miércoles, 13 de enero de 2016

CAPITULO 37 (PRIMERA PARTE)





Pedro se bajó del coche en la avenida Lexington frente a un pequeño complejo de oficinas que albergaba las de Charles Willis, y se encaminó hacia la entrada con los puños cerrados.


Había mandado a Paula a casa en coche una vez se hubo deshecho de toda evidencia de que había llorado y tras haberle pedido que describiera con pelos y señales las fotografías que Charles le había enseñado.


La oficina de Charles estaba en la primera planta, espacio que compartía con otra compañía porque él no estaba en Nueva York tan a menudo. Su constructora tenía oficinas por todo el mundo, pero Pedro no volvería a hacer negocios con él, nunca. Si no fuera por el hecho de que la compañía de Charles contrataba a un montón de gente —buenas personas que dependían de él para mantener a sus familias— Pedro le cerraría el chiringuito y lo sacaría de lleno del negocio.


Tal y como estaban las cosas, nunca volvería a tener ninguna relación personal o profesional con él.


Pedro dejó atrás a la sorprendida recepcionista y abrió la puerta de la oficina de Charles de un golpe.


Charles levantó la mirada, sorprendido, y Pedro pudo ver un deje de miedo reflejarse en los ojos del otro hombre antes de que este se pusiera en pie y disimulara su expresión.


—Pedro —dijo con voz cordial—. ¿Qué puedo hacer por ti?


Pedro cerró la puerta de un portazo a su espalda y se lo quedó mirando fijamente mientras este avanzaba. No apartó la mirada en ningún momento de Charles, al que se veía claramente incómodo bajo su escrutinio.


—La has cagado pero bien esta vez, Charles —dijo Pedro con suavidad—. Has tocado lo que es mío.
Le has puesto las manos encima, le has hecho daño y la has asustado. E incluso la has amenazado.


Charles luchó contra su evidente pánico y luego se encogió de hombros con arrogancia.


—Es solamente otra puta más. ¿Qué te importa?


Pedro se lanzó contra él con furia y levantó el puño por encima de la cabeza. Le golpeó en la boca, lo que provocó que saliera disparado hacia atrás y se estampara contra la estantería que había tras su mesa.


La mano de Charles viajó hasta donde había recibido el golpe y cuando la separó vio que estaba manchada de sangre.


—¡Haré que te arresten por agresión! —gritó Charles encolerizado—. ¡No puedes entrar aquí y pegarme un puñetazo!


—Cabrón, maldito hijo de puta. Tienes suerte de que no te mate con mis propias manos —soltó Pedro echando humo—. Si vuelves siquiera a respirar el mismo aire que Paula, te arruinaré. Y cuando acabe contigo, no tendrás nada. Ni 
credibilidad, ni respaldo, ni contratos. Nada.


El miedo barrió todo color del rostro de Charles.


—¡Haré públicas las fotografías! —lo amenazó. Las palabras le salieron como si fuera un borracho incoherente.


Pedro se quedó quieto y los orificios nasales se le ensancharon.


—Hazlo, Charles. Hazlas públicas. Haré que te acusen por violación. Es precisamente lo que intentaste hacer con ella, y esas fotos lo prueban. No me importa una mierda lo que me pueda perjudicar a mí o a mi reputación. Pero no permitiré que tú, o quien sea, humille o le haga daño a Paula. Iré a por ti y te pasarás los próximos años en prisión siendo el juguetito sexual de tu compañero de celda. Si no me crees,
solo ponme a prueba, y verás.


Su voz estaba llena de amenaza. Y de convicción. Si Charles no lo tomaba en serio entonces era tonto. Pedro nunca había ido más en serio en toda su vida.


Charles empalideció y se dio cuenta de la gravedad del asunto. Pedro iba completamente en serio, y Charles lo sabía.


—Gastaré cada céntimo que tenga para asegurarme de que pierdas todo lo que tienes —continuó—. Y tengo muchos contactos. Me deben muchos favores y estoy más que dispuesto a cobrármelos ahora.


