martes, 19 de enero de 2016
CAPITULO 12 (SEGUNDA PARTE)
Paula se sentó en el taburete del cuarto de baño mientras Pedro examinaba meticulosamente cada herida y corte que había en su cuerpo. Y era concienzudo. Ella estaba completamente desnuda y él no le había dejado un simple centímetro de piel sin inspeccionar.
Apretó los labios en una fina línea pero se quedó callado mientras atendía sus heridas. Paula aún tenía frío. Por dentro. En los huesos. No estaba segura de si podría volver a sentirse bien de nuevo.
Tras pasar varios minutos con escalofríos, Pedro maldijo —algo que hacía con bastante frecuencia — y la levantó del taburete.
—Voy a prepararte una buena ducha. Necesitas entrar en calor. Cuando salgas te vendaré las heridas. No creo que sea necesario poner puntos de sutura en los cortes pero te aplicaré crema antibiótica para que no se te infecten. Mientras te duchas, iré a buscar algo para cenar.
Pedro no esperó a que ella aceptara. Tenía bastante gracia porque no le había pedido su opinión ni una sola vez. Él se inclinó hacia delante, abrió el grifo y luego volvió a donde ella estaba sin ninguna prenda puesta. Y pensar que a ella no se le había ocurrido que su día podría volverse incluso más
raro…
Pedro deslizó una mano por su brazo desnudo hasta llegar al hombro y lo apretó para darle seguridad antes de abandonar el baño. Ella se acomodó en el taburete y luego se giró para observar su reflejo en el espejo. Parecía como si la muerte hubiera pasado por ella. Cansada. Demacrada.
Preocupada. Asustada.
Había un millón de palabras que se le pasaban por la cabeza.
Paula cerró los ojos y se balanceó precariamente hasta que finalmente se agarró al borde del lavabo para volver a recuperar el equilibrio. Por esta noche, al menos, estaba segura. Aunque no tuviera ni idea de con qué se había obsesionado Pedro, estaba completamente aliviada de que la hubiera traído aquí. Donde nadie podría encontrarla.
Donde ni siquiera Jeronimo sería capaz de dar con ella.
Tiempo extra. Y por muy corto que fuera, lo acogería con los brazos abiertos.
Sabiendo que estaba desperdiciando el agua caliente, se adentró en la ducha y gimió cuando el calor se precipitó como una cascada sobre su doliente cuerpo. Era puro gozo.
La cosa más maravillosa que había sentido nunca.
Levantó la cabeza y dejó que el chorro de agua le cayera en la cara y en el cuello. Los cortes y las heridas le escocieron cuando el agua caliente las tocaba, pero ella las limpió con sumo cuidado.
Se quedó en la ducha hasta que el cuerpo se le hizo pesado y le flojearon las piernas al estar expuesta al intenso calor por tanto tiempo. Tras enjuagarse el pelo por última vez, de mala gana cerró el grifo y salió de la bañera.
Un aire cálido la rodeó, sorprendiéndola. Levantó la mirada y vio que Pedro había encendido la calefacción del baño y tras su ducha de treinta minutos el ambiente era muy agradable y acogedor.
Pedro tenía toallas lujosas. Enormes y acolchadas, tan suaves que se sentía como rodeada por una nube.
Podía casi enrollarse dos veces con ellas.
Era un total despilfarro pero usó dos toallas, una para el cuerpo, y la otra para la cabeza. Era un lujo frívolo que le daba una atolondrada felicidad en la que poder recrearse.
Parpadeó de sorpresa cuando se dio cuenta de que había ropa nueva sobre el taburete que antes no estaba y un grueso albornoz colgaba de los ganchos que había en la parte alta de la puerta. Había también un par de zapatillas de ir por casa. El hombre había pensado en todo.
Su mirada volvió a la ropa otra vez y frunció el ceño. ¿Tenía ropa de mujer en su apartamento así como si nada?
Cogió los vaqueros y la camiseta y rápidamente vio que eran demasiado grandes. No por mucho, aunque en realidad, un año o así atrás seguramente habrían sido de su talla. Por aquel entonces no estaba tan delgada. Tenía más carne y una mejor figura.
Ahora estaba reducida a unos pechos y poco más. No tenía caderas, ni tampoco un buen trasero.
Tenía rasgos angulosos debido a la pérdida de peso. La vida en las calles era dura. Envejecía a la persona antes de que tuviera que hacerlo.
Después de tomarse su tiempo secándose por completo, se puso las braguitas que estaban entre los vaqueros y la camiseta, avergonzada de estar cogiendo prestada la ropa interior de alguna otra mujer.
