miércoles, 20 de enero de 2016
CAPITULO 15 (SEGUNDA PARTE)
Paula se despertó junto al cuerpo duro de un hombre que la tenía completamente rodeada. Por un momento se asustó mientras intentaba recuperar su sentido de la orientación.
Estaba desorientada y no pudo reconocer de inmediato el lugar donde se encontraba. Luego, cuando sus párpados se abrieron, se encontró con los ojos de Pedro observándola mientras despertaba y todo lo que había pasado el día
anterior volvió a ella de golpe.
Ella se lo quedó mirando sin decir nada, abrumada por el hecho de que Pedro se hubiera adueñado de su vida sin más, y por lo mucho que esta había cambiado en menos de veinticuatro horas. No podía siquiera entenderlo todo.
Parecía tan… surrealista, y aun así lo recibía con los brazos abiertos.
Aunque sabía que debería resistirse, una gran parte de ella estaba aliviada. Había estado sola, valiéndose por sí misma y viviendo una existencia espartana a duras penas durante tanto tiempo que tener ahora a un hombre haciéndole todas esas promesas de cuidarla y protegerla la hacía marearse. Y
la tentaba también.
Su vida no era mucho, pero era a lo que estaba acostumbrada. ¿Cómo se suponía que iba a ajustarse al mundo donde Pedro vivía?
Sí, él había insistido mucho en que vivían en el mismo mundo, pero ella no iba a caer en esa trampa. Ambos podrían ocupar el mismo universo pero su vida era tan diferente a la de ella que no podía siquiera concebir las diferencias. Él tenía riqueza y poder. Su vida estaba bien ordenada y tenía unos estándares más exigentes. ¿Qué demonios quería tener con ella? ¿Por qué narices la quería?
No tenía ningún sentido para ella. Desafiaba toda lógica.
—¿Qué estás pensando? —murmuró.
—Que no tengo ni idea de por qué estás tan decidido a involucrarte en mis problemas —susurró—. No entiendo por qué un hombre como tú querría tener algo que ver conmigo. Es una locura, Pedro. No puedo entenderlo. Nada. Es como un extraño giro en la historia de Cenicienta, solo que para chicas como yo no hay finales felices ni se comen perdices.
—Estoy empezando a arrepentirme de cada vez que te pregunto en qué estás pensando —gruñó—. Eres demasiado honesta. Creía que iba más en la línea de que pensaras lo guapo que soy. O quizá que te has despertado fantaseando con que te follara mientras aún estabas medio dormida. Eso otro que estabas pensando es un sinsentido, y te juro que aunque me lleve una eternidad, voy a sacarte esas tonterías de la cabeza.
Ella esbozó una sonrisa y se relajó sobre la almohada. Sus ojos brillaron cuando se rió y su abrazo se reafirmó a su alrededor.
—Dios, tienes una risa preciosa —le dijo con voz ronca—. Y tu sonrisa… me quita la respiración.
El cuerpo de Paula reaccionó ante la mirada que llevaba pintada en su rostro.
—No puedes hablarme así —dijo en voz baja—. Nadie dice esas cosas de una mujer que acaba de conocer. Es una locura.
—Acabo de hacerlo. Y planeo seguir diciéndotelo hasta que te creas cada palabra.
Ella sacudió la cabeza en un intento de sacar de su mente toda confusión. En cualquier momento se despertaría en el centro de acogida y todo eso habría sido solo un sueño.
—Eres real —susurró.
Él rodó en la cama y se colocó encima del cuerpo de ella para poder mirarla directamente a los ojos. Su cuerpo se ajustó al de ella y lo cubrió al mismo tiempo que las sábanas se quedaban arrugadas en sus caderas. Maniobró hasta que los muslos de Paula se abrieron y ella pudiera sentir la enorme erección que asomaba justo entre las piernas.
—Soy real, nena. Esto es real. Somos reales. Cuanto antes lo aceptes, antes podremos seguir adelante y podrás ser feliz. Quiero que seas feliz. Quiero que estés contenta. Que no vuelvas a pasar frío. Que no te preocupes por la siguiente comida. Y, sobre todo, quiero que sepas sin ninguna duda
que puedes confiar en mí. Yo te cubro las espaldas. Y el frente. Y los costados. Te tengo enterita y no te voy a dejar ir.