Charles parecía como si fuera desmayarse. Intentó moverse de la estantería donde había aterrizado antes, pero solo consiguió bambolearse y no pudo lograr reincorporarse.


—Lo siento —soltó de sopetón—. Estaba desesperado. Sabía que no me ibas a considerar siquiera después de lo que pasó. Necesito ese contrato, Pedro. Tengo que tenerlo.


Pedro le tendió una mano para ayudarlo a ponerse en pie. 


Charles lo miró, precavido, pero al final se la aceptó.


Tan pronto como Charles estuvo de pie otra vez, Pedro lo derribó de nuevo con otro puñetazo.


Simplemente le rompió la nariz. La sangre le salpicó por todo el rostro mientras yacía, aturdido, encima de la estantería.


—Eso es por ponerle las manos encima a Paula. Por dejarle esos moratones en la piel. Si alguna vez vuelves a acercarte a ella, no habrá lugar en este planeta en el que puedas esconderte. Te buscaré, y te destrozaré. Puedo hacerte desaparecer, Willis. Nadie nunca encontraría tu cuerpo.


Sabiendo que ya le había dejado claro su punto de vista, Pedro se dio media vuelta y abandonó la oficina. Charles, aunque estúpido, era lo suficientemente listo como para saber que iba completamente en serio. Si seguía adelante con cualquier amenaza que le hubiera hecho a Paula, lo destrozaría.


Pedro se metió en su coche y se dirigió a su apartamento. 


Estaba ansioso por volver con ella para así poder tranquilizarla y asegurarle que ya se había ocupado de todo.


Lo desconcertaba y lo conmovía el saber que no lo había traicionado. Que su primer instinto había sido acudir a él y pedirle su ayuda. Confiar en él para que solucionara el problema cuando ella misma se jugaba muchísimo.


Qué gran regalo tenía con Paula.


Todos sus pensamientos estaban dirigidos a ella mientras iba en el coche a través de la ciudad. Había muchas cosas que quería tratar con ella, cosas a las que no sabía cómo podría reaccionar.


Esta situación le había hecho darse cuenta de lo fácilmente que podrían ser descubiertos. ¿Merecía la pena mantener el engaño sabiendo cuáles podrían ser las posibles consecuencias?


Anteriormente, había coincidido totalmente con Paula sobre lo de mantenerlo en secreto, que Juan no supiera nada. Tenía sentido porque él sabía que, fuera cual fuese la relación que tendrían, no iba a durar mucho. Si Juan nunca se enteraba, no habría incomodidades ni momentos raros. No habría rabia. Podrían seguir como siempre habían estado, haciendo como que todo el tiempo que había pasado con Paula nunca había ocurrido.


Pero ahora…


Ahora Pedro se mostraba reacio a pensar que el acuerdo que tenían pudiera terminar. No estaba seguro de cuándo había empezado a verla con otros ojos y otra luz, como si fuera alguien de la que no tenía ninguna intención de alejarse. Al menos no tan pronto.


Tenían que contárselo a Juan y luego Pedro y Paula lidiarían con lo que sea que se les viniera encima.


Se le estaba volviendo muchísimo más difícil mantener las distancias en la oficina, pretender que Paula era una simple empleada, o simplemente la hermana pequeña de Juan, alguien a quien miraba con afecto.


No estaba seguro de cómo se sentiría Paula sobre lo de ir a contarle a Juan la verdad, o al menos una versión más simple de la verdad. Nadie tendría conocimiento nunca de su contrato. Era algo de lo que ahora se avergonzaba, el hecho de haber dependido de un maldito contrato y de vivir según los acuerdos estipulados antes de entrar en ninguna relación. ¿Pero ahora? Le parecía ridículo e inútil. Un producto de una reacción exagerada ante su pasado.


Más importante que eso, ahora mismo, era asegurarse de que tranquilizaba a Paula, y de que calmaba todos los miedos o preocupaciones que tuviera con respecto a las amenazas que Charles le había soltado.