No había nigún sujetador, pero ella pensó que no era imprescindible. Solo tenía dos y ambos estaban ya destrozados. El que se había quitado —o más bien, Pedro le había quitado— estaba sucio y roto. No podría volver a usarlo.
¿Acaso no había estado lo suficientemente cerca y de una forma muy íntima como para no saber cómo eran sus pechos? Verla sin sujetador no sería un trauma.
Se puso la camiseta por encima de la cabeza y vio como le quedaba colgando por las caderas. No se ceñía siquiera a sus pechos, así que significaba que fuera de quien fuera la camiseta estaba aún más dotada que ella.
Tras ponerse los pantalones, se quitó la toalla de la cabeza y pasó los dedos por entre los mechones en un intento de cambiar un poco ese aspecto de gato mojado y desaliñado.
Lo consiguió a medias, ya que tampoco iba a rebuscar en los cajones de Pedro para encontrar un cepillo.
Respiró hondo, echó los hombros hacia atrás y luego se dio la vuelta hacia la puerta. Allí vaciló con la mano colocada sobre el pomo. Era una gallina total. La idea de enfrentarse a Pedro la aterrorizaba. No porque pensara que le fuera a hacer daño, sino porque sabía que no tendría ninguna
oportunidad contra él.
Peor aún, no estaba segura de si quería enfrentarse a él. Era mucho más fácil dejar que llevara el mando. Que alguien cuidara de ella era una situación tan extraña que la simple posibilidad le agradaba. La incentivaba de la misma manera que la zanahoria incentivaba al burro del dicho popular.
Paula dio un brinco cuando la puerta vibró en su mano.
—¿Paula? ¿Has terminado?
Tragando saliva, abrió la puerta y se encontró a Pedro a unos pocos centímetros de distancia. Él bajó la mirada hasta su cuerpo y frunció el ceño.
—Necesito que te quites esos vaqueros otra vez. Se suponía que iba a vendarte antes de que te vistieras.
—Se me olvidó —dijo en voz baja—. Asumí que como me habías dejado la ropa ahí querías que me vistiera.
—No pasa nada. Ven al salón. Lo haremos allí.
Pedro alargó la mano para cogerla del codo y luego la guio fuera del baño hasta el dormitorio y desde ahí hasta el gran salón.
Tenía una vista espectacular de la ciudad con esos ventanales.
—Quítate los pantalones —le dijo—. Y luego ponte cómoda en el sofá. La cena está casi lista. Cuando haya terminado contigo, podremos comer.
Sabiendo que era inútil discutir, ella se desabrochó los pantalones y dejó que se deslizaran por sus piernas hasta caer en el suelo.
—Sé que son demasiado grandes —admitió Pedro mientras los apartaba. Le tendió la mano y luego la sentó a su lado en el sofá—. Iremos mañana a comprarte lo que necesites. Lo primero será un abrigo. Está helando fuera y has estado por ahí dando vueltas por la ciudad sin la ropa adecuada. Eso
termina hoy.
Su tono era de acero y aun así parte del atrincherado frío que sentía comenzó a disiparse al escuchar la preocupación que denotaba su voz. Hablaba como un hombre que genuinamente se preocupaba de su bienestar.
Mentalmente Paula se sacudió porque esa clase de fantasía era terreno peligroso. Ya había aprendido por las malas que no se podía confiar en absolutamente nadie excepto en sí misma para cuidarse. E incluso ella misma había sido capaz de defraudarse. Igual que todos los demás.
Pedro se inclinó hacia la mesita donde había un botiquín de primeros auxilios. Pasó largo rato en silencio mientras le aplicaba la pomada a todos y cada uno de sus arañazos y luego tapaba con una gasa los más grandes y con una tirita los cortes más pequeños.
Antes de que Paula se percatara de sus intenciones, él la empujó hacia atrás en el sofá y le levantó la camiseta.
—¡No tengo heridas ahí! —gritó ella cuando la mano de Pedro le recorría la tripa.
Su expresión era asesina mientras alzaba su mirada hasta la de ella.
—No, pero tienes moratones. ¿Qué te ha pasado ahí fuera, Paula? ¿Quién te ha hecho esto?
Sonaba tan enfadado que ella empalideció ante la furia que denotaba su voz. Era instintivo retraerse. Supervivencia.
Un grave siseo se escapó de los labios apretados de Pedro.
—Maldita sea, Paula, no voy a hacerte daño. Nunca te haré daño. Pero quiero saber quién es el maldito capullo que te ha hecho esto.
—Estás muy enfadado.
—Joder, y tanto. ¡Estoy furioso! Pero no contigo, nena. —Su voz se suavizó cuando la llamó «nena», y algo en el interior de Paula se suavizó también—. Estoy enfadado con el cabrón que te puso las manos encima. Y me vas a decir exactamente cómo ocurrió.
