miércoles, 6 de enero de 2016
CAPITULO 15 (PRIMERA PARTE)
Ver a Pedro dirigir a la dependienta era una experiencia desconcertante para Paula. Se decidía entre
todos los vestidos seleccionados con increíble precisión, desechando rápidamente los que no le gustaban y seleccionando los que sí.
Francamente, era la primera vez que Paula iba de compras sin tener ningún poder de decisión sobre lo que quería. De hecho, era Pedro quien asumía esa responsabilidad. Y aunque era raro, resultaba fascinante al mismo tiempo.
Obviamente Pedro tenía buen ojo para saber lo que le favorecía a una mujer. También era evidente que no tenía ni el más mínimo deseo de que ella llevara nada que dejara demasiado al descubierto, aunque sí muy sugerente. De hecho, había escogido varios vestidos que eran alucinantes y Paula se moría de ganas de probárselos y ver cómo le quedaban. Pero no se podían comparar en nada al vestido que había llevado en la gran inauguración.
Cuando se probó el vestido que Pedro le había elegido para llevar esa noche, Paula casi se desmayó ahí en medio al ver el precio en la etiqueta. Era obsceno. Intentó no pensar en ello mientras se miraba en el espejo, pero era como si una señal de neón estuviera ahí gritándole el precio que marcaba la etiqueta.
De todos modos, se lo tendría que devolver a Pedro. El vestido le quedaba de maravilla; le resaltaba la figura y el color de la piel. Era de tubo entallado, de un intenso color rojo, y, además de ajustársele perfectamente a las caderas, también se le ceñía en las piernas hasta unos cuantos centímetros por encima de las rodillas. No tenía mangas, y tampoco era escotado. Le dejaba los brazos completamente desnudos pero nada a la vista por delante ni por detrás.
Paula nunca vestía de rojo, y a lo mejor era porque lo consideraba demasiado… atrevido. O descarado. Pero daba igual, porque el vestido en ese color le quedaba fabuloso.
Parecía una sirena sexual. Aunque el vestido no fuera escotado, al ser tan ajustado, le dibujaba perfectamente la forma redonda de los pechos.
Se la veía… sofisticada. Y eso le gustaba. La hacía sentirse como si de verdad perteneciera al mundo de Pedro.
—Paula, quiero verlo.
La voz impaciente de Pedro se coló dentro del probador.
Paula estaba sorprendida de que simplemente no la hubiera desnudado en medio de la tienda. La dependienta había cerrado la boutique para él y solo estaban ellos dos dentro del establecimiento. Por la cantidad de dinero que le estaba pagando, no le extrañaba que la mujer estuviera impaciente por obedecer sus deseos.
Abrió la puerta del probador y, vacilante, salió para que la viera. Pedro estaba sentado en una de las cómodas butacas que había justo enfrente y los ojos le brillaron de inmediato cuando su mirada se posó sobre ella.
—Es perfecto —dijo—. Te lo pondrás esta noche.
Se giró y llamó con la mano a la dependienta, que se dirigió hacia ellos.
—Encuéntrele unos zapatos que vayan con este vestido. Ya puede poner también el resto de los vestidos que hemos estado eligiendo para ella, añadir los que considere que le quedarán bien y enviarlos a mi casa. La mujer sonrió — Sí, señor.
Entonces bajó la mirada hasta los pies de Paula.
—¿Qué número tiene usted, señorita Chaves?
—Un treinta y siete —murmuró Paula.
—Creo que tengo los tacones perfectos. Iré a buscarlos.
Un momento más tarde, la dependienta volvió con un par de zapatos con los tacones plateados que parecían tener unos doce centímetros. Antes de que Paula pudiera decirle que de ninguna de las maneras se iba a subir a esos zapatos, Pedro frunció el ceño.
—Se matará con ese calzado. Encuéntrele otros zapatos un poco más razonables.
Impertérrita, la dependienta se retiró rápidamente y volvió poco después con un par de zapatos con tacones negros muy elegantes y sensuales, que al menos no parecían tener un alfiler por tacón.
—Esos son perfectos —afirmó Pedro.
El hombre bajó la mirada hasta su reloj, y Paula pudo ver en su rostro que ya era hora de marcharse.
Sin una palabra más, volvió al probador y se quitó el vestido con cuidado de no arrugarlo, y, tras ponerse de nuevo su ropa, se lo dio a la dependienta para que lo envolviera con los zapatos.
Cuando salió del probador, Pedro la estaba esperando. Le puso la mano en la espalda, que era como estar quemándose a fuego lento, y ambos caminaron hasta la parte delantera de la tienda. ¿Se aplacarían algún día las reacciones que él le provocaba? ¿Llegaría el día en que la tocara y ella no se estremeciera?
No parecía posible dada la intensidad de la atracción que existía entre ellos. Eran como dos imanes que se atraían inexorablemente.