Sus manos se morían por tocarla. Pedro quería tenerla pegada a él, que respirara el mismo aire que él.


Quería saborearla y sentir su piel.


En silencio, le urgió a su chófer que condujera más deprisa. 


Había estado alejado de Paula durante demasiado tiempo. 


Ella era su adicción, y ya estaba sufriendo de abstinencia.


Paula se preocupó e inquietó mientras esperaba que Pedro volviera a casa. Desvió la mirada hacia el reloj incontables veces; los minutos pasaban con una lentitud insoportable.


¿Qué es lo que había hecho? ¿Cómo podría siquiera pensar que podía hacerse cargo del asunto?


¿Había hecho lo correcto al decírselo?


Estaba cansada y le dolía muchísimo la cabeza. Ya había acudido al botiquín de Pedro para coger ibuprofeno, pero nada parecía aliviar el dolor que palpitaba en sus sienes y en la base de su cuello.


Entonces oyó pasos en la entrada, y ella se incorporó corriendo del sofá y se encontró con Pedro justo cuando este entraba en el salón.


Se lanzó a sus brazos y él la abrazó y pegó a su pecho mientras ella no hacía más que acurrucarse contra él. La impulsó hacia arriba y ella enrolló las piernas alrededor de su cintura y se agarró con fuerza a sus hombros.


Pedro le colocó las manos en el trasero para mantenerla bien arriba y la miró fijamente a los ojos.


—¿Estás bien? —le preguntó en voz baja. Ella asintió.


—Ahora que estás en casa, sí. He estado muy preocupada, Pedro.


Él la llevó hasta el sofá y se sentó con ella aún a horcajadas encima de él. Le dio un beso y luego le apartó el pelo que tenía en la frente.


—Todo está bien. Quiero que confíes en que será así. Charles no volverá a ser un problema para nosotros. Te lo prometo.


La preocupación se reflejó en sus ojos y ella frunció los labios.


—¿Qué has hecho?


—Él y yo solamente hemos llegado a un entendimiento mutuo —dijo Pedro con bastante calma —. Se acabó, Paula. No te volverá a molestar.


Fue entonces cuando ella bajó la mirada hacia su mano, hacia el rasguño que tenía en los nudillos y la piel ligeramente enrojecida, como si se hubiera limpiado la sangre pero no lo hubiera hecho por completo. Paula volvió a mirarlo a los ojos con el ceño fruncido.


—¿Qué has hecho, Pedro?


—Te puso las manos encima —dijo, cortante—. Con esa ya es la segunda vez que lo ha hecho con la intención de hacerte daño.


—Si presenta cargos contra ti, te arrestarán —le dijo con tristeza—. Y entonces todo saldrá a la luz. No merece la pena que te metan en la cárcel por él.


Un pequeño gruñido se hizo eco en su garganta.


—Por ti todo merece la pena. Moriría por ti. Y por supuesto que iría a la cárcel para evitar que un gilipollas te haga daño.


Impresionada como estaba por sus vehementes palabras, 


Paula solo pudo quedársele mirando con total confusión. La esperanza que se apoderó de ella fue intensa y abrumadora, le llegó directamente al corazón e inundó sus venas de una calidez completamente reconfortante. Las lágrimas emborronaron su visión y amenazaron con caer por sus mejillas.


Levantó la mano herida de Pedro y depositó un beso en sus nudillos.


Él suavizó su mirada, le rodeó la mejilla con la mano y la acarició suavemente por encima del mentón.


—Hay algo más que quiero tratar contigo, Paula.


Ella podía sentir el cambio en su voz. Estaba un poco más inseguro, y, aun así, las palabras sonaron igualmente firmes y llenas de determinación.


—¿Qué?


—Creo que deberíamos contarle a Juan lo nuestro.


Paula abrió los ojos como platos por la impresión.