—¿Cómo puedes quererme después de lo que te dije anoche? —susurró.
Él se inclinó para besarla y ajustó su cuerpo al de ella con más intensidad. Alargó una mano por debajo de la almohada y sacó un condón. Ella lo observó, en estado de conmoción, mientras este alzaba su cuerpo tras rasgar el envoltorio con los dientes y se colocaba la goma de látex. Todo ocurrió
tan rápido, con tanta destreza que todo lo que ella pudo hacer fue jadear cuando él se introdujo en su interior por completo.
Luego se paró, aún seguía mirándola directamente a los ojos con los suyos extrañamente tiernos.
—Todo lo que sé es que cuando te vi desde el otro lado del salón esa noche en la fiesta, todo cambió para mí. Hubo un reconocimiento instantáneo. No, no sabía nada de ti entonces, pero lo que sí sabía era que ibas a ser mía. Y con respecto a esa tontería de no quererte después de haberme contado tu pasado, bueno, es simplemente eso. Una tontería. Todos cometemos errores, nena. Nadie es perfecto. Yo no lo soy. Tú no lo eres. Sería aburrido a más no poder si ese fuera el caso.
Las lágrimas se acumularon en el lagrimal de Paula y él la besó en los rabillos de los ojos antes de que pudiera soltar alguna.
—No llores, Paula. No en nuestra cama. No cuando estoy dentro de ti. Quiero que bloquees todo lo que no tenga nada que ver conmigo y contigo y lo que te hago sentir. Olvídate de todo menos de esto.
Pedro se retiró y luego volvió a hundirse en ella con delicadeza.
Su voz cambió, se volvió más seria, pero su mirada nunca abandonó la suya.
—No estoy diciendo que vaya a ser fácil. Yo cometeré errores. Tú cometerás errores, sobre todo por las mismas diferencias que dices que hay entre nosotros. Soy consciente de que te llevará tiempo cambiar el chip y quitarte de la cabeza que no eres suficiente para mí. Me cabrea, pero sé que no puedes cambiar toda una vida entera de verte como te ves de la noche a la mañana. Pero voy a trabajar en ello y te voy a derrotar por insistente, así que ya estás avisada. Soy un cabrón persistente y nunca me alejo de algo que quiero, ya sea en los negocios o en mi vida personal.
Ella alargó los brazos hacia arriba para rodearle el cuello y luego lo atrajo hacia ella para besarlo en los labios. Pedro pareció sorprendido ante el gesto tan repentino pero dejó que ejerciera el control.
—Cállate y bésame —susurró contra su boca.
Él sonrió pegado a sus labios.
—Eso sí que puedo hacerlo, nena.
Se callaron cuando sus lenguas se entrelazaron y colisionaron, enredándose hasta que a Paula le faltaba el aliento y comenzó a jadear. Pedro soltó un leve gemido en la garganta y pasó los brazos por debajo del cuerpo de ella para poder tenerla más pegada a él.
Arqueaba las caderas con fluidez mientras deslizaba su erección dentro y fuera de ella hasta que Paula estuvo más que mareada de placer. Él estaba muy cerca. No había parte de ella que no estuviera tocando de alguna manera. Su cuerpo estaba pegado al suyo, Paula podía sentir cada
sacudida, cada vez que los músculos de Pedro se tensaban y se agarrotaban por el esfuerzo de sus movimientos.
Cuando él separó la boca de la suya y comenzó a dejar un reguero de besos por su mandíbula y luego por el cuello, Paula se dio cuenta de que esto no era ni de lejos como el sexo sin ataduras que había experimentado. No había nada mínimamente sucio o falto de emoción en lo que estaban
haciendo.
No era siquiera como el trío que había tenido con Pedro y Alejandro.
Por primera vez en su vida estaba haciendo el amor.
Y sonaba absurdo. Sonaba cursi y romanticón y otro montón de palabras que se le escapaban. La hacía sonar como una imbécil que no era capaz de separar las emociones del sexo.