Tras liquidar las compras con la dependienta, Pedro la condujo hasta el coche que los estaba esperando fuera y juntos emprendieron el camino de vuelta al apartamento.
Sabiendo que Carolina se iba a preguntar dónde narices estaba, sacó su teléfono y le envió un mensaje.
CON Pedro. NO SÉ SI ME QUEDARÉ OTRA VEZ ESTA NOCHE. TENGO UN EVENTO AL QUE IR. ACABO DE VENIR DE COMPRAS, OMG. TE PONDRÉ AL DÍA LUEGO.
Pedro la miró con curiosidad pero no hizo ningún comentario. Devolvió el teléfono a su bolso, pero apenas unos pocos segundos después el móvil empezó a sonar. Se trataba de la melodía que tenía configurada para cuando llamaba Juan, así que lo volvió a coger de nuevo.
—Es Juan —le articuló con los labios a Pedro.
Él asintió.
—Hola, Juan —dijo Paula cuando descolgó.
—Paula, ¿cómo te van las cosas? ¿Todo bien?
—Sí, claro. ¿Qué tal tú? ¿Cuándo vais a volver tú y Alejandro?
Respuesta que Paula temía porque sabía que cuando Juan volviera no habría ninguna forma de esconderle que trabajaba para Pedro. Y tampoco de saber cuántos rumores o cotilleos podría escuchar referentes a ella y a Pedro. No estaba preparada todavía para hacer frente a esta delicada cuestión. Y quizá nunca lo estaría.
—Pasado mañana. Las cosas están yendo bien aquí. Solo quería ver cómo estabas y asegurarme de que todo iba bien.
De fondo, Paula escuchó la risa suave de una mujer y la voz de Alejandro. Los ojos se le abrieron como platos al recordar la charla que había escuchado por causalidad en el baño.
—¿Dónde estás? —le preguntó.
—En la suite del hotel. Tenemos otra reunión mañana y luego un evento social para conseguir posibles inversores locales por la noche. Cogeremos temprano un vuelo a la mañana siguiente y estaremos de vuelta en Nueva York al mediodía.
Si estaban en la suite del hotel, era obvio que sí que había una mujer con Juan y Alejandro. Estaba claro que había mucho que no sabía sobre su hermano. Era un poco raro e incómodo, además de repulsivo, conocer de repente aspectos de su vida sexual, así que… no, gracias. No quería imaginárselo en algún trío ilícito con Alejandro y otra mujer.
—De acuerdo, te veré entonces.
—Cenemos juntos cuando vuelva. Siento mucho no haber estado contigo en la inauguración, no te he visto apenas últimamente.
—Sí, me gusta la idea.
—Entonces es una cita. Te llamaré cuando llegue.
—Te quiero —le dijo Paula al sentir un arranque de afecto por su hermano mayor. Había sido una pieza vital en su vida. No como figura paternal, sino más bien como una presencia firme en la que apoyarse desde una edad muy temprana. A la muerte de sus padres, no muchos hombres habrían asumido la responsabilidad de hacerse cargo de una hermana muchísimo más pequeña cuando él mismo no era más que un jovencito más.
—Yo también te quiero, peque. Hasta luego.
Paula colgó y se quedó sentada mirando al teléfono por un momento, la culpa la estaba ahogando.
Tenía la excusa de que ya era adulta y plenamente capaz de tomar sus propias decisiones. Pero también estaba el hecho de que Juan y Pedro eran muy buenos amigos, además de socios en el trabajo. Meterse entre ellos no era algo que Mia quisiera para nada. Pero, de todos modos, tampoco podía ignorar la incontrolable atracción que existía entre ella y Pedro.
—¿Ha pasado algo? —le preguntó Pedro.
Ella alzó la mirada y le ofreció su mejor intento de sonrisa.
—No, para nada. Juan quiere cenar conmigo cuando vuelva —entonces hizo una breve pausa y frunció el ceño al recordar que Pedro tenía derecho exclusivo para controlar su tiempo—. Supongo que no hay ningún problema, ¿verdad?
Pedro suspiró.
—No soy un cabrón, Paula. No te voy a alejar de tus amigos ni de tu familia. Especialmente de Juan, sé lo unidos que estáis los dos. Por supuesto que eres libre de ir a cenar con él. Aunque, después, debes volver conmigo.
Ella asintió, aliviada al oír su rápida aprobación. Pedro era posesivo y controlador, y ella lo sabía antes de que el contrato hubiera entrado en escena. Pero no tenía forma alguna de saber lo lejos que llevaría las cosas o lo literal que iba a interpretar el contrato.
—Necesito que me respondas a algo, Pedro.
Él la miró confuso.
