sábado, 16 de enero de 2016
CAPITULO 2 (SEGUNDA PARTE)
Paula Chaves se frotó las palmas de las manos en los desgastados pantalones y cerró los ojos por un breve instante, mientras se balanceaba delante del barreño que contenía todos los platos y vasos vacíos que había recogido del salón de fiestas.
Estaba cansada. Muy cansada. Y hambrienta. La mejor parte de este curro —además de que pagaban en efectivo— era la comida. Tenía permiso para llevarse las sobras, y a juzgar por la cantidad de comida que salía y entraba de este lugar, iba a sobrar muchísima.
La gente rica siempre hacía las cosas en exceso. El reducido número de invitados no justificaba en lo más mínimo la cantidad de comida y bebidas alcohólicas que se estaban sirviendo. Paula se encogió de hombros mentalmente. Al menos conseguiría comer decentemente aunque todo fuera
demasiado extravagante para su paladar.
Habría suficiente para Jeronimo también.
Una ola de tristeza la arrolló y, a continuación, un sentimiento de culpa. No tenía derecho a sentirse así porque Jeronimo hubiera vuelto. Él era así. Desaparecía durante días y luego reaparecía, normalmente cuando necesitaba un lugar en el que pasar la noche, una cara conocida. Comida.
Dinero… especialmente dinero.
El pecho se le encogió porque sabía lo que hacía con el dinero que pedía aunque odiara hacerlo.
Jeronimo nunca la miraba a los ojos, sino que bajaba la mirada y le decía: «Pau… Tengo esto. Necesito…». Y eso era todo lo que decía. Ella le daba el dinero porque no podía hacer otra cosa. Pero odiaba la forma en que pronunciaba «Pau». Odiaba ese apelativo, aunque una vez lo hubiera adorado porque se lo había puesto una persona que se preocupaba por ella.
Jeronimo. La única persona en el mundo que había intentado protegerla de cualquier cosa. La única persona a la que le había importado.
Su hermano. No de sangre, pero sí para lo que realmente contaba. Era suyo al igual que ella era de él. ¿Cómo podría darle la espalda?
No podía. Y no lo haría.
Se oyó un ruido tras la puerta de al lado, la que llevaba al callejón donde se sacaba la basura.
Levantó la mirada y vio a Jeronimo apoyado contra el marco y la cabeza echada hacia atrás para controlar el callejón. Ese era Jeronimo. Siempre con un ojo en la salida. Nunca se metía en ningún sitio sin precaución o una ruta de escape planeada.
—Pau —le dijo en voz baja.
Ella se encogió, sabía por qué había venido. Sin decir nada se metió la mano en el bolsillo del pantalón y cogió los billetes arrugados que había guardado allí. La mitad por adelantado. La mitad de lo que cobraría por trabajar esa noche. Jeronimo se quedaría esa mitad, y con la otra Paula tendría que salir adelante hasta que encontrara otro curro, que no sabía cuándo iba a ser.
Apresurándose hasta donde él se encontraba, Paula le puso los billetes en la mano y observó incómoda cómo su mirada se desplazaba lateralmente para no tener contacto visual directo con ella mientras se metía el dinero en los rasgados y rotos vaqueros. Su postura era incómoda. Sabía que Jeronimo odiaba esto. Ella también lo odiaba.
—Gracias —susurró—. ¿Estás bien? ¿Tienes dónde dormir esta noche?
No, no lo tenía pero no se lo iba a decir. Así que mintió.
—Sí.
Parte de su tensión se esfumó y asintió.
—Bien. Estoy en ello, Pau. Tendré un lugar para los dos pronto.
Ella sacudió la cabeza en señal de negación. Sabía que eso era lo que siempre decía, y también sabía que era una patraña.
Jeronimo se inclinó hacia delante y la besó en la frente.
Durante un momento, ella cerró los ojos y se imaginó en otras circunstancias muy diferentes. Pero era inútil. La situación era la que era y desear que fuera otra era como caminar en el viento.
—Estaré pendiente de ti —le dijo.
Ella asintió. Y luego, cuando él empezó a mezclarse con las sombras del callejón, alzó la mirada y le dijo:
—Ten cuidado, Jeronimo. Por favor.