Ella empalideció y abrió los ojos como platos.
Entonces, cuando ella pensaba que Pedro ya no podría hacer nada más para sorprenderla, se echó hacia delante y bajó la cabeza hasta sus costillas. Depositó un beso tan tierno en cada moratón que ella apenas sintió la presión en la piel.
Dios… ¿Cómo se suponía que iba a resistirse a este hombre?
—¿Necesitas algo para el dolor? —le preguntó.
—Estoy bien —susurró—. Solo tengo hambre.
Él inmediatamente levantó la cabeza y apretó la mandíbula una vez más.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que has comido? Y no me mientas.
Ella tragó saliva con fuerza, pero no le mintió.
—Tres días.
—¡Maldita sea!
La mandíbula le sobresalía de lo apretada que la tenía y luego Pedro se giró como si tuviera que recomponerse antes de poder enfrentarse a ella de nuevo. Cuando volvió a mirarla a los ojos, había fuego en los suyos y aún parecía como si estuviera a punto de explotar en cualquier momento.
—Dame un minuto —murmuró.
Pedro inspiró y exhaló exageradamente por la nariz antes de levantarse del sofá. Le tendió la mano con la palma hacia arriba y esperó a que ella se la cogiera y se levantara también. Cuando Paula dejó que la ayudara a levantarse, Pedro se agachó para coger de nuevo los pantalones que se había quitado antes. Luego le puso la mano sobre su brazo y le dijo que esperara mientras ella metía los pies por las aberturas de los vaqueros.
Después de abrocharle la cremallera, Pedro la tomó de la mano y la guio hasta la cocina. Todo el apartamento era un concepto abierto de una habitación que dejaba paso a la siguiente con fluidez. El comedor, o mejor dicho, la zona para comer, estaba frente a la cocina y en el lateral del salón. Había una combinación entre mesa y barra de cocina que permitía que fuera quien fuera la persona que estuviera cocinando pudiera ver tanto el comedor como el salón.
Pedro la sentó en uno de los asientos de la mesa y luego caminó hasta la vitrocerámica donde había una olla y unas sartenes en las que estaba cocinando algo. Paula observó con interés cómo escurría la pasta y luego la echaba dentro de una sartén con la salsa. Le dio como un toque experto y añadió las especias antes de servir dos platos. Por último, pinchó con un tenedor los filetes de pollo, que habían estado salteándose en la última sartén y los troceó en finos trozos antes de echarlos por encima de la pasta.
—Voilà —pronunció mientras le pasaba el plato por encima de la barra.
—Estoy impresionada —dijo ella con sinceridad—. Tiene una pinta estupenda y huele maravillosamente. No habría pensado nunca que cocinabas.
Él levantó una ceja.
—¿Por qué no?
Paula sintió cómo el calor se instalaba en sus mejillas.
—No veo a muchos solteros ricos cocinar.
Él se rio.
—Yo crie a mi hermana pequeña y en aquel entonces no nos podíamos permitir comer fuera o pagar a alguien para que nos cocinara. Yo solo era un estudiante de universidad pobre intentando sobrevivir.
—¿Dónde estaban tus padres?
Sus ojos parpadearon.
—Murieron en un accidente de coche cuando Melisa tenía seis años.
Paula frunció el ceño con cierto pesar.
—Debes de ser mucho mayor que ella si entonces ya estabas en la universidad.
—Catorce años —confirmó él—. Melisa vino de sorpresa cuando mi madre estaba en los cuarenta. Ella me tuvo bastante joven y pensaron que ya habían tenido suficiente.
—Es impresionante que hayas criado a tu hermana —dijo con voz queda.
Él se encogió de hombros.
—No tenía más opción. No iba a abandonarla. Yo soy la única familia que tiene.
Pedro se acercó hasta donde estaba ella y se sentó en el taburete a su lado. Le echó una mirada y vio que no había pegado bocado, entonces frunció el ceño.
—Come, Paula.
Ella hundió el tenedor en la suculenta pasta y la olió mientras se lo llevaba a los labios. Olía divinamente.
Cuando tocó su lengua, Paula cerró los ojos y suspiró.
—¿Buena?
—Deliciosa —contestó.
De repente Pedro se levantó y Paula lo vio volver al otro lado de la cocina para coger dos vasos que estaban en la encimera. Puso un vaso de zumo de naranja frente a ella y Paula se derritió. Se había acordado de que había pedido zumo de naranja la otra vez.
Paula saboreó cada bocado, cada sorbo hasta que se sintió más que llena. Apartó el plato y soltó un suspiro de satisfacción.
—Gracias, Pedro. Ha sido maravilloso.
