viernes, 29 de enero de 2016

CAPITULO 46 (SEGUNDA PARTE)




Pedro entró en la sala de espera a tiempo para ver al oficial de policía esposar a Jeronimo con las manos en la espalda. Se acercó a ellos, olvidándose al momento de que había vuelto para informar a Melisa, Gabriel y Alejandro de que Paula se había despertado.


—¿Puedo hablar con él un momento? —le preguntó al policía.


El oficial vaciló, pero luego dijo:
—Dos minutos. Tengo que llevármelo a comisaría.


Pedro asintió y el policía retrocedió un paso, aunque seguía estando cerca y vigilaba a Jeronimo.


—Quería que supieras que Paula está despierta y que está bien —dijo Pedro en voz baja—. También sabe lo que pasó y cómo.


El rostro de Jeronimo se volvió serio y el arrepentimiento pareció torturar sus ojos. Luego miró a Pedro directamente a los suyos.


—Cuida de ella por mí.


—Lo haré —dijo con sequedad.


—Y dile que lo siento —añadió con voz queda—. Dile que la quiero. Que siempre la querré.


—Si la quieres, aprovecharás esta oportunidad para enderezar tu vida —dijo Pedro—. Si te comprometes, contrataré a un abogado para ti. Intentaré llegar a un acuerdo para que puedas ir a rehabilitación y tener la libertad condicional en vez de una sentencia de cárcel. No te garantizo nada. No quiero que estés cerca de Paula. Ella ya ha salido demasiado mal parada con todo esto. Si todo
sale bien, no me opondré a que mantengas el contacto con ella.


Jeronimo se quedó mirando a Pedro durante un buen rato.


—¿Harías eso por mí?


—Lo haré por Paula —dijo Pedro de forma envarada—. Solo por ella.


Jeronimo asintió.


—Gracias, entonces. Lo haré. Ya es hora de que haga algo… diferente. Mejor. Casi mato a la persona que más significa para mí. No puedo siquiera empezar a decir lo que eso le hace a un hombre. No tocaré esa mierda otra vez. Jamás.


—Espero que estés diciendo la verdad. Espero que te reformes y te desintoxiques.


—Ya ha terminado el tiempo —dijo el oficial mientras se acercaba para guiar a Jeronimo hasta fuera.


—Haré que un abogado vaya a verte —dijo Pedro.


Iba en contra de cada instinto el no dejar que Jeronimo se pudriera en la cárcel. Aunque no era que no lo fuera a hacer por un tiempo, igualmente. Sin embargo, esto lo hacía por Paula, porque sería ella la que lo pasaría mal sabiendo que Jeronimo había ido a la cárcel por sus estúpidas acciones. Y él haría todo lo que estuviera en su mano para ahorrarle más dolor. Aunque significara ayudar al hombre que casi había acabado con su vida.


Era retorcido lo mirara como lo mirase. Su fuero interno le decía que se vengara. Que hiciera a Jeronimo sufrir por lo que había hecho. Pero Paula sufriría todavía más y Pedro no lo soportaría.


—Eres un buen hombre —dijo Jeronimo—. Serás bueno para mi Pau. Quiero que sea feliz.


—Ella es mía —corrigió Pedro.


—Pero fue mía primero —rebatió Jeronimo suavemente.


Y luego el oficial se lo llevó y Pedro se lo quedó mirando mientras este se alejaba arrastrando los pies como si se tratara de un hombre mucho mayor que el veinteañero que de verdad era.


—¿Pedro?


Se giró y vio a Melisa de pie a unos pasos de distancia, flanqueada por Gabriel y Alejandro.


—¿Es verdad? ¿Está despierta? Te oí cuando hablabas con Jeronimo.


Pedro se relajó y luego sonrió a su familia.


—Sí, se despertó hace un rato. Hablamos. Estaba desorientada. No tenía ni idea de lo que había pasado. —Su sonrisa se esfumó—. Tuve que contarle lo de Jeronimo.


La compasión se reflejó en los ojos de Melisa.


—¿Cómo se lo tomó? —preguntó Gabriel bruscamente.


—No muy bien. Está molesta —contestó Pedro con un suspiro—. Pero es fuerte y se da cuenta de que ha hecho todo lo que podía por él.


—¿Podemos verla? —preguntó Melisa.


