paula nunca le había gustado que la molestaran cuando dormía. Le tocó la mejilla y la acarició hasta llegar al mentón mientras disfrutaba del tacto suave y sedoso de su piel bajo sus dedos.
—Paula. Despierta, nena. Vamos. Abre esos ojitos tan bonitos por mí.
Ella los abrió y su mirada borrosa se encontró con la de Pedro. Para su sorpresa, pudo observar el miedo reflejado en ella, y algo más que no pudo terminar de identificar. ¿Preocupación? ¿Ansiedad? ¿Qué narices estaba pasando?
Paula bostezó y se restregó los ojos con las manos mientras se sentaba para así poder evitar su mirada.
Luego se pegó las mantas contra sí como si su vida dependiera de ello.
Pedro se tuvo que morder la lengua para no pedirle respuestas en esos precisos momentos. Sabía que ahora mismo se encontraba en un estado de infinita fragilidad, estado en el que no la había visto desde que pasara aquella noche en París. Las entrañas se le encogieron de solo pensar en ello.
—Hola, dormilona —le dijo con voz suave—. Te he traído algo de sopa. He visto que no te has comido el almuerzo.
Ella hizo un mohín con los labios.
—Tenía frío y lo único que quería era entrar en calor. No tenía ganas de comer.
—¿Te sientes bien? ¿Estás enferma? Puedo decirle a mi médico que venga a verte.
Ella se relamió los labios y negó con la cabeza.
—Estoy bien, de verdad. En el momento en que entré en calor tenía tanto sueño que no me pude quedar despierta. Pero me siento bien, te lo prometo.
Pedro no la terminó de creer y no estuvo seguro de por qué.
Había algo distinto en ella aunque no estuviera enferma. Y también estaba el hecho de que parecía como si hubiera estado llorando. Quizás estaba exagerando. A lo mejor se había refregado los ojos justo antes de quedarse dormida.
—¿Ahora tienes hambre? —la animó.
Ella desvió la mirada hasta la bandeja que estaba en la mesita y luego asintió.
—Me muero de hambre.
Cuando empezó a levantarse y a moverse hacia delante, Pedro le tendió la mano para ayudarla. Paula
entrelazó los dedos con los de él y se quedó sentada en el borde del sofá.
—Gracias —le dijo con voz ronca—. Eres muy bueno conmigo, Pedro.
No era la primera vez que le había dicho tal cosa, pero cada vez que lo hacía, la culpa lo invadía. Si hubiera sido bueno con ella como debería haber sido, nunca habría permitido que otro hombre abusara de ella.
Pedro la observó mientras comía, la necesidad de tocarla y de protegerla de lo que fuera que la hubiera molestado crecía en su interior a cada segundo que pasaba. Era una urgencia insaciable de la que no tenía ningún control. Su fuerza de atracción hacia ella desafiaba toda lógica. Pero bueno, en lo que a ella se refería, estaba más que claro que Pedro no hacía más que perder la razón. Y la cordura.
No era capaz de mantener ninguna distancia entre ellos.
Cuando terminó de comer, se volvió a tapar con la manta que tenía sobre las piernas y, para sorpresa —y deleite— de Pedro, se acurrucó en el sofá con él y lo rodeó con todo su cuerpo.
Él la rodeó con un brazo y luego alargó la mano para coger la manta que se había quedado por el suelo. La colocó de forma que los tapara a ambos y luego movió a Paula para que lo tapara a él con su suave y cálido cuerpo.
Escondió el rostro en su pelo, contento de poder tenerla acurrucada y pegada contra él tanto como fuera posible.
—Gracias por la cena —le dijo—. Ahora mismo solo quiero que me abraces. Eso es lo único que necesito para sentirme mejor.
Sus palabras le llegaron directas al corazón. Estaban dichas con completa honestidad. Qué fácil hacía que sonara. Paula nunca le había pedido nada a él, era muy poco exigente. No le importaba una mierda el dinero que tuviera o lo que pudiera comprarle. Las únicas cosas que le había pedido habían sido muy simples: abrazarla, tocarla, reconfortarla.
La idea de tener tanto poder sobre ella debería contentarlo.
Era lo que quería, ¿no? Un control absoluto, que se doblegara a su voluntad. Pero, en cambio, solo hacía que fuese realmente consciente del hecho de que también tenía el poder para destruirla.
—¿Quieres quedarte aquí frente al fuego o quieres que te lleve a la cama? —le preguntó mientras le acariciaba el pelo.
—Mmmm… —musitó con una voz adormilada y contenta—. Aquí durante un rato, creo. Se está bien frente al fuego. Me pregunto si ya está nevando.
Él se rio entre dientes.
—Si lo está, me imagino que no será mucho. Nunca tenemos demasiada nieve en esta época del año.
—Me duele la cabeza —murmuró Paula mientras se pegaba más contra el hueco de su hombro. Pedro frunció el ceño.
—¿Por qué no lo has dicho antes? ¿Te duele mucho?
Ella se encogió de hombros.
—Lo suficiente. Me tomé un ibuprofeno cuando llegué. Tenía esperanzas de que cuando me levantara ya se me hubiera pasado.
Pedro la apartó suavemente a un lado y luego se separó de ella y de la manta antes de levantarse del sofá. Se encaminó hacia la cocina, cogió uno de los botes con calmantes y regreso de nuevo a su lado.
Ella frunció el ceño.
—Esas pastillas me desorientan.
—Es mejor que el dolor —le dijo con paciencia —. Tómatela y yo cuidaré de ti. Nos sentaremos en el sofá hasta que te entre sueño y luego nos iremos a la cama. Si no te sientes mejor por la mañana, te quedarás en casa.
—Sí, señor —le dijo mientras sonreía y un hoyuelo se le formaba en la mejilla.
Él le dio la pastilla y luego le tendió la botella medio vacía del refresco de cereza y la observó mientras se tragaba la medicina. Después se echó hacia atrás en el sofá e inmediatamente la volvió a estrechar entre sus brazos. Le puso la manta por encima y la rodeó con los dos brazos para mantenerla en su abrazo de forma segura.
Paula soltó un suspiro de satisfacción a la vez que escondía el rostro contra su cuello.
—Me alegro de estar contigo, Pedro. No me arrepiento de esa decisión ni por un instante.
Paula pronunció las palabras tan flojitas que él no pudo casi escucharlas. Pero cuando se dio cuenta de lo que había dicho, la satisfacción lo golpeó de lleno con tanta fuerza que no pudo responderle de inmediato. Sin embargo, había algo raro en su afirmación. Casi como si fuera un adiós anticipado. Él ya no consideraba esa posibilidad, Pedro haría todo lo que fuera para asegurarse de que ella no se fuera a
ninguna parte y se quedara con él, a su lado.
—Yo también me alegro de que estés aquí, Paula —le contestó con suavidad.
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