Él se la quedó mirando un largo y silencioso momento.
—Me gusta cómo dices mi nombre.
Ella frunció el ceño. ¿Qué se suponía que debía contestar a eso?
Sabiendo que tenían mucho de lo que hablar —¡le tenía que decir sí o sí que no podía instalarse en el apartamento de su hermana!— entrelazó los dedos nerviosamente y le echó un vistazo a Pedro.
—¿Pedro? —dijo suavemente—. Tenemos que hablar.
Él asintió y apretó los labios con firmeza.
—Desde luego. Volvamos al salón. Hay preguntas a las que aún no tengo respuesta.
Paula parpadeó y luego levantó ambas cejas. Antes de que pudiera decirle que ella era la que planeaba hacerle las preguntas, él la urgió a levantarse de la silla y le puso una mano firmemente en la espalda para guiarla hasta el salón.
Después de dejarla en el sofá, Pedro encendió la chimenea.
Ella suspiró cuando las llamas comenzaron a surgir. Le daba a la habitación ese punto hogareño, pero luego sacudió la cabeza ante ese pensamiento tan absurdo. ¿Qué iba a saber ella de cómo era un hogar? Un hogar era lo que uno
quisiera que fuera, y ella y Jeronimo habían llamado hogar a bastantes sitios de mala muerte.
Desoladamente, Paula pensó en aquellos lugares, o más bien escondrijos, que habían considerado como hogar durante años. En unos pocos casos, ella había tenido la suerte de conseguir un trabajo por un período de tiempo más largo y habían llegado a vivir en un motel degradado. No había sido mucho, pero había estado encantada de poder tener una residencia permanente y no una de la que tenían que ir o venir dependiendo de la ocupación que tuvieran.
—¿Por qué estás negando con la cabeza? —preguntó Pedro con el ceño fruncido.
Ella alzó la mirada y vio que él se había sentado a su lado en el sofá. Estaban muy cerca —casi tocándose— y el calor y el olor de Pedro la rodeó y la llenó de cariño de dentro a fuera.
Sin pensar en las consecuencias, fue instintivamente honesta.
—Estaba pensando en cómo el fuego hacía que la habitación pareciera tan hogareña, y luego me di cuenta de lo ridículo que era ese pensamiento ya que yo no tengo ni idea de lo que significa tener un hogar.
Paula escuchó la tristeza en su voz antes de que pudiera darse cuenta de que estaba ahí. Al instante se mordió el labio y supo que no debería haber dicho nada.
Pedro parecía como si alguien le hubiera dado un puñetazo en la cara. Luego soltó otra maldición.
Esta fue larga y produjo un escalofrío en el menudo cuerpo de Paula.
La joven se encogió de dolor cuando Pedro alargó la mano para tocarle la mejilla y luego la bajó hasta su cintura, donde la camiseta cubría los moratones. Encontró el lugar exacto donde dolía más y descansó la palma sobre él.
—¿Quién te hizo esto, Paula? ¿Qué te ha pasado ahí fuera? Y no me mientas. Quiero saber toda la cruda verdad.
Ella inspiró y lo miró con intensidad. No podía contárselo.
¿Cómo podría? La echaría de aquí tan rápido que la cabeza le daría vueltas. ¿Pero no era eso lo que ella quería? ¿Poder irse? Él no podría quedarse con ella. Pero incluso pensándolo, tenía sus dudas. Pedro parecía tener tanta… determinación.
Pedro la estaba mirando con mucha fuerza, en silencio y expectante. No iba a dejar que se escaqueara.
—No te lo puedo contar —dijo con voz ahogada—. Por favor, no me preguntes, Pedro.
Este apretó los labios todavía más y la furia inundó sus ojos.
—Dejemos algunas cosas claras, ¿de acuerdo? Ya sé un montón de cosas sobre ti. No tienes casa. Tienes antecedentes por posesión de drogas. No has comido en tres días. No tienes dinero, ni un lugar donde dormir y alguien ahí fuera te ha puesto las manos encima.
Toda la sangre se le fue de la cara. El estómago se le encogió con fuerza y la vergüenza apareció tan pesada como siempre sobre sus hombros y la agarró del cuello. Paula le echó una mirada apenada a Pedro, la humillación era patente en sus ojos llorosos.
Pedro movió la mano de su abdomen hasta su mejilla. La acarició suavemente con el dedo pulgar en los pómulos y su mirada se suavizó cuando percibió el miedo que ella tenía.
—Paula—dijo con voz queda—. Ya sabía todo esto antes de ir a por ti. ¿No te dice eso nada?
—No sé —susurró sin poder mirarlo a los ojos por más tiempo.