—Sí, peque. Pero primero necesito ver si le permiten comer. Tiene hambre y le prometí una buena comida si la dejaban. Nada de comida asquerosa de hospital para ella.


—Ya me encargo yo y traeré también para todos —se ofreció Alejandro.


—Eso sería genial. Gracias. Estoy seguro de que todos tenemos hambre. Habéis estado aquí toda la maldita noche. Quizás sería mejor que os fuerais a casa y descansarais.


—Nos iremos a casa cuando veamos a Paula. Quiero que sepa que tiene a gente que la quiere — dijo Melisa.


Pedro la abrazó.


—Gracias, peque.


Ella le dio un abrazo y luego se separó.


—Averigua si puede comer algo. Solo sé que yo sí que estoy famélica y que me encantaría hincarle el diente a parte de esa comida tan fantástica que le has prometido.


Paula levantó la mirada cuando la puerta se abrió y Gabriel, Melisa y Alejandro entraron. Unas sonrisas llenas de alivio se dibujaron en sus rostros cuando la vieron sentada en la cama. Pedro le dio un apretón en la mano y sonrió.


—Parece que la comida ya está aquí.


Alejandro se adelantó con varias bolsas y cajas en las manos. Las esparció por la cama y luego caminó hasta el otro extremo para acercarse y darle un beso.


—Menudo susto nos hemos llevado, cariño.


Ella le sonrió y luego se vio apretujada entre sus brazos.


Tan pronto como Alejandro la soltó, Gabriel le dio otro fuerte abrazo y luego Melisa se lanzó sobre ella y la abrazó y comenzó a hablar sin parar hasta que a Paula le dio vueltas la cabeza.


—Te he traído la cena. Bueno, la he traído para todos. No hemos comido mucho durante la vigilia —dijo Alejandro.


—Gracias a todos por estar aquí —dijo con suavidad—. Significa muchísimo para mí tener a gente que se preocupa por mí. Nunca antes había tenido ese apoyo.


Pedro apretó su mano. Alejandro suavizó su mirada mientras Melisa parecía que iba a ponerse a llorar. Gabriel le dio otro rápido abrazo y luego la besó en la parte superior de la cabeza.


—Eres de la familia —declaró Gabriel—. Quizás no somos la familia más normal del mundo, pero tendrás que apechugar con nosotros.


Ella sonrió.


—No puedo imaginarme una familia mejor a la que pertenecer.


Alejandro le alcanzó una caja pequeña de cartón con comida que olía de maravilla. La abrió y se dio cuenta de que la había llenado de comida para picar. Queso frito, pequeños rollitos de cangrejo, costillas a la barbacoa, patatas fritas, fideos asiáticos y sushi. Era tan increíblemente perfecto que no podía hacer más que quedársela mirando mientras su estómago protestaba por el hecho de que no hubiera hincado el diente todavía.


Sin embargo, cuando le dio una botella de zumo de naranja, perdió la batalla y rompió a llorar. Alejandro parecía horrorizado. Melisa y Gabriel intercambiaron miradas nerviosas y Pedro se inclinó hacia ella con la preocupación patente en los ojos.


—Nena, ¿qué pasa? ¿No es lo que querías? Te traeré lo que quieras.


—Es perfecto —dijo sorbiéndose la nariz—. Son mis platos favoritos y, además, se ha acordado del zumo de naranja.


Alejandro sonrió y Pedro se volvió a echar hacia atrás, el alivio inundaba sus ojos. Luego Melisa y Gabriel rompieron a reír y Alejandro se les unió. No mucho más tarde Pedro empezó a reír entre dientes y Paula igual, limpiándose las lágrimas de las mejillas.


—Dios, soy una idiota —dijo—. Tengo la mejor comida del mundo y va y empiezo a llorar como una tonta.


—Estoy contigo —dijo Melisa, cogiendo un plato de esa deliciosa comida enviada del cielo—. ¡La mejor comida del mundo mundial!


Alejandro se sentó al final de la cama, su muslo pegando contra los pies de Paula.


—¿Te han dicho cuándo puede volver a casa?


Pedro suspiró.


—En casos como este, bueno, debería decir, cuando un suicidio se intenta de verdad, ponen al paciente bajo evaluación psiquiátrica, llaman al psiquiatra y esperan que dé el visto bueno, etcétera, etcétera. Pero en este caso, dadas las circunstancias, si todas las pruebas salen bien, se podrá ir a casa mañana. La policía ya ha tomado declaración a Kevin y se quedarán por aquí dando vueltas para verse
con Paula hoy un poco más tarde, pero ella no se acuerda de mucho, así que solo puede dar información de los acontecimientos que ocurrieron antes de perder el conocimiento.