—No tiene por qué saber detalles exactos. Pero corremos el riesgo de que nos descubran todo el tiempo. Estoy cansado de pretender que no significas nada para mí. Tú vives asustada porque llegue a descubrirlo y por lo que pueda pasar con nuestra amistad o con tu relación con él. Si quitamos ese miedo de en medio, entonces ya no tendrá poder sobre nosotros. Juan podrá enfadarse al principio, pero lo superará.


Paula soltó el aire que había cogido de forma irregular. Esto era… bueno, era algo enorme. ¿Pedro quería hacer pública su relación? No se atrevía siquiera a pensar en lo que eso significaba. No se podía permitir leer nada entre líneas, asumir que era algo más que simplemente eliminar una fuente considerable de preocupación mientras buscaban mantener su relación en secreto.


—¿Paula? ¿Estás de acuerdo?


Ella parpadeó y volvió a enfocar la visión en Pedro. Vio la determinación grabada en su rostro, así que, lentamente, asintió.


—¿Cuándo? —le susurró.


—Cuando vuelva a la ciudad. Se supone que debe estar de vuelta el lunes o el martes. Le diré que tengo algo importante que discutir con él.


—De acuerdo —aceptó mientras el pulso se le aceleraba.


—Ahora, tras habernos quitado todo eso de encima, y con el asunto de Charles ya solucionado… — dijo Pedro.


Le tocó el rostro y luego hundió la mano en su pelo para acariciarla con dulzura.


—Quiero que pasemos el fin de semana juntos sin preocuparnos por nada más que lo que nos plazca.
Pediré la cena, y tendremos una bonita velada junto al fuego y veremos la lluvia volverse nieve o aguanieve.


Paula suspiró y se inclinó hacia delante para rodearle el cuello con los brazos.


—Eso suena genial, Pedro. Es el fin de semana perfecto.





CAPITULO 36 (PRIMERA PARTE)




Paula se puso la chaqueta encima de la camisa mientras se preparaba para salir del apartamento de Pedro. Este no se iba a poner muy contento cuando la viera entrar en la oficina. 


Se había ido esa mañana y le había dejado claras instrucciones de que se quedara en casa, en la cama, y descansara.


Pedro pensaba que se estaba enfermando, que el día anterior solo había sido el preludio de un resfriado o de un virus estomacal.


Paula se había pasado la mayor parte del día atontada por el miedo y la impresión. Se había asustado tanto que no había podido siquiera pensar en cuál sería la mejor decisión, y el tiempo seguía corriendo.


Era viernes y Charles esperaba que le soplara la información para el fin de semana.


Tenía el estómago hecho un nudo. Estaba de los nervios mientras bajaba para montarse en el coche que la llevaría a la oficina de Pedro. Su oficina.


Había sopesado todas sus opciones y la única que le servía era ir hasta Pedro, decirle toda la verdad, y esperar a que él se pudiera ocupar del asunto. Traicionarlo no era una opción. No tenía ni idea del futuro que ambos tenían juntos, pero ya iba siendo hora de que se encargaran ellos mismos de la situación y se lo contaran a Juan. De esa forma Charles perdería todo el poder que tuviera.


La noche anterior se había dejado la parte superior del pijama puesta incluso tras meterse en la cama con Pedro con la excusa de que tenía frío. En realidad, no había querido que Pedro viera los moratones que tenía en el brazo de cuando Charles la había agarrado. Pedro se habría percatado de ello con toda seguridad, y ella habría tenido que darle una explicación antes de haber tenido tiempo para organizar su propia cabeza y de haber tomado finalmente una decisión.


Paula se acarició el brazo por encima de la chaqueta de cuero, y se mordió el labio de forma pensativa mientras el coche se desplazaba entre el tráfico de mediodía.


Aún hacía un frío intenso, pero no había nevado. Ni siquiera aguanieve. Pero hacía frío, el cielo estaba gris y repleto de nubes y además parecía estar preparado para comenzar a llover en cualquier momento.