Bajó la mirada y cerró los ojos. Se sentía tan… indigna, y odiaba ese sentimiento. Lo odiaba con pasión. Se había pasado toda una vida sintiéndose no merecedora, odiosa.
Poca cosa.
—Mírame —dijo Pedro con firmeza.
Cuando ella vaciló, él le alzó el mentón con su mano hasta que su rostro estuvo justo frente al de él. Sin embargo, los ojos aún los tenía cerrados.
—Abre los ojos, nena.
Cuando lo hizo, su visión estaba oscurecida debido a las lágrimas que amenazaban con caer.
—No llores —le pidió con voz ronca—. Lo que quiero decir es que no me importa. Ya sabía eso sobre ti y aun así fui al centro de acogida de mujeres. He estado buscándote durante dos semanas enteras. He rastreado cada maldito refugio que pude encontrar, esperando encontrarte en alguno de ellos. Y cuando no di contigo en ningún sitio, me puse lívido porque sabía que estabas ahí fuera en las calles, pasando frío, hambre y sola. En algún lugar donde yo no podía protegerte. Donde no podía cerciorarme de que tuvieras suficiente para comer. Donde no tenías siquiera un abrigo que te mantuviera caliente.
A pesar de la orden de que no llorara, una lágrima se le escapó y cayó por su mejilla hasta caer en la mano de Pedro.
Él se inclinó hacia delante y depositó un beso en su rostro.
Luego fue subiendo y borró el rastro salado que había dejado su lágrima.
—Ahora dime quién te ha hecho esto —insistió con el enfado haciéndose patente en la voz otra vez—. Quiero saberlo todo. Voy a cuidar de ti, Paula, pero tengo que saber en dónde me estoy metiendo.
Ella sacudió la cabeza con un ademán de incomodidad.
—No puedes. Pedro, no puedo instalarme en el apartamento de tu hermana. No puedes simplemente entrar en mi vida y llevar las riendas. La vida no funciona así. Nunca lo ha hecho.
La impaciencia se hizo eco en esos ojos oscuros.
—La vida funciona como tú quieras que funcione. Y claro que puedo llevar las riendas. No es por herir tus sentimientos, nena, pero no has estado haciendo un buen trabajo en lo que a cuidarte se refiere. Voy a cambiar eso.
—¿Pero por qué? —soltó ella—. No lo pillo. Yo solo fui un lío de una noche para ti y Alejandro. No puedo hacer eso de nuevo. Fuiste mi recaída. No puedo volver por ese camino. No lo haré. He trabajado muy duro para llegar a donde he llegado.
Paula estaba temblando cuando terminó de hablar. Y terriblemente avergonzada de lo que acababa de soltar. ¿No era ya bastante malo que supiera del arresto? Ahora pensaría que era una puta además de una drogata.
—¿Y adónde has llegado? —inquirió Pedro—. ¿A una situación en la que no tienes casa? ¿Ni nada para comer?
—A una situación en la que me puedo ganar de nuevo el respeto —respondió quedamente.
Paula se echó hacia atrás en el sofá, preparada para salir disparada hasta la puerta. Pedro pareció saber exactamente qué era lo que estaba planeando. Se movió rápido, antes incluso de que ella pudiera parpadear. De repente estaba justo a su lado de nuevo, con un brazo alrededor de su cintura. Atrapada.
No se iba a ir a ninguna parte.
—Empieza a hablar. Todo, Paula. Cuéntame lo que quieres decir con «recaída». Y luego vas a dejar de evitar la pregunta que te he hecho ya cuatro veces. Quiero saber quién te ha puesto las manos encima —comentó amenazante.
Sin saber qué más hacer, Paula se hundió en su pecho y escondió el rostro en su hombro. Pedro pareció sorprenderse pero seguidamente la rodeó con ambos brazos firmemente y por lo tanto con su fuerza y su calor. Le acarició la espalda con una mano y depositó pequeños besos en su cabeza.
Y esperó. Se quedó ahí sentado con ella fuertemente entre sus brazos, ambos se quedaron callados, casi como si él pudiera ver lo mucho que le estaba costando sacar el coraje para decirle lo que quería saber.
No podía ser que Pedro la siguiera queriendo después de contárselo todo. Imposible. Una parte de ella estaba aliviada. Resolvería el problema de que él se metiera en su vida y cogiera las riendas de la misma. Pero una gran parte de ella estaba devastada.
Pedro era pura tentación. Hacía y decía todo lo correcto.
Cosas que le llegaban a Paula al corazón, y peor aún, que le inspiraban lo que ya había dejado de tener una vez.
Esperanza.
—Es una larga historia —dijo contra su cuello.
—No voy a irme a ningún lado, nena. Tenemos toda la noche. Estoy aquí. Te escucho.