Paula suspiró y masticó uno de los palitos de queso mientras la tristeza se arremolinaba en su pecho. Pedro le dio un apretón en la rodilla y continuó hablándoles a los otros sobre todo lo que el médico había dicho.


—¿Está en la cárcel? —preguntó cuando Pedro terminó.


Pedro le dedicó una mirada llena de compasión.


—Sí, nena. Se lo llevaron justo después de que dejara tu habitación para ir a preguntar lo de la comida. Ha accedido a ir a rehabilitación. Le he ofrecido un abogado si iba a rehabilitación y si se reformaba. Si el abogado puede llegar a un acuerdo con el fiscal, obtendrá la libertad condicional con
la condición de ir a rehabilitación.


—Gracias —dijo—. No tenías por qué hacerlo. Sé que estás enfadado y que tienes todo el derecho del mundo a estarlo. Pero gracias por hacer esto por él.


—Lo hice por ti, nena.


—Lo sé —susurró—. Y te amo por eso.


Los ojos de Pedro se suavizaron como el chocolate al derretirse.


—Yo también te amo, nena.


Paula contuvo un bostezo y se metió un rollito de cangrejo en la boca antes de saborear su exquisito sabor. Lo siguieron los fideos y luego se manchó los dedos de salsa barbacoa cuando devoró una costilla. Para cuando se zampó una cantidad considerable de la comida que Alejandro le había traído, los bostezos venían más rápido de lo que podía comer.


—Nos vamos a ir ya —dijo Gabriel—.Paula está cansada y todos nosotros estamos exhaustos también. Nos vamos a casa a descansar.


—Gracias por estar aquí —dijo Paula otra vez—. Significa mucho para mí. Gracias por preocuparos.


Gabriel sonrió y le revolvió el pelo antes de doblarse para darle un beso en la mejilla. Melisa le dio un abrazo gigantesco y luego Alejandro la besó en la frente y le dio otro fuerte abrazo también.


—Te veo luego, cariño. Descansa para que puedas irte a casa mañana.


—Eso haré —dijo con una sonrisa.


Todos abandonaron la habitación y Paula se relajó de nuevo en la cama con la caja de comida aún descansando sobre su regazo. Pedro se la quitó y la dejó a un lado, y luego manipuló el mando de la cama para que estuviera completamente reclinada.


—Ya es hora de que te vayas a dormir, nena.


—¿Te vas a quedar? —preguntó, preocupada porque fuera a irse y ella se quedara sola.


Él frunció el ceño.


—No me voy a ir a ningún lado. Voy a acurrucarme contigo en la cama y vas a dormir entre mis brazos.


Ella suspiró de alegría.


—Bien. No quiero estar sola esta noche. Los hospitales me dan repelús.


—No volverás a estar sola otra noche más en tu vida —le dijo con ternura y con los ojos llenos de amor y promesa.


Se acomodó en la cama con ella, completamente vestido, y se colocó de costado justo antes de tirar de ella para pegarla contra su pecho tal como había hecho antes. La besó en la sien y luego posó su mejilla en su frente.


—Te quiero —susurró ella.


—Yo también te quiero, nena. He estado a punto de perderte. No voy a volver a pasar por eso otra vez.


Ella sonrió y se acurrucó más en su abrazo; quería sentir la seguridad y la comodidad que su fuerte cuerpo le proporcionaba. Se encontraba donde de verdad realmente pertenecía.




CAPITULO 45 (SEGUNDA PARTE)





Los sueños de Paula eran un tormento. O a lo mejor estaba despierta, pero no podía encontrar las fuerzas necesarias para abrir los ojos. Había tenido un sueño de lo más horrible. 


Ella había estado en un hospital y Pedro se encontraba inclinado sobre ella con el miedo reflejándose en sus ojos. Y luego él le había dicho que había tomado una sobredosis. 


Que había tomado drogas y, ¡que había intentado suicidarse!


Le dolía el corazón. ¿De verdad pensaba que ella podría hacer algo como eso? ¿Y por qué parecía no poder despertarse para que ese sueño tan horrible desapareciera?