Cuando el chófer se paró frente al edificio, Paula se bajó y se apresuró a llegar a la puerta de la entrada para no empaparse de nuevo. Entró en el ascensor, y a cada planta que iba subiendo la ansiedad parecía apoderarse de ella con más intensidad.


Eleanora pareció sorprenderse cuando Paula entró en el área de recepción.


—Paula, el señor Alfonso me informó de que estabas enferma esta mañana. ¿Te sientes mejor?


Paula sonrió lánguidamente.


—Un poco, sí. ¿Está Pedro en la oficina?


Eleanora asintió.


—Procura que nadie nos moleste hasta que él te avise —dijo Paula con voz queda—. Tenemos un asunto importante que discutir.


—Por supuesto —contestó Eleanora—. Decidme si necesitáis que os pida el almuerzo y me ocuparé de ello.


Paula ignoró eso último y se encaminó hacia la oficina de Pedro con el miedo intensificándosele a cada paso que daba. La enfermaba tener que decirle las imágenes que había visto. El material con el que Charles la había amenazado. Paula no quería tener que discutir de nuevo lo que ocurrió en París. Ella y Pedro ya habían pasado página.


Cuando abrió la puerta del despacho, él levantó la mirada y frunció el ceño. Cuando vio que era ella, se levantó de inmediato de la mesa e hizo una mueca con los labios.


—¿Paula? ¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¿Estás bien? Deberías estar en casa en la cama.


Él le puso las manos en los hombros y la estrechó contra su pecho, luego bajó la mirada hasta su rostro para examinarla y buscarle algún signo de enfermedad en las facciones.


—Hay algo que tengo que decirte, Pedro —le dijo, vacilante—. Es sobre ayer… y lo que pasó de verdad.


Pedro se separó de Paula para poder mirarla a la cara y ver su expresión, el pulso se le aceleró cuando vio el miedo y el temor en sus ojos. Se la veía… mal. Y ella nunca estaba mal. Sin embargo, esta mañana su apariencia era como si no hubiera dormido nada la noche anterior. La había visto cansada y frágil.


Se acordó de que el día anterior había pensado que parecía como si Paula hubiera estado llorando. Y ahora estaba aquí sugiriéndole que no le había dicho algo —algo gordo— de lo que había pasado ayer.


—Ven y siéntate —le dijo con un nudo en la garganta.


Mientras la intentó guiar con gentileza hacia el sofá que se encontraba en la otra punta de la habitación, ella negó con la cabeza y se soltó de su agarre.


—No me puedo sentar, Pedro. Estoy demasiado nerviosa. Solo necesito contarte esto y rezar para que no estés enfadado… conmigo.


Ahora sí que se estaba empezando a preocupar. Por el amor de Dios, no podía encajar todas las piezas. El día anterior todo había transcurrido con aparente normalidad. Hasta el almuerzo, cuando se fue a por algo para comer. Cuando regresó, estaba empapada hasta los huesos y casi como en estado de conmoción.


Frunció el ceño más aún mientras ella le devolvía una mirada que rebosaba vulnerabilidad. Estaba asustada. Lo ponía enfermo que estuviera tan claramente asustada de él, o al menos de la reacción que pudiera tener a lo que iba a decirle.


En un esfuerzo para aliviar su tangible miedo y nerviosismo, Pedro deslizó las manos por las mangas de su chaqueta y le dio un suave apretón. Ella se encogió de dolor y de inmediato apartó el brazo para llevarse la otra mano justo al lugar donde la había agarrado.


¿Qué narices estaba pasando aquí?


—Quítate la chaqueta, Paula —le dijo con un tono de voz firme.


Ella vaciló mientras la respiración seguía saliendo a través de sus labios. Las lágrimas se le comenzaron a formar en los ojos, y eso lo dejó atónito.


Sin querer esperar ni un minuto más, Pedro le bajó la chaqueta de los hombros y le sostuvo los brazos para poder deslizarle la prenda. Ella no quería cruzar la mirada con la de él durante todo el proceso. Tan pronto como le había quitado la chaqueta, Pedro examinó el antebrazo por el que se había encogido de dolor cuando la había tocado.