Su sonrisa era tan sombría como la noche.
—Siempre, nena.
Paula lo observó marcharse mientras el nudo que sentía en la garganta se hacía cada vez más grande. Maldita sea. La rabia estaba ahí pero también sabía que era una emoción que no servía para nada. Cerró y abrió las manos repetidamente a ambos lados de su cuerpo mientras el desasosiego la invadía. La necesidad, el ansia. Luchó contra eso pero era una dura batalla. Una victoria que no estaba
del todo fraguada. No había pensado en las pastillas en bastante tiempo, pero esta noche la necesidad estaba ahí, hambrienta y llena de dolor emocional.
La necesidad de olvidar. Ese pequeño espacio de tiempo en el que todo parecía mejor y resultaba más fácil lidiar con la realidad. Una tregua en la que las cosas podían ir mejor aunque solo fuera por unas pocas horas.
No podía volver a lo de antes. Había luchado muchísimo para salir de aquello y lo había perdido todo en el proceso.
Algunos dirían que eso le daba más razón todavía para dejarse envolver lentamente en su oscuro pasado. Pero tenía que ser fuerte. Ella ya no era esa persona.
—¿Tu novio?
La pregunta tan seca la asustó y el corazón le dio un vuelco.
Se dio la vuelta y se encontró con un hombre que se hallaba de pie al otro lado de la cocina, con la mirada fija en ella.
Se trataba de uno de esos ricachones. Un invitado de la fiesta. Más que un invitado, ya que Paula lo había visto muy pegado a la pareja que celebraba su compromiso. Y Dios, el hombre era guapísimo. Refinado. De modales perfectos.
Como si hubiera salido directamente de una revista que
únicamente se dedicara a todo lo bonito y rebosante de dinero. Un mundo al que no pertenecía ni en sus mejores sueños.
Él metió las manos en los bolsillos de sus caros pantalones y continuó escrutándola con una pose indolente y arrogante.
Sus ojos verdes se posaron sobre ella como si la estuviera juzgando, casi como si estuviera valorando si considerarla digna o no. Pero ¿de qué? ¿De su atención? Era un pensamiento ridículo.
Tenía el cabello rubio. Y ella nunca se había sentido muy atraída por los hombres rubios, pero el pelo de este hombre no era simplemente rubio. Tenía por lo menos cuatro tonalidades diferentes que iban del castaño claro al color del trigo y a todos los tonos intermedios. Era tan guapo que dolía mirarlo.
—¿Me vas a responder? —le preguntó amablemente.
En silencio, ella negó con la cabeza y, para su sorpresa, él se rio.
—¿Eso qué quiere decir? ¿Que no me vas a responder? ¿O que no es tu novio?
—No es mi novio —susurró.
—Menos mal —murmuró él.
Paula parpadeó con gran sorpresa y luego entrecerró los ojos mientras él se acercaba.
Rápidamente se movió hacia un lado para que no la atrapara contra la puerta. No se podía ir, así que huir no era una opción. Necesitaba muchísimo cobrar la segunda mitad de su paga y quería la comida.
Pero él se volvió a acercar a ella igual de rápido que antes, invadiendo su espacio hasta que los latidos de su corazón se aceleraron erráticos y comenzó a mirar la puerta que daba al callejón. De repente ya no le importaba si cobraba o no.
—¿Cómo te llamas?
Ella levantó la mirada hacia él.
—¿Acaso importa?
Él se paró por un momento, ladeó la cabeza hacia un lado y luego dijo:
—Sí, importa.
—¿Por qué? —susurró la joven.
—Porque no tenemos la costumbre de follarnos a mujeres que no sabemos cómo se llaman —dijo abruptamente.
¡Hala! Esa afirmación era tan incorrecta que no sabía siquiera por dónde empezar. Levantó la mano automáticamente como defensa antes de que pudiera acercarse ni un milímetro más.
—¿Tenemos? —exigió—. ¿En plural? ¿De qué estás hablando? ¿A quién te refieres? Y yo no me voy a follar a nadie. Ni a ti. Ni a vosotros. Ni a ellos. Ni de coña.
—Pedro te desea.