Pero la simple verdad era que los únicos sentimientos que había experimentado previamente eran de vergüenza, de odio a sí misma, de desesperanza…
No sabía cómo procesar el bombardeo de emociones que Pedro evocaba en ella. Estaba abrumada y no de la forma en que había mencionado el día anterior. Él la rodeaba, la tocaba, la llenaba. Llenaba lugares que habían estado demacrados y dolientes durante mucho tiempo. Él llegaba hasta su mismísimo corazón y repartía cariño y felicidad.
Paula lo abrazó y lo acercó más a ella. No quería que estuvieran separados ni un centímetro. Se colgó de él mientras este se enterraba en su interior con mayor profundidad y con mucha más fuerza hasta penetrarle el alma.
¿Abrumador? Totalmente. Todo lo que tuviera que ver con Pedro removía los cimientos de su existencia. Le había cambiado radicalmente la vida en cuestión de horas y aun así no tenía miedo.
Quizás debería tenerlo. Estaba en su cama otra vez, tras unas pocas horas de haber vuelto con él, y aun así no sentía que fuera algo malo. No sentía que fuera sucio. ¿Y no era eso lo que de verdad era importante?
—Nena.
La tierna voz de Pedro la sacó de sus dispersos pensamientos.
—Mírame, nena.
Ella abrió los ojos y lo vio mirarla fijamente. Había preocupación en su expresión y una mirada de ternura que combinaba con el tono de su voz.
—¿Estás bien?
Ella simplemente asintió, no confiaba en su voz para responder.
—¿Estás segura?
Asintió otra vez y lo abrazó con más fuerza.
—Bésame.
—Nunca tendrás que pedirme eso.
Él la besó con fuerza, con posesividad. Paula se estremeció y arqueó su cuerpo; ella solo quería estar más cerca de él.
—¿Cuán cerca estás? —susurró.
—Casi estoy —le contestó ella.
—Dime lo que necesitas para llegar.
—Tú —dijo—. Solo tú.
Los ojos de Pedro brillaron y este apretó la mandíbula. Y entonces la volvió a besar otra vez con más fuerza y con más pasión hasta que ella estuvo respirando su aire y él el de ella.
Estaban encajados tan fuertemente que Paula no sabía siquiera cómo se las había apañado para seguir penetrándola. Su orgasmo se fue formando poco a poco y con intensidad. Con tanta intensidad que sentía como si la estuvieran retorciendo.
Fue aterrador y enorme, abrumador de la mejor de las maneras. A esto no le tenía miedo. No esta vez. Lo sentía tan bien y tan perfecto… A lo mejor eso debería asustarla también. Fue entonces cuando se dio cuenta de que sin importar lo ridículo que sonara, confiaba en él. Confiaba en que cuidaría de ella. Sin importar el que en realidad no lo conociera. Que solo habían estado juntos dos veces y por cuestión de horas. Ella sabía que no haría nada que le hiciera daño. Simplemente lo sabía.
—Confío en ti —susurró.
Paula le tenía que dar eso. Sabía lo importante que era. Él quería su confianza y al mismo tiempo reconocía que le iba a llevar tiempo. Pero quería dársela ahora porque él ya le estaba dando mucho y eso era lo único que ella podía darle a cambio. Nada más. No había nada que le pudiera dar que él no tuviera ya. Excepto ella misma. No era suficiente pero era lo que él quería —lo que él había dicho que quería— y era lo único que tenía para darle.
—Ah, nena —gimió—. Haces que me deshaga.
Pedro comenzó a moverse más rápido y con más fuerza. Era como si sus palabras lo hubieran lanzado por el borde de un precipicio. Su control había desaparecido y ella se deleitó en la ferocidad de su posesión.
Paula se hizo agua a su alrededor por lo que Pedro se movía con mucha más facilidad, embistiéndola hasta que ella jadeara debido a la profundidad de su invasión.
Luego ella comenzó a revolverse. Todo a lo que se había aferrado con tanta fuerza durante tanto tiempo empezó a aflojarse.
Era demasiado. Él le había dicho que se deshacía con ella, pero en realidad ella era la que se estaba deshaciendo por completo.
Paula lo apretó en su interior; no quería que la abandonara.
Quería vivir para siempre en este momento donde nada podía tocarla, donde nada más importaba. Era tan fácil olvidarse de su vida y de sus circunstancias… Porque en sus brazos ella era fuerte. Era digna.