—Este trabajo, como tu asistente personal, ¿es de relleno? Es decir, me presentaron a todo el mundo como tu asistente personal. Sin embargo, luego viene Eleanora, me pide el almuerzo y me lo trae. Resulta una actitud extraña para mi puesto de trabajo y ya hay habladurías…
Él levantó la mano para hacerla callar con los ojos inundados por una repentina fiereza.
—¿Qué habladurías?
—Llegaré a eso en un minuto —le dijo con impaciencia—. Lo que quiero saber es si mi trabajo va a tener consistencia. Me estás pagando un montón de dinero y yo preferiría ganármelo con mi trabajo y no solo abierta de piernas.
Pedro levantó las cejas por la sorpresa de su respuesta.
—No eres ninguna puta, Paula. Te dejaré el culo bien calentito como alguna vez vuelvas a sugerir tal cosa.
Era un gran alivio escucharle decir eso aunque ella nunca había pensado que Pedro la viera realmente de esa forma. Quizás era más como ella se veía a sí misma, y no le gustaba cómo eso la hacía sentirse.
—Y respecto a tu pregunta, solo porque no te haya agobiado en tu primer día en la oficina no significa que no vayas a tener mucho trabajo. Te enseñaré mi rutina y te familiarizaré con cómo ayudarme de la mejor manera. Recuerda que esto también es nuevo para mí. No estoy acostumbrado a tener
asistente personal y será un cambio al que me tendré que adaptar.
—Yo solo quiero ganarme mi sueldo, Pedro. Es importante para mí. Tú eras el que decía que mi talento y mi educación se estaban desperdiciando en La Pâtisserie. No quiero depender solo de los favores sexuales que te doy para sobrevivir en este trabajo.
—Entendido. Ahora, ¿qué narices es eso que has dicho sobre los rumores? ¿Te ha dicho alguien algo?
Se arrepentirán de haberlo hecho.
—No a mí. Pero estaba lo bastante cerca como para oírlos. Y no fue intencionado. Estoy segura de que se hubieran muerto de la vergüenza de haber sabido que estaba allí. No sé quién dijo qué; apenas pude procesar todos los nombres y caras cuando me presentaron a la gente. Y tampoco pude ver quién estaba hablando porque estaba en el baño escondiéndome en un retrete.
Pedro la miró con incredulidad.
—¿Escondiéndote en el baño?
—Entraron cuando yo ya estaba dentro —le dijo con exasperación—. Tan pronto como empezaron a hablar, quise asegurarme de que no se dieran cuenta de que estaba escuchando la conversación. Fue bastante incómodo.
—¿Qué dijeron?
—Nada que no fuera de esperar.
—Paula —le gruñó—, dime lo que dijeron.
—Se preguntaban si te estabas acostando conmigo. También tenían cosas que decir sobre Juan y Alejandro,
y, tras esa llamada de teléfono hace un minuto, yo misma me pregunto lo acertados que eran esos rumores.
—Me estoy acostando contigo —dijo él como si nada—. Eso no va a cambiar. Y no lo saben con certeza. Ya hemos discutido esto, Paula. Pensarán lo que quieran pensar y eso no lo podemos cambiar. Yo tengo muy claro que no pienso disuadirles de esos rumores porque, si ya se han montado su película, nada de lo que tú o yo digamos va a hacerles cambiar de parecer. No me importa una mierda lo que piensen.
Pero deben ser respetuosos contigo, porque como escuche algo, o si te dicen algo a ti directamente, acabaré con la persona responsable de inmediato.
No había mucho más que añadir a eso.
Paula no mencionó la parte donde habían entrado a su oficina a propósito, aunque sintió una punzada de culpabilidad. ¿No debería saber que estaban hurgando en su vida privada? Y es más, ¿no debería saber que el tema del contrato era ahora de conocimiento público? O al menos dentro de la oficina.
Toda la situación la ponía incómoda. Su lealtad era para con Pedro. Paula no conocía a esas otras mujeres, por lo que no les debía nada. Si Pedro averiguaba que ella lo sabía y no le había dicho nada se pondría furioso.
Paula suspiró; odiaba la posición en la que se encontraba.
—¿Qué pasa? —le exigió.
Ella levantó la mirada sintiéndose culpable y volvió a suspirar.
—Hay algo que deberías saber, Pedro.
—Te escucho.
—Eso no fue todo lo que dijeron hoy en el baño.
Pedro frunció el ceño con más ímpetu.
—Se trataba de un grupo de mujeres, así que no sé quiénes eran y no tengo ni idea de quiénes podrían ser. Pero también mencionaron tu… contrato. Especularon sobre la existencia de un contrato muy peculiar, y entonces una de las mujeres tomó la palabra y confirmó que ella lo había visto, por lo que
sabía que los rumores eran reales.
—¿Cómo narices puede saber tal cosa?