—¿Quién diablos es Pedro?
—Y yo he decidido que te deseo.
Ella apenas pudo contener un gruñido de rabia. Apenas.
Rechinó los dientes y luego decidió pasar al ataque.
—No voy a consentir acoso sexual en el trabajo. Voy a rellenar una hoja de reclamaciones y luego me piro de aquí.
Para su sorpresa, él se limitó a sonreír y luego levantó la mano para tocarle la mejilla.
—Baja esos humos, cielo. No te estoy acosando. Te estoy haciendo una proposición. Hay una gran diferencia.
—Quizás en tu pueblo —señaló Paula.
Él se encogió de hombros como si particularmente no le importara que estuviera de acuerdo o no.
—¿Quién narices es Pedro? —repitió—. ¿Y quién eres tú? No se le hace una proposición a una mujer sin darle antes el nombre. ¿Y tú tienes problemas con no saber el nombre de la mujer que quieres llevarte a la cama? ¿Qué pasa contigo? Ni siquiera te has presentado.
Él se rio otra vez. El sonido de su risa era como música para sus oídos, la hacía sentirse bien y querer escucharlo para siempre. Era una risa despreocupada, y ella se sintió ofendida. Estaba tan celosa que quería quemarse de la envidia. Este era un hombre sin problemas. No tenía preocupaciones, excepto el saber con quién se iría a la cama después.
—Me llamo Alejandro. Y Pedro es mi mejor amigo.
—Yo soy Paula —dijo de mala gana. Luego entrecerró los ojos—. ¿Y ambos me deseáis?
Él asintió.
—Sí. No es tan raro. Nosotros compartimos a las mujeres. Mucho. Hacemos tríos. ¿Alguna vez has hecho uno? Porque si no, te garantizo que haremos de ello una experiencia que no olvidarás.
Las fosas nasales se le abrieron.
—Sí, he hecho tríos. No es nada extraordinario.
Algo brilló en los ojos de Alejandro. Paula podía decir que lo había sorprendido. Él debería esperar que se la devolvieran cuando hacía proposiciones tan escandalosas como esta.
—Entonces a lo mejor te estás tirando a los hombres equivocados.
Ella abrió los ojos como platos ante la afirmación porque, ¿qué podía decir en respuesta? No había duda de que había tenido la costumbre de tirarse a los hombres equivocados.
No era ningún secreto.
—Alejandro.
El sonido sonó explosivo en esa zona cerrada de la cocina.
Paula volvió la cabeza y se encontró a otro hombre en la puerta arrancándole la piel a tiras a Alejandro con una mirada oscura y pensativa. Alejandro no parecía extremadamente molesto al darse cuenta de que el hombre estaba obviamente cabreado. Paula sí lo estaba.
Este tío era el que ella había sorprendido mirándola cuando había salido a la terraza a recoger los platos y cubiertos de las mesas. Dos veces. Había sentido su mirada sobre su cuerpo. Quemándole la piel hasta que le recorrieron escalofríos de la intensidad. Si Alejandro resultaba más ligero, despreocupado, y con aires de ser un buen partido del tipo «soy rico, lo sé y no voy a hacer nada más que lo que me dé la gana», este hombre parecía… totalmente lo opuesto a Alejandro.
Intenso no era la palabra correcta. No se acercaba siquiera a describirlo. Parecía más un canalla, y ella conocía muy bien a los tipos como él. Tenía muchísima experiencia con hombres de la calle y en la misma calle, y tuvo el repentino pensamiento de que prefería lidiar con los diablos que ella conocía antes que con este hombre que la estaba atravesando con la mirada.
Tenía los ojos negros y el pelo oscuro. Un cabello realmente genial. Desordenado y rebelde, y era casi largo. Un mechón le caía por la frente y ella se lo imaginó apartándoselo con impaciencia sin importarle si se despeinaba más o no. Le caía por el cuello, y eso le daba una apariencia salvaje y
desenfrenada que probablemente hacía que las mujeres quisieran intentar domarlo. Tenía la piel bronceada, pero no era ese bronceado falso que los atractivos chicos metrosexuales iban buscando.