El aire salió de sus pulmones con una gran exhalación cuando vio los moratones que cubrían la parte superior de su brazo. Pedro fue a mover los dedos para tocarle aquella zona, pero se contuvo ya que no quería hacerle daño.


La cogió de la otra mano y la condujo hasta la ventana, donde la luz era mejor y podía ver las marcas con más claridad.


—¿Qué narices ha pasado aquí, Paula? —le exigió.


Le recorrió la piel amoratada con las puntas de los dedos, y entonces la vena de la sien le comenzó a latir con fuerza cuando vio que los cardenales se asimilaban bastante a la forma de los dedos. Como si alguien la hubiera agarrado con brusquedad y no la hubiera soltado. Y eran manos y dedos grandes. Las manos de un hombre.


Una lágrima descendió por su mejilla y Paula intentó rápidamente secársela con la mano que tenía libre. El miedo lo atenazó. ¿Qué le había pasado? Un nudo se le formó en la boca del estómago y el pánico le atravesó las entrañas.


—¿Quién te ha hecho esto?


Su tono de voz era bajo y amenazador. Pedro parecía agarrarse al último ápice de control que le quedaba. Quería encontrar al hijo de puta que le había puesto las manos encima a Paula y matar al cabrón.


—Charles Willis —dijo Paula apenas en un susurro.


—¿Qué?


Ella se encogió al oír la explosión de su voz. Entonces levantó la mano y la puso sobre su pecho.


Estaba vibrando de la furia y ella lo sabía. Su mirada lacrimosa se encontró con la de él y solo consiguió ver súplica en sus ojos.


—Ayer cuando fui a por el almuerzo, me asaltó en la calle. Cuando ya volvía, y no lejos de la entrada del edificio. Dijo que quería que le diera información sobre las ofertas de construcción que recibiste para el hotel en París. Dijo que su única oportunidad era superar a sus competidores por la cantidad suficiente para que no tuvieras más remedio que irte con él a pesar de los recelos que pudieras tenerle.


Un mal presentimiento comenzó a apoderarse de Pedro.


—¿Le diste esa información? —le preguntó. ¿Era por esa razón por la que estaba tan molesta y convencida de que se iba a enfadar con ella?


—¡No! —contestó Paula, la vehemencia con la que lo hizo no dio lugar a dudas. Se la veía devastada por que le hubiera preguntado tal cosa.


—¿Esa es la razón por la que te ha dejado marcada con todos esos moratones? —exigió Pedro—. Lo voy a matar por esto.


—Hay más —siguió Paula casi sin respiración.


La joven se dio la vuelta y comenzó a sacudir los hombros mientras se rodeaba de forma protectora el cuerpo con los brazos.


—Oh, Dios, Pedro. Me amenazó. Me enseñó… unas fotografías.


— ¿Fotografías de qué?


Paula volvió a girarse, su rostro era una máscara de angustia.


—De nosotros —soltó de forma estrangulada—. De esa noche. Fotografías donde estaba atada y arrodillada contigo en mi boca.


Ella se sacudió de los pies a la cabeza. Las manos le temblaban tanto que parecía que iba a darle un colapso.


—Y luego había otra foto donde estaba en la mesa con él mientras estaba intentando meterse dentro de mi boca.


—¡Maldito hijo de la gran puta!


Su respuesta fue explosiva y llena de ira. Paula se encogió y retrocedió, y se volvió a abrazar así misma.


—Dijo que si no le daba la información que quería, las haría públicas. Que se lo contaría todo a Juan. Que te arruinaría —soltó entre balbuceos.


Pedro se había quedado estupefacto. No podía siquiera articular palabra, aunque un montón de ellas se le estaban amontonando en la punta de la lengua. Estaba tan enfadado que no podía siquiera pensar con lógica. Levantó una mano y se la llevó al pelo y luego a la cara mientras intentaba procesar la amenaza.