Jadeando su nombre, Paula cerró los ojos para reprimir la repentina riada de lágrimas, pero incluso entonces las sintió deslizarse, vehementes, por sus mejillas. Nunca había estado tan devastada por un orgasmo, y parecía una palabra un tanto suave, incapaz de describir lo que estaba ocurriendo completamente.
El mundo se volvió borroso a su alrededor. Todo lo que podía sentir era a él en su interior. Su boca sobre su piel. Su miembro enterrado en su cuerpo. Dos mitades de un todo.
Paula se quedó como flotando. Parecía que su cuerpo no pesaba y que su mente se iba completamente a la deriva. No estaba siquiera segura de estar consciente.
Y entonces se percató del peso de Pedro sobre ella. Estaba flácido y su pecho se movía arriba y abajo con bastante esfuerzo, pero lo sentía tan bien… tan sólido encima de ella.
No quería que se moviera nunca.
Posó sus labios sobre el hueco que formaba su clavícula y saboreó la conexión. Saboreó la sensación de ser querida.
De ser preciada y cuidada a un nivel emocional.
Él se movió y ella comenzó a protestar, pero entonces captó la expresión de su rostro y paró. Pedro se levantó lo suficiente para llevar una mano al rostro de Paula y ella se dio cuenta de que sus mejillas estaban húmedas debido a las lágrimas.
—Eh —dijo con gentileza—. ¿Qué es esto?
Paula se avergonzó de su reacción. ¿Cómo podía explicar la enormidad de este sentimiento?
Intentó apartar la mirada, pero él no la dejó. Bajó la mirada y comenzó a borrar el rastro mojado de su piel a besos, luego alzó la cabeza y la volvió a mirar directamente a los ojos otra vez.
—¿Paula?
Había preocupación en su voz, que la hizo sentirse aún más estúpida si cabía.
—Estoy bien —dijo ahogadamente.
—¿Seguro?
—Nunca he estado mejor —dijo suavemente.
Él pareció entender entonces. Sonrió y la volvió a besar.
—Deja que me quite el condón y luego podemos hablar —dijo.
Alarmada, ella permitió que se incorporara y esperó a que tirara el condón. Luego volvió a la cama y la cogió para pegarla contra su costado.
Le acarició el pelo en silencio mientras la abrazaba.
—No quiero que nada nos separe —pronunció finalmente.
Sin entender por completo a qué se refería, ella se quedó callada mientras esperaba.
—Necesitamos pedir cita con el médico para que te puedas hacer pruebas y luego también empezar con algún método anticonceptivo. No quiero ponerme condones. No quiero ninguna barrera entre nosotros. Por supuesto seguiré usándolos hasta que sea seguro, pero eres mía y quiero total
acceso a ti. En todos los sentidos. ¿Estás de acuerdo?
Aunque ya lo sabía —él se lo había dejado más que claro— el escuchar que tenía toda la intención de tener sexo con ella regularmente la asombró. Todo sonaba tan… permanente, y ella sabía que la relación entre ellos podía ser de todo menos eso.
—¿Nena? Háblame. Estás demasiado callada. ¿Estás asustada? ¿Estoy yendo muy deprisa?
Ella casi se rio. ¿Ahora se preocupaba por ir demasiado deprisa? Paula no sabía siquiera si él tenía algún concepto de lo que era ir deprisa.
—No tengo ningún problema con lo del método anticonceptivo. Pero, Pedro, tenemos que hablar.
Él la besó y la silenció en el proceso.
—No tenemos que hablar de nada más que de conseguirte lo que necesitas. Lo que necesitamos — se corrigió—. Es un hecho que vas a estar en mi cama, y terminarás viviendo en mi apartamento. Voy a intentar darte tu espacio para que te adaptes. No quiero abrumarte pero tienes que saber que voy en serio con esto. Y voy a rebatir cada pega que pongas que empiece con que no puedes estar conmigo.
—Guau —dijo en voz baja.
—¿Algo más que añadir? —preguntó con la diversión haciéndose eco en su voz.
—Supongo que no —murmuró.
—Bien. Entonces desayunemos y luego te llevaré de compras.