Ella quería a Pedro. Quería que la abrazara y le aliviara ese dolor que tenía en el pecho. Que le dijera que nunca creería nada tan terrible de ella. Pero bueno, él no confiaba en ella todavía. La otra noche le había quedado claro.


Intentó abrir los ojos otra vez y deshacerse de ese pesado velo que la entorpecía. Le dolía. Dios, sentía como si alguien le hubiera clavado una estaca justo en el corazón. Pero luchó contra la sensación, decidida a liberarse de la bruma que la envolvía.


Sus ojos parpadearon lentamente, cada vez que lo hacía era como sentir martillazos. Arrastró los párpados hasta abrirlos por completo y, por un momento, un miedo atroz la invadió. 


Estaba oscuro y era un lugar que no le resultaba familiar. Y ese olor… era demasiado estéril. Como un… hospital.


Miró frenéticamente a los lados en un intento de buscarle el sentido al lugar donde se encontraba.


Estaba en una cama extraña. No muy cómoda, tampoco. Un pitido rítmico sonaba con fuerza en su oído, y le hizo poner una mueca en los labios.


—¿Pedro?


Su nombre salió más temeroso de lo que quería, pero estaba asustada y sola y ella quería a Pedro.


Entonces un movimiento a su lado logró asustarla, y luego Pedro de repente se cernió sobre ella con los ojos llenos de angustia y alivio.


—Paula, nena, estás despierta. Gracias a Dios, estás despierta.


Su voz sonó arrastrada debido a la emoción. Como si hubiera estado llorando. Había tanto alivio y preocupación en esas simples palabras que se sorprendió y se quedó más confundida que nunca. ¿Qué había pasado? ¿Qué ocurría?


Se relamió los labios secos y tragó saliva con dificultad. Su lengua parecía ser más grande de lo normal y la sentía como serrín en la boca.


—He tenido el sueño más horrible —susurró—. ¿Qué me pasa, Pedro? ¿Dónde estoy?


Él la besó en la frente y Paula pudo sentir cómo temblaba contra su piel. Casi como si estuviera desesperado por intentar mantener la compostura. Luego tomó su mano y le dio un pequeño apretón.


Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía una aguja intravenosa en el brazo.


—Has estado muy grave, nena. Casi te pierdo. Gracias a Dios que volviste a mí.


Quizás no había sido un sueño. Oh, Dios. ¿Significaba eso que había intentado suicidarse? La histeria se apoderó de su garganta y produjo un sonido estrangulado. Comenzó a sacudirse violentamente y Pedro la estrechó entre sus brazos y la abrazó fuertemente contra él.


—Shh, nena. Todo va a ir bien ahora.


—Yo no lo hice, Pedro —dijo de forma vehemente—. Por favor, tienes que creerme. ¡Yo no me tomé nada! ¡No lo haría!


Él le pasó la mano por el cabello en una caricia y la meció continuamente en sus brazos.


—Sé que no lo hiciste, nena. Lo sé.


Ella se quedó muy quieta y luego se apartó para poder verle la cara.


—¿De verdad?


—Por supuesto. Me dijiste que no lo hiciste, así que supe que no lo habías hecho.


Paula se relajó contra la almohada. Un alivio, dulce y embriagador, le recorrió las venas. La creía.


—Me crees —susurró. El alivio la estaba empezando a marear. Luego frunció el ceño y arrugó los labios, confusa—. Pero entonces, ¿qué ha pasado? No lo entiendo.


—¿Qué es lo que recuerdas? —le preguntó Pedro amablemente.


Ella volvió a fruncir el ceño con mayor intensidad e intentó concentrarse, pero la cabeza le dolía demasiado.


—No lo sé. Fui a buscar a Jeronimo al apartamento. Kevin me llamó. Dijo que había vuelto. Fui, pero me aseguré de que Kevin estuviera conmigo —se precipitó a decir.


Las manos de Pedro se reafirmaron alrededor de las suyas.


—Lo sé, nena. Lo hiciste bien. Todo.


—Estaba muy enfadada con Jeronimo. Le grité. Le pregunté por qué estaba tan decidido a mandarlo todo al traste. Me dijo que quería despedirse y cuando le pregunté adónde se iba solo me dijo «fuera».


Una mirada ceñuda oscureció el semblante de Pedro.


—Me preparó un chocolate caliente. Eso es todo lo que recuerdo —dijo casi imperceptiblemente.