Tenía una robustez firme a pesar de que toda su apariencia gritara riqueza y refinamiento tal y como lo hacía Alejandro. Pero era un tipo de refinamiento diferente.
Si Alejandro llevaba la riqueza como una segunda piel, como si siempre la hubiera tenido, este otro tío parecía como si la hubiera acumulado tarde y aún no estuviera tan cómodo con ella como Alejandro.
Era una valoración ridícula, pero era lo que le transmitía. Ese hombre tenía algo peligroso. Algo que la hacía estar atenta y no bajar la guardia.
—Pedro. —Alejandro se dirigió a él amablemente—. Te presento a Paula.
Oh, mierda. Mierda. Mierda. Mierda.
¿Este era el tío del trío? ¿El mejor amigo de Alejandro? ¿El hombre que formaba el tercer vértice en la escandalosa proposición que Alejandro le acababa de hacer?
Los labios de Pedro se tensaron y comenzó a acercarse.
Paula instintivamente dio un paso atrás.
—La estás asustando —dijo Alejandro a modo de reprimenda.
Para sorpresa de Paula, Pedro suavizó las facciones de su rostro pero aun así siguió atravesándolo con la mirada. Al menos no era a ella.
—Te dije que no lo hicieras —dijo Pedro con un tono de voz bajo y cabreado.
—Sí, bueno, pero no te escuché.
Paula estaba completamente confundida. Pero entonces Pedro se volvió hacia ella y hubo algo en su mirada que hizo que se le cortara la respiración.
No era la simple mirada que un hombre le dirigía a una mujer a la que solo se quería tirar. Era algo diferente a lo que no podía ponerle nombre. Y bueno, la había estado observando toda la noche. Lo sabía porque ella lo había estado observando también.
—Lo siento —comenzó Pedro.
—¿La oferta incluye la cena? —soltó ella de repente.
Paula se avergonzó por un instante, pero también supo por esa mirada que no quería que se fuera. No esta noche.
Esta noche quería pasarla en el sol. Donde el tiempo era cálido y las cosas malas no pasaban. Quería una noche para olvidarse de su vida, de Jeronimo y de todos los problemas que venían con ambos.
Este hombre le podía dar eso. Estaba completamente segura de ello. Y si venía con Alejandro, pues tendría que aceptarlo también.
No quería salir de este hotel y encontrarse con el frío y con lo que le esperaba fuera.
—¿Qué?
Pedro se la quedó mirando como si le hubieran crecido dos cabezas. Arqueó las cejas y la mirada se volvió mucho más penetrante, como si la estuviera desnudando de dentro afuera.
Ella hizo un gesto hacia Alejandro.
—Él dijo que queríais hacer un trío. Y yo pregunto si la oferta incluye cena.
—Bueno, sí —dijo Alejandro con un tono que dejaba entrever que había sido insultado.
—Entonces, de acuerdo —dijo antes de que cambiara de opinión.
Sabía que era una estupidez. Sabía que era una de las cosas más estúpidas que había hecho nunca, pero no iba a retroceder.
—Tengo que terminar aquí primero —dijo mientras Pedro se quedaba ahí, en silencio, taciturno, y
sin apartar la mirada de ella ni una sola vez. No miró a Alejandro, ni a cualquier otra cosa. Mantuvo la mirada fija en ella.
—No —intercedió Alejandro—. Puedes irte cuando quieras.
Ella sacudió la cabeza.
—Cobraré la segunda mitad de la paga cuando termine. Así que tengo que quedarme.
—La fiesta está a punto de acabar. Gabriel no se va a quedar en esa maldita pista de baile cuando lo que de verdad quiere es a Melisa en casa y en su cama —continuó Alejandro—. Yo cubriré tu segunda parte de la paga.
Paula se enfrió y dio un paso atrás, el hielo pareció formársele en el rostro. Entonces sacudió la cabeza.
—He cambiado de idea.
—¿Qué narices dices? —exigió Alejandro.
Y aun así, Pedro se quedó ahí, en silencio y tan imponente, observándola todo el tiempo. Era perturbador. De repente, esa puerta que daba a la calle tenía mejor pinta que lo que le esperaba dentro.