—Pero Pedro, ¿y qué pasa con tu trabajo? No puedes simplemente saltártelo para ir de compras conmigo por capricho.
—Ser el jefe tiene sus ventajas —dijo con suficiencia—. Una de ellas es que puedo tomarme algunas horas libres. No es que me vayan a despedir.
—Entonces, de acuerdo.
Pedro le dio una palmada en el trasero y luego se levantó de la cama, dejándola ahí tumbada sobre un costado.
—Voy a ducharme rápido y luego puedes adueñarte del cuarto de baño mientras preparo el desayuno. ¿Suena bien?
Ella asintió, incapaz de mantener la sonrisa escondida por más tiempo.
Él se la devolvió y los ojos se le iluminaron.
—Tienes que hacer eso más a menudo, y si me salgo con la mía, lo harás.
Ella frunció el ceño, confusa.
—¿Hacer el qué?
—Sonreír.
CAPITULO 14 (SEGUNDA PARTE)
Pedro se lanzó a por Paula, pero la joven se le escapó de las manos en una carrera loca y errática hasta el ascensor. La maldita mujer no tenía siquiera los zapatos puestos.
¿Adónde pensaba que iba?
La puerta del ascensor se abrió al instante y él se apresuró hacia delante con el brazo estirado para prevenir que se volviera a cerrar. Se le escapó por cinco centímetros.
Quería darse de golpes en la cabeza contra la maldita pared.
Pero en cambio cogió el teléfono y llamó a la portería.
—Soy Pedro Alfonso —informó con calma—. Una mujer está bajando en el ascensor. No lleva zapatos. No la deje salir del edificio bajo ninguna circunstancia. Bajaré tan pronto como el ascensor vuelva a llegar a mi planta.
—Sí, señor —respondió el portero tajantemente.
Satisfecho porque Paula no se iba a escapar, pulsó el botón de llamada al ascensor con fuerza y esperó a que este volviera a subir. Mientras lo hacía, procesó todo lo que Paula le había contado.
Estaba enfrentándose a una difícil batalla. Paula no pensaba que fuera merecedora de él, lo cual tenía gracia. Él tampoco era un santo. Tanto él como Alejandro se habían follado a medio Manhattan y por ninguna otra razón más que porque querían hacerlo.
¿Cómo demonios podía juzgar a Paula por usar el sexo como mecanismo de evasión cuando él esencialmente había hecho lo mismo? Y Paula había tenido una vida mucho más dura que él. Ella al menos tenía una excusa. Pedro no podía decir lo mismo.
Las puertas del ascensor se abrieron y Pedro se precipitó al interior mientras presionaba con ímpetu repetidas veces con el pulgar el botón de la planta baja.
La situación con Jeronimo era más complicada, pero no insuperable. Todo lo que tenía que hacer era mantener a Paula fuera del asunto y asegurarse de que estaba a salvo.
Tendría que pasar por encima de su cadáver si quería ir a salvar al maldito Jeronimo. Ella no lo había dicho, no lo había admitido, pero Pedro había visto la verdad en sus ojos.
Esa aplastante tristeza que acompañaba a la comprensión de que había sido traicionada por alguien a quien amaba y en quien confiaba.
Jeronimo la había lanzado a los lobos. El capullo la había usado como garantía para un dinero que no tenía intención de devolver. Pedro se vio asediado por la urgencia de querer ir tras ese imbécil y tomarse la justicia por su propia mano, literalmente.
Cuando el ascensor llegó por fin a la primera planta, Pedro se apresuró a salir y miró a derecha e izquierda en busca de Paula. Para su alivio, la joven estaba sentada en un rincón del vestíbulo con el portero y el guardia de seguridad flanqueándola.
Una sonrisa se dibujó extrañamente en sus labios cuando vio que tenía en las manos una taza de café y que el portero había entablado conversación con ella. Como si ver a una mujer descalza deseando salir de un edificio en pleno invierno fuera una ocurrencia diaria.
Los ojos de Paula cayeron sobre él cuando lo vio acercarse y el miedo se instaló en esos brillantes ojos azules. Pedro sintió como si alguien le hubiera dado un puñetazo en las entrañas. Le tenía miedo.
—Paula —dijo con calma—. Volvamos arriba y dejemos que estos dos caballeros sigan con su trabajo.