Dios mío, era demasiado bueno como para ser cierto.
Paula cerró los ojos e inspiró con fuerza para inhalar el olor de Pedro. Y luego finalmente se apartó.
—¿Por qué no me dejas que vaya a por una manta? Nos pondremos cómodos en el sofá y nos sentaremos frente al fuego. Tú hablas y yo escucho. ¿De acuerdo?
Ella respiró hondo y acabó cediendo.
—Está bien.
CAPITULO 11 (SEGUNDA PARTE)
Pedro le ordenó a su chófer que lo llevara al centro de acogida y le pidió que aguardara allí fuera.
No podía estar seguro de que Paula fuera a quedarse con él, y no podía correr ningún riesgo. No cuando ya se había escapado de sus manos una vez.
Kate le había dicho que Paula estaba herida y su mente se llenó de imágenes, ninguna de ellas buena. No le había especificado mucho, así que Pedro estaba impaciente por llegar hasta ella. ¿Cómo diablos había llegado a hacerse daño?
Una mujer sola en las calles… Había mil y una formas para que se hiciera daño y todas hacían que las tripas se le revolvieran.
Cuando el coche se detuvo delante del centro de acogida, le volvió a pedir al conductor que esperara. Con mucha suerte no le llevaría mucho tiempo, pero estaba preparado para todo.
Se acercó a la entrada a zancadas mientras el viento golpeaba su abrigo. Cuando abrió a la puerta, su mirada inmediatamente recorrió toda la estancia en busca de Paula.
Luego, por fin la vio. Estaba al fondo, en un extremo y separada de las otras. Estaba sentada en una silla, pálida y parecía estar perdida. Aun así, se embebió en su imagen, aliviado a más no poder de que estuviera ahí.
Podía ver que sus pantalones estaban rotos por las rodillas y en un lado. También se dio cuenta de las manchas de sangre en la ropa y las feas heridas de sus codos. ¿Qué demonios había pasado?
Antes de que pudiera acercarse, Kate se plantó frente a él con el rostro lleno de preocupación.
—¿Se la llevará con usted, señor Alfonso?
—Oh, sí —dijo en voz queda—. Se viene conmigo. Yo cuidaré de ella, se lo prometo.
La expresión del rostro de Kate se relajó.
—Bien. Me preocupo por ella. Por todas ellas.
Pedro empezó a acercarse, ansioso por llegar hasta ella y ver cuán herida estaba, pero Kate lo paró una vez más.
—Quería agradecerle —pronunció con voz suave— todo lo que ha hecho. La calefacción. La comida. Su generosa donación. Mire a su alrededor, señor Alfonso. Todas estas mujeres tienen un lugar caliente donde dormir y comida para comer gracias a usted.
Pedro hizo una mueca, se sentía incómodo con su gratitud.
Asintió levemente y luego se dirigió hacia Paula. Esta tenía los ojos cerrados. Parecía como si se hubiera quedado dormida sentada en la silla. Aprovechó la oportunidad para estudiarla más de cerca y maldijo ante lo que vio.
Estaba más delgada, si cabía. Había ojeras bajo sus ojos.
Estaba pálida.
Y estaba herida.
Pedro se arrodilló frente a ella en silencio. En cuanto ella se percató de su presencia, abrió los ojos y se encogió. El pánico ardió en sus ojos.
—No pasa nada, Paula —murmuró.
Los ojos se le abrieron como platos y él vio con gratificación cómo el miedo desaparecía, pero rápidamente la confusión lo reemplazó.
—¿Pedro?
Su nombre salió como un cauto susurro, casi como si no se creyera que fuera él el que estaba arrodillado frente a ella.
Luego se irguió y escondió las palmas de las manos para que no viera los cortes ni la sangre.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó con voz temblorosa.
La expresión del rostro de Pedro se endureció y se puso de pie. Paula lo siguió con la mirada y, sin decir nada, él simplemente alargó los brazos hacia ella y alzó su ligero peso de la silla.
Aterrizó suavemente contra su pecho y él la acunó con posesividad, decidido a que nada más le hiciera daño. Paula se quedó petrificada y abrió la boca para soltar un grito ahogado.
—¿Qué estás haciendo? —siseó ella.
Él la llevó hasta la puerta y afianzó su agarre sobre ella cuando la joven comenzó a removerse para soltarse.
—Voy a sacarte de este sitio —soltó.
Paula comenzó a protestar con más ímpetu y Pedro vio la mirada preocupada que le echó Kate. Él asintió para que la mujer mayor se tranquilizara y luego afianzó su agarre mucho más.
—Ya es suficiente —la regañó—. No luches contra mí. Estás preocupando a Kate. No voy a hacerte daño. Le prometí que cuidaría de ti. No montes una escena. ¿Quieres asustar a todas las mujeres?