—No estoy en venta —dijo en voz baja—. Sé que he pedido cenar. No debería haberlo hecho. Estabais pidiendo sexo. Pero no voy a cobrar por ello.
El dolor se adueñó de ella lentamente. Los recuerdos lejanos que no desaparecían. Las elecciones.
Las consecuencias. Todo ello se unía y mezclaba hasta convertirse en una oscuridad turbia e impenetrable que la rodeaba. Un día. Un día en el sol. Pero el sol no era para ella. Nunca lo había sido.
Una maldición murmurada en voz baja salió de los labios de Pedro. El primer sonido que había hecho después de una eternidad. Y entonces tensó la boca.
Estaba enfadado.
Su mirada se dirigió hacia donde estaba Alejandro y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba enfadado con él. Muy enfadado.
—Te dije que no lo hicieras —soltó Pedro apagando la voz—. Joder, tío. Tenías que haberme escuchado.
Esto se estaba poniendo peor. Evidentemente Alejandro quería acción. Pedro, no. Alejandro quería acercarse a
ella. Pedro, no. ¿Podía llegar la situación a ser más humillante todavía?
—Tengo que volver al trabajo —dijo ella mientras retrocedía apresuradamente hasta que su ruta de escape por la puerta que llevaba al salón fuera segura.
E igual de rápido Pedro apareció ahí, delante de ella como una barrera entre ella y su libertad.
Estaba tan cerca que podía hasta olerlo, podía sentir su calor abrazándola, y se sentía tan bien que Paula quiso hacer algo tan estúpido como inclinarse hacia él para poder sentirlo justo sobre la piel.
A continuación, Pedro deslizó los dedos por debajo de su barbilla con un gesto tan dulce que ella no pudo evitar corresponder y levantó la barbilla para encontrarse con su mirada.
—Termina el trabajo. Esperaremos. Luego cenaremos. ¿Quieres algo en particular? ¿Prefieres salir a cenar o mejor en la habitación del hotel?
Pronunció las preguntas con mucha suavidad. Sonaron como íntimas. Y en ningún momento miró a Alejandro ni una sola vez. Su mirada estaba fija en ella y ella estaba tan hipnotizada que no podía siquiera apartar los ojos de él. De repente olvidó que había cambiado de parecer sobre lo de acostarse con ellos.
Apartándose de la intensidad del momento, Paula bajó la mirada y comprobó la ropa que llevaba puesta. No había posibilidad alguna de ir a casa y cambiarse. No tenía casa, ni ropa. Y menos aún nada adecuado que pudiera llevar en cualquier sitio que esos dos tipos normalmente frecuentaran.
Entonces se aclaró la garganta.
—En el hotel está bien, y no me importa. Si está caliente y bueno, me lo voy a comer. Nada demasiado extravagante. De hecho, lo que de verdad quiero es una hamburguesa. Y patatas fritas.
Mataría por ese menú ahora mismo.
—Y zumo de naranja —terminó de decir apresuradamente.
La diversión se reflejó en los labios de Alejandro, pero Pedro seguía estando completamente serio.
—Hamburguesa. Patatas fritas. Zumo de naranja. Creo que puedo apañármelas —dijo Pedro. Y entonces miró su reloj—. La gente se habrá ido en quince minutos. ¿Cuánto tiempo necesitas para acabar?
Ella parpadeó.
—Eh… no todo el mundo se habrá ido en quince minutos. Me refiero a que incluso si los invitados de honor se van, la gente siempre se queda después. Especialmente si hay comida y bebidas.
Él la cortó antes de que pudiera decir nada más.
—Quince minutos, Paula. Y se habrán ido.
Era una promesa, no había especulación por su parte.
—¿Cuánto tiempo necesitas? —preguntó con impaciencia.
—Treinta, quizá —supuso.
Pedro la tocó otra vez. Deslizó los dedos por su mejilla y luego los subió hasta la sien, donde jugó con esos tirabuzones que se le habían salido de la horquilla.
—Entonces nos vemos en treinta minutos.
viernes, 15 de enero de 2016
CAPITULO 1 (SEGUNDA PARTE)
Pedro Alfonso le dio unos golpecitos en el hombro a Gabriel Hamilton, y, cuando este se giró, Pedro le sonrió.