Luego se dirigió a los dos hombres y dijo:
—Gracias por cuidar de mi Paula. No quería que saliera fuera con el frío que hace tal y como va vestida.
—No, por supuesto que no, señor —dijo el portero vigorosamente. Luego sonrió cálidamente a Paula—. Fue un placer conocerla, señorita Chaves. Espero volver a verla pronto. Si alguna vez necesita cualquier cosa, no dude en llamarme.
—Gracias, Roger —contestó con una sonrisa.
Pedro levantó una ceja. Él había vivido aquí durante un tiempo y nunca había tenido la ocasión de conocer el nombre del portero. Se sintió avergonzado de ese hecho teniendo en cuenta que ella había averiguado el nombre de Roger en menos de cinco minutos.
El guardia de seguridad asintió cortésmente a Pedro y luego sonrió en dirección a Paula antes de volver a su puesto de trabajo. Paula suspiró, se puso de pie y le entregó la taza a Roger.
—Gracias —le dijo de nuevo—. Fue estúpido por mi parte. Gracias por pararme y ser tan amable.
Pedro cogió la mano de Paula y tiró de ella hasta llevarla al ascensor. No dijo nada más durante todo el trayecto hasta el ático. Solo la acercó a él y la mantuvo bien cerca de su costado. Le gustaba sentirla junto a él, tan suave y maleable.
Un complemento perfecto para su propio cuerpo, que era
mucho más duro.
Pero luego frunció el ceño cuando se dio cuenta de que era dócil porque estaba… derrotada.
Oh, ni hablar. Paula no iba a volver a su apartamento como un cachorrito maltratado.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, le levantó el mentón para forzarla a mirarlo a los ojos.
—Vas a entrar en el apartamento con la cabeza bien alta y los hombros echados hacia atrás —le dijo—. No derrotada ni asustada. Esta es tu casa. Tu santuario. Este es el único lugar, más que ningún otro, donde estás completamente a salvo del mundo exterior. De cualquier juicio y de que te hagan daño. ¿Lo entiendes?
Ella se lo quedó mirando durante un rato, sus ojos estaban serios y pensativos. Pero lo que más le dolió a Pedro fue que por un breve instante la esperanza se hizo eco en ellos y rápidamente después desapareció. Como si fuera un concepto tan extraño para ella que no se permitía experimentarlo.
Entonces finalmente asintió y susurró:
—Lo entiendo.
Pedro la besó en la frente y la sintió temblar.
—No, no lo entiendes, nena. Pero lo harás. Te lo prometo.
Tiró de ella hasta el apartamento y dejó que las puertas del ascensor se cerraran detrás de ellos.
Paula parecía cansada tanto física como emocionalmente.
Era relativamente temprano según sus estándares, pero en ese momento no podía pensar en nada que le gustara más que llevársela a la cama y dejarla dormir en sus brazos.
Quería que se sintiera protegida. Segura. Y más importante aún, querida. Como si ella de verdad importara.
Paula no tenía ninguna experiencia en ninguna de esas cosas, y era más que evidente en esos dolorosos recuerdos que tenía de su infancia y de sus años adultos. Pedro no podría cambiar su pasado, pero podía asegurarse de cambiar su presente y alterar el curso de su futuro.
—Vayámonos a la cama. Estás agotada —decidió Pedro.
Ella levantó la mirada nerviosamente hasta la de él. Tenía los ojos muy abiertos, lo que le daba una apariencia torturada. Estaba demasiado delgada pero su belleza… brillaba como un haz de luz.
Había algo en su rostro y en sus ojos que era irresistible.
Pedro no podía explicar por qué se había sentido tan inexorablemente atraído hacia ella esa primera noche que la había visto al otro lado de la sala en la fiesta de Melisa, pero había sabido incluso entonces que ella era suya.
—Nena, no voy a lanzarme sobre ti —murmuró.
Pedro le cogió las manos y le acarició las palmas con sus pulgares con movimientos suaves y circulares.
Paula tragó saliva y luego asintió.
—Estoy cansada.
—Estás agotada —repitió él.
Aún con las manos entre las suyas, Pedro la guio hasta su dormitorio y una vez allí, cerró la puerta a sus espaldas.