Ella se mordió el labio y se relajó. Lentamente negó con la cabeza.
—No —susurró—. Pero no puedes sacarme de aquí sin más, Pedro.
—Mira cómo lo hago.
La estrechó bien fuerte para salir por la puerta y volvió a adentrarse en el aire frío que la hizo estremecerse al instante. Pedro maldijo por lo bajo, cabreado ante el hecho de que no estuviera mejor protegida contra el frío. Sus ropas no eran barrera suficiente para soportar aquella temperatura.
—Me estás asustando.
Su voz era casi inaudible y Pedro la pudo sentir temblar en sus brazos. Si era de frío o de verdadero miedo, no estaba seguro.
—No te voy a hacer daño, y lo sabes muy bien.
La mirada de Paula estaba llena de tortura cuando la levantó para mirarlo directamente. Pedro se paró en el bordillo de la acera mientras su coche se acercaba a ellos e ignoró las miradas de las personas que pasaban a su alrededor.
—¿Y cómo puedo saberlo?
Pedro apretó los labios.
—Si todavía no lo sabes, lo harás pronto.
El coche se paró y el conductor se precipitó a abrir la puerta de los asientos traseros. Pedro se inclinó hacia delante para colocar a Paula en el asiento y luego se sentó a su lado.
Ella suspiró en el momento en que su piel hizo contacto con los cálidos asientos.
Un momento después, el coche se adentró en el tráfico de la ciudad y el silencio se instaló entre ellos.
—¿Adónde vamos? —preguntó Paula, con la voz aún claramente temblorosa.
Pedro la cogió de las manos y le giró las palmas de modo que pudiera inspeccionar los cortes y las heridas.
—¿Qué ha pasado, Paula?
Ella se quedó tan quieta junto a él que Pedro tuvo que mirar para asegurarse de que estuviera respirando. Había tal oscuridad en sus ojos —algo parecido a la desesperanza— que la respiración se le cortó. Él supo sin ninguna duda que había hecho lo correcto. No importaba los demonios contra los que hubiera luchado, ni las circunstancias de su pasado o presente. Había hecho lo correcto al buscarla, hasta localizarla y llevársela con él.
Paula apartó las manos de Pedro y giró su rostro hacia la ventanilla. ¿Qué demonios estaba haciendo Pedro? ¿Cómo la había encontrado? ¿Por qué la había encontrado?
Verlo en el centro de acogida había supuesto una conmoción enorme. Una sensación que la había dejado sin poder procesar ningún pensamiento, ni siquiera el más simple. Ella apenas había opuesto resistencia cuando se la había llevado de allí y la había metido en el asiento trasero de su coche.
¿No se podía considerar esto un secuestro?
—Paula, mírame.
Aunque su tono era amable, no había duda de que era una orden. Una que no pudo evitar obedecer.
Giró el mentón y lo miró por debajo de sus pestañas.
Entonces la respiración se le cortó.
Era un hombre muy guapo. Muy misterioso y pensativo. El poder emanaba de él. Cualquiera que no percibiera su fuerza sería un imbécil. Todo él era autoridad. Era como si hubiera nacido para ello.
Aunque ella había jurado que era un hombre que siempre haría que una mujer se sintiera segura, en este momento no era más que un manojo de nervios. La mirada que tenía en los ojos sugería que no estaba a salvo en lo más mínimo, aunque no sabía realmente con seguridad de qué era de lo que no estaba a salvo.
Él no le haría daño. De eso sí que estaba segura. Pero había otras muchas formas de hacer daño además de las físicas.
—No me tengas miedo.
Paula hizo una mueca.
—Eso no es algo que puedas ordenar. ¡Decirle a alguien que no te tenga miedo no hace que ocurra sin más!
Pedro enfureció la mirada.
—¿Te he dado algún indicio de que vaya a hacerte daño?
—¡Acabas de sacarme del centro de acogida en contra de mi voluntad! ¡Lo que has hecho se llama secuestro! ¿Por qué estabas siquiera allí, Pedro? ¿Cómo y por qué me has encontrado? No lo entiendo. —Las palabras salieron mucho más altas de lo que ella pretendía. Había una estridencia en su voz que salía directa de su miedo.
Pedro posó los dedos sobre su mejilla y presionó lo justo para que ella sintiera su contacto y que era inútil que apartara la mirada.
—Me necesitas —dijo simplemente.
Ella abrió la boca y se lo quedó mirando con asombro. No tenía ni idea de qué contestar a eso.
¿Qué podía decir?
Seguidamente él se inclinó hacia delante, presionó los labios contra su frente y le dio uno de los besos más dulces.