—Está bien, nena. Te vas a poner bien. Eso es todo lo que importa.


Ella levantó la mirada hacia él con la tristeza acumulándosele en el pecho. Las lágrimas le habían cerrado la garganta y apenas podía respirar.


—Jeronimo —susurró—. Fue él, ¿verdad?


Las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas y un sollozo se le formó en la garganta.


Pedro parecía atormentado y con los ojos torturados cuando le devolvió la mirada.


—Me temo que sí, nena. Lo siento.


Ella cerró los ojos.


—¿Por qué?


Pedro respiró hondo y le acarició la mejilla para limpiarle las lágrimas.


—No tenía intención de hacerte daño, cariño. Es un idiota, pero no quería hacerte daño. —Vaciló durante un buen rato. Su rostro era una máscara de lamento—. Pretendía suicidarse.


—¿Qué?


El dolor explotó en su pecho. No. Él no lo haría. Pero entonces los recuerdos se filtraron en su mente. Jeronimo, tan callado y resignado. Diciéndole que se iba a ir y cuando le preguntó dónde, respondiéndole con un simple «fuera».


—¿Por qué haría algo así?


Pedro sacudió la cabeza.


—No tengo una respuesta para eso, nena. Lo siento. No sé en qué estaba pensando. Casi le corto los huevos por ello. Quería matarlo con mis propias manos por lo que te hizo. Casi pierdes la vida. De hecho, tuviste una parada. Gracias a Dios que pudieron recuperarte. Nunca podré perdonarlo por eso.


Ella se quedó callada mientras la tristeza la abrumaba. Esta vez Jeronimo se había pasado de la raya.


Había hecho algo que no podría reparar. Pedro nunca lo perdonaría y ella no estaba tampoco segura de si lo haría. 


Había cruzado una línea y ya no había marcha atrás.


—¿Dónde está? —preguntó con voz queda.


—Aquí. En la sala de espera. Kevin lo está vigilando.


—No dejes que lo haga —susurró—. No dejes que lo vuelva a intentar.


Pedro se deslizó dentro de la cama a su lado, con la cadera descansando contra su costado.


—Ahora mismo estoy más centrado en ti y en que te recuperes. ¿Cómo te sientes? ¿Hay algo que quieras que te traiga?


—Solo estoy grogui —contestó—. Con bochornos. Como si me diera vueltas la cabeza. Me cuesta concentrarme.


—Eso es normal —le dijo suavemente—. ¿Me perdonas, Paula? ¿Estás dispuesta a darme una oportunidad para que haga las cosas bien entre nosotros?


Ella alzó la mirada, sorprendida.


—¿Qué quieres decir?


Pedro cerró los ojos y cuando los volvió a abrir, había una nube de emociones en ellos. Alivio. Tristeza. Preocupación. Miedo.


—¿Te haces una idea de lo mucho que me mata que me preguntes eso? ¿O del alivio que siento al mismo tiempo? Actúas como si no hubiera hecho nada malo. Como si no te hubiera hecho tanto daño cuando te dejaste la piel a llorar mientras estaba a tu lado, incapaz de hacer nada para evitarlo.


Respiró hondo y ella pudo ver lo alterado que de verdad estaba. Tenía un aspecto demacrado, y estaba ansioso, estresado. Como si no hubiera dormido en días.


—Nena, no tienes ni idea de lo mucho que me has asustado. Pensé que te iba a perder. Nunca le estaré más agradecido en mi vida a este equipo médico por no darse por vencidos y luchar por salvarte y traerte de vuelta conmigo.


Para su sorpresa, una lágrima se deslizó por su mejilla y él precipitadamente se la limpió a la vez que inspiraba hondo por la nariz.


—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —susurró.


Pedro sonrió agitadamente, con el alivio aún patente en esos ojos oscuros.


—Más de veinticuatro horas, nena. Te trajeron de urgencias ayer por la mañana.


Ella se quedó boquiabierta.


—¿Tanto?


—Tanto —susurró—. Las veinticuatro horas más largas de mi vida.


—Lo siento —dijo con voz ronca, aún sorprendida por haber estado inconsciente durante tanto tiempo.


—¿Que lo sientes? —soltó una risa exagerada—. Nena, no tienes nada por lo que disculparte.


—Siento que estuvieras tan preocupado —le dijo con ansiedad.