Luego se giró y cogió el borde de la camiseta de Paula y comenzó a levantársela para quitársela por la cabeza.
Ella le sujetó el brazo con los ojos llenos de alarma.
Pedro esperó un momento y la miró intensamente a los ojos.
—Nena, en esa cama no habrá nada que nos separe. Ni la ropa, ni barreras, ni nada. Dije que no iba a lanzarme sobre ti, y es cierto. No te voy a mentir. Pero no vas a llevar nada de ropa puesta. Además del hecho de que no te hacen justicia, cada vez que duermas en mi cama estarás desnuda.
—Me entrará frío —contestó ella frunciendo el ceño.
Él sonrió ante la rápida excusa y el intento de mantener esa barrera entre ellos. Ella aprendería dentro de poco que él no permitiría que hubiera ninguna barrera entre ellos.
—Yo te mantendré caliente.
Paula se mordió el labio con consternación y luego suspiró mientras bajaba el brazo en señal de rendición.
—Recuerda —continuó suavemente—. No entras aquí derrotada y abatida. Mantén la cabeza bien alta. Que te sometas a mí no significa que seas nada menos. Yo soy un capullo controlador. No hay duda sobre ello. Pero lo último que quiero es que seas una marioneta sin cerebro.
La confusión nubló sus preciosos ojos azules.
—Supongo que no entiendo nada de esto. Estoy confundida, Pedro. Esto me resulta muy… abrumador.
Él la besó en la nariz y lentamente tiró de la camiseta hacia arriba.
—Tenemos todo el tiempo del mundo. Quiero que confíes en mí. Mientras seas capaz de hacer eso, todo irá bien. Yo cuidaré de ti y nunca haré nada que te pueda abrumar.
—¡Pero acabo de decir que lo estoy! —protestó.
Pedro sonrió y terminó de quitarle la camiseta, dejando así sus pechos —y sus moratones— a la vista.
—Solo quiero tenerte desnuda. Abrumador sería que te fuera a follar esta noche. Eso ya vendrá mañana. Hoy es para que te adaptes a estar aquí.
Ella se quedó boquiabierta.
—¿Y no consideras que eso sea abrumador?
—No.
—Claramente tú y yo tenemos opiniones diferentes sobre lo que significa abrumador —murmuró Paula.
—Así me gusta —dijo él con satisfacción.
Ella levantó una ceja mientras él comenzaba a bajarle la cremallera de los vaqueros.
—Que seas atrevida. Tienes fuego dentro, Paula. No lo has perdido. Eres inmensamente perfecta para mí.
—Estás loco —murmuró otra vez—. O quizás yo soy la loca.
—Mientras estemos juntos, me parece bien.
Paula lanzó las manos al aire mientras él le bajaba los pantalones por sus piernas.
—Siempre te sales con la tuya de verdad, ¿no es así?
Él sonrió otra vez y la ayudó a quitarse los pantalones.
—Ya te lo dije. Nada que merezca la pena va a ser fácil, nena. Y las cosas no se consiguen sin luchar por ellas —se inclinó hacia delante y rozó el moratón de las costillas con los labios—. Te lo advierto. Voy a luchar por ti y no tengo ninguna intención de perder.
Cuando volvió a levantar la cabeza, vio cómo la esperanza brillaba de nuevo en sus ojos, aunque esta vez sí se quedó ahí. Lo estaba mirando con asombro y con todo el cuerpo temblándole. Pudo ver entonces que por fin estaba calando en ella que esto era real y que él iba completamente en serio.
—Quítate la ropa interior —le ordenó.
Esta vez ella no opuso resistencia. Hubo un breve instante de vacilación cuando deslizó los pulgares por debajo del borde de la sedosa tela, pero un momento después las braguitas cayeron al suelo y ella las apartó con los dedos del pie.
—Sube a la cama y espérame ahí —dijo con voz suave pero firme—. Voy a ducharme y vengo. Ponte cómoda. Ah, y… ¿Paula?
Ella alzó la mirada para encontrarse con la suya como respuesta a su llamada.
—No intentes ir a ninguna parte. He bloqueado el ascensor e incluso si te las ingeniaras para llegar abajo, no te dejarán salir sin mí.