Paula cerró los ojos y saboreó la dulzura del gesto. Este hombre solo le traería problemas con mayúsculas. De hecho, ella ya se hallaba llena de problemas. Y uno de ellos era muy gordo.
—Esta noche estarás en mi apartamento —dijo Pedro mientras volvía a echarse atrás en el asiento.
Habló con una calma que ella no sentía para nada—. Mañana te llevaré al apartamento de mi hermana. Ella ya no vive allí. Está amueblado, así que no necesitarás nada más.
Ella abrió la boca de nuevo ante la seguridad de su voz. No era una pregunta. Pedro no le estaba preguntando nada, sino que hablaba como si ya estuviera decidido. Como si ella no tuviera ni voz ni voto en su destino.
—Esto es una locura —susurró Paula—. No puedes reorganizar mi vida así. No me puedo quedar en el apartamento de tu hermana.
Pedro alzó una ceja y la miró de una forma que la hizo sentirse estúpida.
—¿Tienes algo más que decir?
Ella se ruborizó.
—Sabes que no.
—Entonces no veo por qué es un problema. Melisa no está viviendo en su apartamento. Está en el de Gabriel hasta que se casen. Su compañera de piso se mudó con su novio. Está vacío y pagado. Te quedarás allí, al menos por ahora.
Ella arqueó una ceja ante el «por ahora».
Pedro sonrió como si se hubiera percatado de la fuente de su confusión.
—Con el tiempo te vendrás a vivir conmigo pero acepto que necesites tiempo para ajustarte a nuestra… situación.
—Estás completamente loco —murmuró—. Me ha secuestrado un loco.
Pedro gruñó mientras el coche se detenía junto a un edificio ultramoderno bastante alto justo frente a Central Park. Ahora una llovizna empezaba a caer.Pedro alargó el brazo y la cogió de la mano antes de arrastrarla hasta la puerta del coche mientras él se bajaba.
—Date prisa para no mojarte —le dijo mientras se apresuraba a llegar a la entrada.
Paula se vio forzada a correr para mantener el ritmo que Pedro llevaba, así que para cuando llegaron al interior estaba sin aliento. Hizo un mohín al ver cómo los pantalones, rotos por las rodillas, se le pegaban a la piel y agravaban los arañazos una y otra vez.
Pedro se percató de su expresión y maldijo mientras bajaba la mirada hasta sus pantalones rajados.
Cogiéndola del brazo, la condujo hasta el ascensor y entró con ella. A pesar del esfuerzo para llegar al interior del edificio sin mojarse, sus ropas estaban empapadas y ella temblaba de frío.
El ascensor se abrió y salieron a un vestíbulo elegante con el suelo de mármol y una araña enorme de cristal suspendida del techo. Pedro la alentó a seguir adelante y ella se adentró, vacilante, en su apartamento.
—Necesitas quitarte esa ropa y que te mire las heridas —le dijo con seriedad.
Su afirmación la hizo abrazarse a sí misma con más fuerza como si pudiera quedarse con la ropa puesta solo por ese gesto. Sí, él la había visto desnuda, pero la idea de estar desnuda delante de él otra vez la hacía sentirse extremadamente vulnerable.
Lo había llamado loco, pero ella estaba más loca aún porque estaba permitiendo que se diera esa situación. Podía decirse que él no es que le hubiera dado otra opción, pero ella tampoco había luchado demasiado.
—Tenemos que hablar, Pedro —dijo firmemente—. Esto no tiene sentido. No puedo estar aquí contigo. No sé siquiera por qué estabas en el centro de acogida, ¡ni cómo supiste que estaba allí!
Él colocó un dedo sobre los labios y su expresión no admitía discusión alguna.
—Ya habrá bastante tiempo para discutir nuestra situación después de que te hayas dado una ducha caliente y te haya mirado esas heridas. Tienes razón. Tenemos un montón de cosas de las que hablar, y créeme, lo haremos. Pero mi principal prioridad es asegurarme de que estés bien.
Ella bajó la mirada para observar su desaliñada apariencia y decidió que la ducha caliente no le vendría nada mal. Sea cual fuere su explicación, ya lidiaría con ella mucho mejor cuando estuviera caliente y seca.
—De acuerdo —murmuró.
Pedro torció los labios con sospecha.
—¿Ves? No ha sido tan difícil, ¿a que no?
Ella frunció el ceño.
—¿Qué?
—El cederme el control. Te voy a advertir ahora, Paula. Estoy muy acostumbrado a salirme con la mía.
¿Qué demo…? ¡Ella no había dicho nada sobre cederle el control!
Abrió la boca para decirle justo eso pero él acercó sus labios a los de ella y la besó, callándola totalmente en el proceso.
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