—Mereció la pena porque te tengo conmigo otra vez. Nunca me dejes, Paula. Quédate conmigo. Vive conmigo. Ámame.


—Sí que te amo, Pedro. Lo siento…


Levantó los dedos hasta su boca y la silenció con su contacto.


—No te disculpes por nada más. Te vas a quedar tumbada ahí y vas a escuchar mis disculpas.


Se giró y se colocó encima de la estrecha cama para poder tumbarse junto a ella. Estaban apretujados y apenas cabían, pero él hizo que funcionara deslizando los brazos alrededor de Paula para anclarla y pegarla firmemente contra su cuerpo. Le puso un brazo por debajo de la cabeza para que la tuviera apoyada contra su hombro. Luego soltó un suspiro y relajó el cuerpo. Por un momento se quedó en silencio, pero aún seguía temblando contra ella. La acarició, deslizó la mano por todo su cuerpo y la dejó justo encima de su corazón. Estiró al máximo los dedos como si quisiera corroborar los firmes latidos de su corazón.


Luego deslizó los dedos más arriba, hasta llegar a su cuello, y sintió las pequeñas palpitaciones que provocaba su pulso.


—No he sentido nunca nada más placentero, nena —susurró—. El latido de tu corazón. Tu respiración. Nunca daré por hecho que siempre estarán ahí. Voy a despertarme cada día sabiendo que será el mejor de todos porque todavía sigues aquí, en mi vida, queriéndome, despertándote a mi lado.


Las lágrimas comenzaron a formarse en los ojos de Paula y se derramaron por sus mejillas. El pecho se le hinchó por culpa de un silencioso sollozo y giró el rostro hasta esconderlo en el cuello de Pedro; los hipidos chocaban contra su piel.


—Lo siento, nena. Siento mucho lo que pasó aquella noche. No tenía derecho a decir esas cosas. No te lo merecías. Alejandro no se lo merecía. Me descargué con vosotros cuando sois las últimas personas de la tierra a las que querría hacer daño.


—No pasa nada —dijo, sus palabras sonaron amortiguadas sobre el cuello de Pedro.


—No, sí que pasa, nena. Pero te garantizo que no volverá a pasar otra vez. Nunca. Estoy seguro de que diré cosas que te lastimen. No juraré que eso no volverá a pasar. Pero nunca te haré sentir como te hice sentir esa noche. No vivirás un día más sin mi confianza. Confío en ti plenamente.


—Lo sé —dijo con voz queda—. Lo sé, Pedro.


Él se quedó tieso.


—¿Cómo puedes saberlo? Está claro que no te he dado razones para creerlo.


—Creíste en mí cuando dije que no me había tomado esas pastillas.


Pedro afianzó su agarre alrededor de Paula.


—No, nena. Al principio sí que lo pensé porque era lo que me decían. Pero tú me lo dijiste antes.


Cuando estabas fuera de ti. La única vez que recuperaste la consciencia tan brevemente. Me lo dijiste entonces y supe que no lo habías hecho.


Nuevas lágrimas surgieron de sus ojos y se derramaron contra el cuello de Pedro.


—Gracias. No sabes lo mucho que eso significa para mí.


—Lo sé —contestó con voz queda—. Y siento haber tardado tanto tiempo en regalártela. Nunca más te la volveré a quitar.


Pedro se giró para poder depositar un beso en su frente y dejó los labios pegados sobre su piel, suaves y cálidos. Ella cerró los ojos y saboreó la sensación tan buena de estar entre sus brazos. Estaba viva y Pedro estaba a su lado. No podía pedir más.


—¿Me perdonas? —le preguntó de nuevo.


—Oh, Pedro. Ya te perdoné. La misma mañana que te fuiste a trabajar. Sé que la confianza lleva su tiempo. Nosotros no llevamos tanto juntos. Nos enamoramos muy rápido y deprisa y todo era muy intenso. Y la confianza tarda en labrarse. Nos conocemos desde hace muy poco y aún estamos aprendiendo cosas el uno del otro.


—Eres tan dulce e indulgente —dijo con voz afligida—. No te merezco pero te necesito más de lo que necesito respirar. Y nunca te voy a dejar marchar, nena.


—No lo hagas, entonces —le susurró—. No me dejes marchar, Pedro. Estoy perdida sin ti.