Paula se acercó entonces con una expresión en el rostro llena de súplica y seriedad.


—Te lo tenía que decir, Pedro. Tenía que venir a ti para esto. No podía, ni quiero traicionarte. Pero tiene fotografías muy comprometedoras… Dios, ¡y vaya fotos! Está enfadado y desesperado. Me dio hasta finales de esta semana para llamarlo y darle lo que quería.


Pedro dejó caer la mano mientras la miraba con completa perplejidad. No lo había traicionado. Había venido a él con ojos suplicantes para que él lo arreglara. Dios, Paula confiaba en él, incluso tras lo que le había hecho en París. Él era el culpable aquí. Por su maldita culpa ese cabrón tenía fotografías hirientes e ilícitas de ella en una posición en la que Pedro nunca debería haberla puesto.


El corazón estaba a punto de salírsele del pecho. Cualquier otra persona no se lo habría pensado dos veces y lo habría traicionado. Incluso él mismo no podría haberla culpado si le hubiera revelado la información en un intento de protegerse a sí misma. Pero no lo había hecho. Había acudido a él y se lo había contado todo aunque eso le conllevara un enorme riesgo.


Pedro no podía terminar de asimilarlo todo. Se quedó ahí, mirándola, sin poder respirar, sin ser capaz de procesar la enormidad de su decisión.


Paula lo había elegido a él por encima del deshonor y de la humillación. Lo había elegido a él por encima de Juan, de su hermano.


Dios, había perdonado lo imperdonable, y, en vez de estar herida y enfadada cuando se enfrentó a las fotografías que mostraban, al detalle, lo que Pedro había permitido que le pasara, había elegido no traicionarlo. Había acudido a él, había confiado en él para que se hiciera cargo del asunto. 


¡Para que la protegiera!


Tal confianza en él lo dejó desconcertado. Pedro estaba acostumbrado a que la gente lo traicionara. Él era el que esperaba eso de la gran mayoría. 


Y no podría haberla culpado si hubiera hecho todo lo
necesario para protegerse a sí misma.


Pero Paula no había hecho ninguna de las cosas que se podría haber imaginado, y, en cambio, había acudido a él. 


Estando herida, asustada y confusa, había acudido a él, cuando Pedro no se merecía ni una pizca de esa confianza.


Sin poder mantenerle esa mirada llena de inseguridad y miedo ni un segundo más, Pedro la estrechó contra él con brusquedad y la abrazó con tanta fuerza que dudaba de que ella pudiera siquiera respirar.


Escondió el rostro en su cabello y cerró los ojos mientras inhalaba su aroma y absorbía la sensación de tenerla pegada contra la piel.


Paula estaba tatuada en cada centímetro de su cuerpo. Y más aún, en su corazón. En su alma. Era una marca permanente de la que nunca se desharía.


—Paula. Mi dulce y encantadora Paula —le susurró—. Te he defraudado por completo y, aun así, has seguido teniendo la suficiente confianza como para venir a mí para esto.


Ella se separó de él y puso una odiosa distancia entre ambos. Sus ojos estaban inundados de miedo y dolor. No le extrañaba que hubiera estado conmocionada el día anterior. Ese cabrón no solo le había puesto las manos encima sino que la había aterrorizado y humillado.


—No podía traicionarte —dijo Paula con voz ahogada—. Dios, Pedro, estoy inmersa en una situación en la que pierdo, sí o sí. ¿Lo entiendes? Si le daba a Charles lo que quería, tú habrías cortado conmigo con la misma precisión con que un cirujano cortaría armado con un bisturí en la mano. Si no le doy lo que quiere, nos humillará a ambos. Juan se enterará, y eso no solo afectará a vuestra amistad, sino que podría arruinar también vuestra asociación en la empresa. Sin mencionar las cosas que se dirían de ti. De la
forma en que se te ve en esas fotografías.