—Ya has acaparado a mi hermana lo suficiente. Ahora es mi turno de bailar con ella.
Gabriel no parecía muy feliz por la interrupción. Él y Melisa habían estado pegados el uno al otro como lapas durante la última hora, pero se apartó a regañadientes y Melisa sonrió radiante mientras Pedro lo reemplazaba.
El salón de baile del hotel Bentley había sido decorado para la Navidad, sobre todo porque a Melisa le encantaba la Navidad, y, como todo el mundo sabía, Gabriel era capaz de hacer casi cualquier cosa por complacer y ver feliz a su prometida.
Y, bueno, Gabriel actuaba deprisa cuando quería algo.
Había empezado a planificar la fiesta de compromiso en el mismo momento en que le había colocado a Melisa el anillo en el dedo. Casi como si tuviera miedo de que ella cambiara de opinión a menos que se pusiera manos a la obra de inmediato.
Para Pedro ver a su amigo perder tanto la cabeza por una mujer era bastante raro. Además, el hecho de que la mujer en cuestión fuera su hermana lo hacía más extraño todavía.
Sin embargo, Melisa era feliz y eso era todo lo que podía pedir.
—¿Te lo estás pasando bien, peque? —le preguntó Pedro mientras ambos daban vueltas en la pista de baile.
El rostro se le iluminó.
—Es fantástico, Pedro. Todo. Es… inmensamente perfecto.
Pedro le devolvió la sonrisa.
—Me alegro de que seas feliz. Gabriel se portará bien contigo, o le daré una buena patada en el culo. Ya se lo he dejado bien claro.
Ella entrecerró los ojos.
—Si no se porta bien conmigo, tú no eres el que se tiene que preocupar. Yo misma me encargaré de darle una buena patada en el culo.
Pedro echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—De eso no tengo ninguna duda. Se lo hiciste currar, y eso es algo que admiro.
El rostro de Melisa se ensombreció y Pedro frunció el ceño.
Se preguntaba qué era lo que la había puesto tan seria en una noche en la que debería estar loca de felicidad.
—Sé que tuviste que renunciar a muchas cosas por mí —le dijo con voz queda—. Siempre me he preguntado si la razón por la que nunca te has casado ni tenido hijos era yo.
Él se la quedó mirando como si se hubiera vuelto loca.
—Quizás ahora puedas dejar de preocuparte tanto por mí, y… ya sabes…
—No, no sé —contestó Pedro. Luego sacudió la cabeza—. Estás chiflada, Melisa. En primer lugar, solo porque te vayas a casar no significa que vaya a dejar de preocuparme por ti y cuidar de ti. No va a pasar, es un hecho. Supéralo. En segundo lugar, ¿no crees que si me hubiera casado antes,
especialmente cuando eras más joven, hubiera hecho que las cosas fueran más fáciles tanto para ti como para mí? Habrías tenido una figura materna en vez de tener que estar con un hermano sobreprotector y controlador como única fuente de apoyo.
Melisa se paró justo en el medio de la pista de baile y le lanzó los brazos al cuello para abrazarlo con fuerza.
—No me quejo de cómo me criaste, Pedro. En absoluto. Llevaste a cabo un trabajo maravilloso y siempre te estaré agradecida por todos los sacrificios que hiciste por mí.
Él le devolvió el abrazo mientras seguía moviendo la cabeza con gesto de sorpresa. Loca de atar.
La felicidad resplandecía en su rostro por su inminente matrimonio con Gabriel, y ahora deseaba que todos aquellos a los que quería estuvieran envueltos en el mismo halo de felicidad. Que Dios lo ayudara. Alejandro y él deberían probablemente empezar ya a correr y a huir…
—No fue un sacrificio, Melisa, y tampoco me arrepiento de nada. ¿Alguna vez se te ha pasado por la cabeza que realmente no quería casarme ni tener hijos?
Ella se separó de su hermano con el entrecejo fruncido y luego desvió la mirada hacia donde Alejandro y Gabriel se encontraban, al otro lado del salón.
—Sí, supongo que sí.