—Tú nunca estarás perdida, nena. Nunca más. Yo siempre te encontraré. No importa adónde vayas, yo siempre estaré ahí para traerte de vuelta a casa.


—Tengo hambre —murmuró—. ¿Me dejarán comer algo ya? ¿Cuándo podré volver a casa? ¿Hay algo… mal… en mí? ¿Estaré bien después de esto?


No pudo evitar que la ansiedad se palpara en su voz.


—No estoy seguro de cuándo podrás volver a casa. El médico dijo que te recuperarías por completo. Estarán haciéndote pruebas para asegurarse de que el hígado no se haya visto afectado pero no esperan que tengas secuelas permanentes. Y sobre la comida, iré a preguntarle a una enfermera. Si dicen que puedes comer, te pediré la comida más fantástica que hayas podido probar. Nada de comida de hospital para ti.


Paula sonrió y el alivio se instaló en su pecho.


—Tengo que ir a decirles a los otros que te has despertado y que estás bien —dijo—. Melisa, Gabriel y Alejandro han acampado fuera en la sala de espera todo el tiempo que has estado aquí. Han estado muy preocupados por ti.


—¿Pedro?


Él se sentó, percatándose de la preocupación que denotaba su voz. Bajó la mirada hacia ella y vio que esta también brillaba fulminante en sus ojos.


—¿Qué pasa, nena?


—¿Qué va a pasarle a Jeronimo?


La expresión de Pedro se volvió seria de inmediato.


—De eso no estoy seguro. Habría que dar parte a la policía. Desde un principio han registrado lo tuyo como un intento de suicidio.


Paula empalideció al escuchar eso, aterrorizada de que alguien pudiera pensar que ella sería capaz de hacerse daño. La vergüenza se apoderó de ella, intensa y asfixiante. 


Ya había dejado atrás el pasado. Y ahora había vuelto justo al mismo punto de partida.


—No te pongas así, nena —dijo Pedro suavemente—. Hablé con el oficial que lo investigaba. Sabe de Jeronimo y cuán involucrado estaba. También sabe que no fue intencionado. No sé lo que eso significará para él, pero es serio. Tendrá que enfrentarse a las consecuencias de lo que hizo.


La tristeza crepitó sobre su corazón y lo apretujó hasta que solo pudo sentir dolor.


—Veré lo que puedo hacer, nena. Deja que yo me preocupe de Jeronimo, ¿de acuerdo? Todo lo que quiero que hagas ahora es centrarte en ponerte bien para que puedas volver a casa conmigo. ¿Confías en mí para que me haga cargo de esto?


Ella asintió lentamente. Sabía que ya estaba fuera de su alcance. Ya no podía proteger a Jeronimo.


Había llegado demasiado lejos y ya no tenía poder en su mano para protegerlo de las consecuencias.


Pero aun así, la entristecía que hubiera optado por terminar con su vida antes que aceptar las cosas que Pedro había hecho por él. La vida era bella. Incluso cuando era mala, siempre había esperanza para ir a mejor. El futuro. Y Jeronimo podría haberse labrado un futuro para él. Esa era su elección y Paula no podía tomar esa decisión por él.


No podía vivir su vida en torno a Jeronimo. Ella ya tenía una vida propia que liderar. Con Pedro. Y quería un futuro mejor.


Ya era hora de dejar que Jeronimo siguiera su camino.


—Sé que esto te duele, nena —dijo Pedro suavemente—. Y lo siento. Haré lo que pueda por Jeronimo, pero tienes que saber que estoy muy cabreado con él. Te podría haber matado. Se te podría haber llevado. Casi lo hizo.


—Lo sé —admitió con voz queda.


Pedro se echó hacia abajo para besarla y luego se bajó de la cama.


—¿Estarás bien durante unos minutos mientras voy a decirle a los otros que estás despierta y a averiguar lo de la comida?


—Sí, estaré bien.


Pedro caminó hasta la puerta y luego se detuvo un momento y se dio la vuelta para mirarla durante un buen rato como si quisiera memorizar cada rasgo de su rostro. Los ojos le brillaban llenos de amor y cariño, y también de alivio. Había tanto amor que ella no podía malinterpretarlo por ninguna otra cosa.


Paula sonrió y vertió tanto amor como pudo en su propia mirada. Él lo recibió. Lo reconoció enseguida. Y luego le devolvió la sonrisa antes de volverse a girar y salir por la puerta.