—¿Soy una prisionera entonces? —preguntó con voz ronca.
Pedro sonrió.
—Nunca. Pero haré lo que tenga que hacer para garantizar tu seguridad. Incluso si significa que me tenga que asegurar de que no te vas mientras estoy en la ducha. Ahora métete en la cama para que no cojas frío. Ajustaré la calefacción.
Dejándola ahí de pie, Pedro se dirigió al cuarto de baño y abrió el agua de la ducha. Le estaba dando tiempo para entrar en la cama ella sola y unos pocos minutos para que se tranquilizara a propósito antes de que él se le uniera.
Iba a necesitar mucha paciencia, mucha más de la que estaba acostumbrado a darle a una mujer.
Antes, si esta no estaba completamente metida en el tema, cortaba el contacto con rapidez. Él sabía lo que quería y no tenía ningún deseo de liarse con una mujer que no le daba exactamente lo que él pedía.
Paula también iba a requerir mano firme, y eso a él no le importaba lo más mínimo. Se deleitaba en el pensamiento de cuidar de ella, y la joven terminaría por aprender lo que él esperaba de ella, y Pedro disfrutaría de cada minuto que le otorgara su protección y cuidado. Y con el tiempo ella
también lo haría.
Había cosas de las que tenía que ocuparse. Mentalmente repasó la lista mientras se duchaba rápidamente. La seguridad era su prioridad máxima. No podía permitir tener a Paula desprotegida cuando esos cabrones no tenían ningún reparo en ir tras ella por el dinero que Jeronimo les debía.
Y también necesitaba ropa y zapatos. Estaba el problema del apartamento de Melisa, aunque Pedro sabía que iba a pasar muy poco tiempo allí. Estaba tentado de instalarla en su apartamento, pero no quería abrumarla tanto desde el principio.
Paula necesitaba tener cierta independencia antes de que Pedro tomara el control por completo, aunque ya de por sí controlara todos los aspectos de esa independencia. Era un poco retorcido — bueno, vale, muy retorcido— pero él quería que Paula volviera a recuperar su confianza. Que
tuviera al menos la percepción de tomar sus propias decisiones aunque estas fueran en un ambiente completamente seguro.
Tendría su propio espacio. Tendrían citas. La ducharía con afecto. Pasarían tiempo juntos, y, al final, cuando ella estuviera más segura de cuál era su papel en la vida de Pedro, la trasladaría a su apartamento. ¿A partir de ahí?
Ni idea, eso era lo más lejos que había llegado. Y él sabía que hasta ese día en el que ella viviera con él no se iba a quedar tranquilo.
Hasta entonces tenía que asegurarse de que los problemas de Paula desaparecieran. Frunció el ceño mientras salía de la ducha para secarse. Jeronimo era un gran problema. Ella sentía mucha lealtad hacia él y ese tipo no era nada bueno.
No podía permitir que Jeronimo interfiriera en su vida y que la pusiera en peligro, lo que significaba que Pedro tendría que romper esa dependencia. Y eso a Paula no le iba a gustar.
Sin molestarse en vestirse, se enrolló una toalla en las caderas y salió del cuarto de baño.
Su mirada se suavizó y una sonrisa se dibujó en sus labios cuando vio que ella ya estaba dormida profundamente.
Tenía la cabeza apoyada en la almohada, o mejor dicho, en medio de todo el montón de almohadas y estaba bien acurrucada bajo las mantas. Estas le llegaban hasta la barbilla y las pestañas descansaban delicadamente sobre sus mejillas.
La imagen que tenía frente a él era perfecta. Paula pertenecía a su cama. Nunca se había sentido tan satisfecho por el hecho de que una mujer estuviera en su cama. Esto estaba bien, ella era lo que necesitaba.
Dejó que la toalla cayera al suelo y luego cuidadosamente apartó las mantas lo suficiente para poder deslizarse dentro.
Ella se removió ligeramente y dejó escapar un sonido adormilado que rozó agradablemente sus oídos. Pedro la atrajo hacia él, la rodeó con sus brazos y luego recolocó su cabeza sobre su hombro.
Pasó una pierna por encima de las de ella para que estuviera completamente pegada a él y luego, y solo entonces, se relajó y se quedó dormido abrazado a ella.
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