Pedro apenas pudo contener un suspiro. Era obvio que Melisa algo sabía de las preferencias sexuales que compartía con Alejandro y que se concretaban en hacer tríos con la misma mujer. No era exactamente algo que un hermano quisiera que su hermana supiera sobre su vida sexual, pero ya no había remedio.
No se disculparía por el estilo de vida que llevaba, pero tampoco iba a entablar una conversación con su hermana pequeña sobre ese asunto.
—Juega duro y vive libre —le dijo como explicación.
Melisa frunció el ceño y ladeó la cabeza.
Pedro se rio entre dientes.
—Es nuestro lema. El de los tres, Gabriel, Alejandro y yo. Solo porque has cambiado la forma de actuar de Gabriel no significa que Alejandro y yo queramos seguir su ejemplo.
Ella puso los ojos en blanco.
—Por el amor de Dios, haces que Gabriel parezca un calzonazos.
Pedro se aclaró la garganta.
—El que se pica…
Melisa le dio un golpe en el hombro.
—¡Voy a contarle lo que acabas de decir!
Pedro se volvió a reír.
—Seguro que admitirá ser un completo calzonazos en lo que a ti se refiere. Y no es algo malo. Quiero que te trate bien.
Los interrumpieron cuando Alejandro se acercó y acogió a Melisa entre sus brazos.
—Mi turno —proclamó Alejandro—. Gabriel no va a esperar mucho tiempo antes de que la vuelva a acaparar, así que voy a bailar con ella ahora mientras sus padres lo tienen ocupado.
Pedro se echó hacia delante y besó a Melisa en la frente.
—Esta es tu noche, peque. Quiero que la recuerdes para siempre. Diviértete.
Su sonrisa iluminó todo el salón.
—Gracias, Pedro. Te quiero.
Él le tocó la mejilla y luego retrocedió cuando Alejandro la alejó de sus brazos.
Pedro se fue hasta el fondo del salón y se quedó observando lo que ocurría en la fiesta. Era una celebración íntima, tal como Gabriel y Melisa querían. Una noche para celebrar su amor con amigos.
Sonaba muy cursi, pero solo había que mirarlos a los dos para saber que ya no tenían solución.
Aún no estaba del todo seguro de saber cómo se sentía al ver a su mejor amigo liado con su hermana pequeña. Los separaban catorce años y Pedro sabía perfectamente bien cuáles eran las exigencias sexuales de Gabriel.
Entonces apareció una mueca en su rostro al recordar la escena que había interrumpido cuando había ido al apartamento de Gabriel sin previo aviso unas semanas atrás. Necesitaba que le echaran lejía en los ojos porque había cosas que un hermano nunca, jamás, debería ver de su hermana pequeña.
Pedro aún estaba preocupado por si Melisa de verdad sabía dónde se estaba metiendo, pero Gabriel era un auténtico blandengue en lo que a ella se refería. Joder, si hasta el hombre se había sincerado delante de media ciudad de Nueva York para volver a tenerla, así que Pedro se imaginaba que Melisa sería perfectamente capaz de lidiar con lo que fuera que Gabriel le echara encima.
Lo que iba a hacer era no pensar más en ello.
Suspiró mientras su mirada vagaba sobre los invitados y el ambiente festivo que había. Melisaa había sido una parte esencial de su vida desde que sus padres habían muerto en un accidente de coche. Había venido por sorpresa cuando sus padres eran ya mayores y no esperaban más descendencia, pero todos ellos la habían adorado. Sin embargo, cuando murieron, tanto su vida como la de ella se vieron alteradas de forma irreversible.
Estando él en la universidad centrado únicamente en cervezas, chicas y en pasárselo pipa con Gabriel y Alejandro, se había visto forzado a responsabilizarse de una Melisa de seis años. Tanto Gabriel como Alejandro habían sido un gran apoyo para él, y quizá Melisa de muchas maneras había sido la que había cimentado esa relación de amistad entre ellos. Así que supuso que era lógico que dejara que su mejor amigo cuidara de ella ahora que era una adulta y estaba viviendo su propia vida.
Sería un cambio al que ajustarse ya que ahora Melisa no era únicamente de su responsabilidad. Pedro no había planeado irse a ninguna parte, pero las cosas eran diferentes ahora.