Paula ahogó las palabras cuando un sollozo amenazó con salir de su garganta. Entonces tragó saliva en un intento claro de serenarse.


—Parece como si me estuvieras forzando. Como si tú fueras el que estuviera haciendo eso tan horrible. Esas fotos son tan incriminatorias.


Una reafirmada determinación le gritaba dentro de la cabeza y le gruñía como un tren de carga que había descarrilado. 


Pero Paula necesitaba calmarse. Necesitaba que él la tranquilizara. Lo necesitaba a él.


Paula había confiado en él más que cualquier otra persona. 


Había depositado en él una fe incondicional, por lo que por nada del mundo iba a defraudarla ahora.


—Me ocuparé de ello —le dijo en voz baja—. No quiero que te preocupes. Quiero que te lo saques de la cabeza.


El alivio se apoderó de sus ojos. Había esperanza en su mirada a pesar de tener surcos húmedos que le recorrían las mejillas. Pedro levantó una mano y, con cariño, le limpió parte de esa humedad. Luego la estrechó contra sí y estampó la boca en la de ella.


La besó e inhaló su dulce aroma, y luego lo saboreó en su lengua. Dejó un camino de besos por donde sus lágrimas habían caído primero, presionando los labios contra sus párpados, luego contra sus mejillas y finalmente contra sus labios otra vez.


Cuando Pedro se separó, un sollozo salió de su garganta. 


Era como si Paula no pudiera mantener la compostura ni un segundo más. Las lágrimas inundaron sus ojos, y los hombros se le hundieron. Le destrozó el corazón verla llorar como si el suyo se le estuviera haciendo pedacitos.


—Paula, cariño, te lo suplico, por favor, no llores, cielo —le dijo mientras alargaba las manos hacia ella.


Esta vez no le dio elección. Pedro se la llevó al sofá y la sentó en su regazo para abrazarla y que llorara contra su pecho.


Ella se agarró a él con fiereza. Le rodeó los hombros con los brazos y escondió el rostro en el hueco de su cuello.


—Estoy tan asustada, Pedro —le dijo con voz entrecortada—. No quiero que mis actos hagan sufrir a la gente por la que me preocupo. Tú, Juan. Los dos podéis salir muy mal parados.


—Shh, cariño. No es tu culpa. Maldita sea, es mi maldita culpa. Fui un estúpido y un descuidado y no te protegí como debería haberlo hecho. Nada de esto habría ocurrido si yo no hubiera sido un imbécil.


—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Paula con dolor.


Tenía el rostro enrojecido y los ojos hinchados por las lágrimas. Se la veía pálida y parecía enferma.


Cualquiera que la viera ahora pensaría que se había quedado seca de tanto llorar. Él le pegó la cabeza contra el pecho y le acarició el pelo con suavidad.


—No quiero que te preocupes por eso —murmuró—. Me haré cargo de ello. Tienes mi palabra.


Deslizó una mano por su brazo y le pasó los dedos por encima de los moratones que ese cabrón le había provocado. La furia lo estaba volviendo loco. Con esta ya era la segunda vez que Charles la había asustado y había intentado hacerle daño. Iba a coger al hijo de puta ese y lo iba a arruinar para toda su vida. Pedro le dio un beso en el pelo y, con cuidado, la puso derecha para que pudiera mirarla a los ojos.


—Escúchame, ¿de acuerdo? Refréscate en el baño. Tómate todo el tiempo que necesites. No quiero que nadie te vea así. Provocaría un montón de preguntas y no quiero que nadie te vea así de afectada. Cuando estés preparada, quiero que vuelvas a mi apartamento y te quedes allí hasta que yo llegue.


El miedo y la preocupación se reflejaron en sus ojos.


—¿Adónde vas a ir?


Él le puso un dedo sobre los labios, deleitándose en su tacto tan suave y aterciopelado. Delineó el arco de su boca y luego le dio un pequeño beso.


—Me voy a asegurar de que Charles Willis nunca te vuelva a amenazar.