Ella había iniciado una relación seria y ya no consultaría con él sus problemas. Debería ser un alivio para Pedro, pero en su lugar sintió una tristeza en el pecho al pensar que su hermanita pequeña ya no volvería a necesitarlo como anteriormente lo había hecho.
Su mirada se posó en una mujer joven que recogía vasos y platos de las mesas. Era ya la segunda vez que sus ojos se habían detenido en ella esa noche, aunque la chica no había estado mucho a la vista, simplemente de vez en cuando para limpiar el salón. No era una de las camareras. No la había
visto rondar por el salón con las bandejas de entremeses o de champán. Iba vestida con unos pantalones negros, una camisa blanca y un delantal.
La estudió durante un buen rato antes de darse cuenta de qué era lo que le atraía de ella. Parecía completamente fuera de lugar. Y Pedro no estaba del todo seguro de qué era lo que le daba esa impresión. Cuanto más la miraba, más pensaba que esa mujer debería ser una invitada de la fiesta.
No la que iba limpiando lo que dejaban los invitados.
Llevaba el cabello recogido en un moño desordenado, como Melisa cuando lo sujetaba algunas veces con unas horquillas. En aquella mujer parecía una sugerente maraña de cabello que no hacía más que pedir a gritos que un hombre lo soltara. Era de un color negro como la medianoche, con rizos rebeldes que se escapaban de la sujeción de las horquillas y caían a lo largo de su cuello.
Era menuda y no tenía tantas curvas como a él normalmente le gustaba en las mujeres. Caderas estrechas y pechos pequeños, pero con suficiente protuberancia tras la camisa blanca abotonada como para ser una tentación. Todo en ella era pequeño. Delicado. Casi frágil.
Cuando se dio la vuelta y pudo ver la belleza de su rostro, a Pedro se le cortó la respiración. Su estructura ósea era pequeña y delicada. Tenía pómulos altos y prominentes, casi como si estuviera por debajo del peso adecuado, y una barbilla diminuta. Pero sus ojos… ¡Madre mía sus ojos! Eran
enormes en comparación con su pequeño rostro. De una tonalidad azul brillante. Un azul impactante, como si se tratara de hielo. Eran impresionantes en contraste con el color negro azabache de su pelo.
Era cautivadora.
Entonces la mujer se alejó con prisas y aguantando con los brazos el peso de la bandeja llena de platos y vasos que había recogido de las mesas. Pedro la siguió con la mirada a través del salón hasta que desapareció por la puerta de los empleados de cocina.
—No es de las que te atraen normalmente —murmuró Alejandro a su lado.
Pedro despertó de su ensoñación, se dio la vuelta y vio que Alejandro ya había terminado de bailar con Melisa. Un breve vistazo a la pista de baile le dijo que Gabriel había vuelto a reclamar a Melisa y los dos estaban una vez más pegados el uno al otro como con cola. Los ojos de Melisa brillaban de felicidad y risas, hecho que consiguió que parte de su anterior tensión se suavizara. Estaba en buenas manos y era
feliz.
—¿De qué diablos hablas? —dijo Pedro con una voz un tanto apremiante.
—La muchacha que está limpiando y recogiendo las mesas. Te vi haciéndole un buen repaso. Joder, prácticamente la estabas desnudando con los ojos.
Pedro frunció el ceño y permaneció en silencio.
Alejandro se encogió de hombros.
—Me apunto. Está buena.
—No.
La negativa salió con más énfasis del que a Pedro le habría gustado. No estaba siquiera seguro de dónde venía todo ese ímpetu, ni de por qué se había puesto tenso de repente.
Alejandro se rio.
—Relájate. Ha pasado ya tiempo desde la última vez. Iré a poner en práctica mi encanto.
—No quiero que te acerques a ella, Alejandro —gruñó Pedro.
Pero Alejandro ya se había encaminado con paso tranquilo hacia la cocina dejando a Pedro ahí, de pie, solo y con las manos apretadas en puños a ambos lados de su cuerpo.
¿Cómo narices le iba a explicar a su mejor amigo, un amigo con el que compartía las mujeres regularmente, que no lo quería a un kilómetro de distancia de esa mujer?
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