Estaba claro que Pedro no la creía y que se iba a enfadar mucho cuando le dijera cómo lo había averiguado la mujer. Solo esperaba que la información no arruinara toda la velada, porque lidiar con un Pedro enfadado y de mal humor no encajaba en las diez mejores formas de pasar la noche con él.
—Comentó que había entrado en tu oficina, manipulando la cerradura, porque tenía curiosidad, y te registró el escritorio.
—¿Que qué?
El sonido de su voz fue explosivo dentro del coche, y Paula se encogió al escuchar la implícita amenaza.
—Déjame ver si lo he entendido. ¿Ella dice que manipuló la cerradura de mi oficina y me registró la mesa porque tenía curiosidad por saber si el rumor que había sobre mi vida privada era verdad?
La furia que Paula podía escuchar en su voz la puso en alerta. Estaba que echaba humo, el cuerpo entero le temblaba de ira e indignación.
—Eso es lo que dijo —contestó Paula en voz baja.
—Voy a hacerme cargo de esto mañana. Si tengo que despedir a cada uno de los empleados, lo haré. Me niego a tener gente en la que no puedo confiar trabajando para mí.
Paula cerró los ojos. Esto era lo último que quería que pasara. Lo único que quería era que Pedro fuera
consciente de que podía ser más cuidadoso. Quizás incluso considerar la opción de no tener información privada y personal en la oficina.
Entonces Pedro le cogió la mano y le dio un apretón para tranquilizarla.
—No tienes de qué preocuparte, Paula. Has dicho que no sabían de tu presencia en el baño. No sabrán que me lo has dicho. Pensarán que una de sus compañeras de oficina la ha traicionado.
—De todos modos, no me tranquiliza saber que soy la responsable de que alguien pierda su trabajo —le dijo aún en voz baja.
—Eres muy compasiva, Paula. Si me ha traicionado de esa manera, no merece trabajar para mí. No tolero la deslealtad de ninguna clase.
Paula suponía que eso era verdad, pero deseó que no hubiera sido ella la que se lo hubiera tenido que decir.
El coche se detuvo justo fuera del edificio de apartamentos de Pedro y ambos salieron. Cogió las cajas de la tienda de ropa y se encaminaron hacia su apartamento.
Tan pronto como estuvieron tras sus puertas, Pedro dejó caer las cajas en el suelo y arrastró a Paula hasta el salón para colocarla encima de la gruesa y afelpada alfombra de piel de borrego.
—De rodillas —le dijo con brusquedad.
Desconcertada, ella hizo como le había ordenado y se arrodilló encima de la suave alfombra.
Pedro se empezó a desabrochar los pantalones, se bajó la cremallera y luego se sacó el pene semierecto. Se acarició de arriba abajo mientras la observaba en todo momento y fijaba la mirada con avidez en su boca.
Ella lo contempló con fascinación mientras su erección se tensaba y se hinchaba hasta ponerse dura como una piedra.
Verlo masturbarse y darse placer era erótico y hermoso. La anticipación que se respiraba en el aire era intensa; Paula podía sentir su excitación y su deseo correr a través de su cuerpo.
Pedro deslizó la mano hasta el glande y lo apretó ligeramente antes de volver a bajar la mano hasta la ingle. La diferencia de lo grande que ahora era con respecto a antes se hacía incluso más patente. Paula sabía qué era lo que le iba a ordenar antes incluso de que él abriera la boca. Imaginárselo era lo único que podía hacer para no juntar los muslos y calmar y aplacar el acuciante dolor que tenía entre las piernas. La boca se le hacía agua por las ganas de tenerlo entre sus labios y saborearlo con la lengua.
Él le había dicho que tendría su oportunidad, y ahora era el momento.
—Hoy ha sido todo para ti, Paula. Ahora lo es para mí. Abre la boca.
Apenas tuvo tiempo de procesar la orden antes de que Pedro se deslizara con fuerza bien dentro de su boca.
La sensación de contraste de duro a suave y aterciopelado la trajo hasta un estado de gran sensibilidad. Paula inspiró profundamente y saboreó su olor y su sabor. Estaba muriéndose por tenerlo dentro de ella. Lo quería en su interior, poseyéndola. Nunca tenía suficiente de él.
Pedro hundió los dedos en su pelo y le agarró la cabeza. Se la mantuvo ahí quieta mientras él se retiraba y luego volvía a apoderarse de nuevo de su boca.
—Ah, Paula. Tu boca es tan placentera… He soñado con esto. Con follar esos bonitos labios y correrme en tu boca.
Ella cerró los ojos cuando sus movimientos se volvieron más vigorosos y provocaron que el cuerpo entero le temblara. No es que fuera ninguna experta haciendo mamadas, pero tampoco se trataba de una principiante en lo que a sexo oral se refería, así que estaba completamente decidida a hacer que Pedro olvidara a todas esas otras mujeres que habían tenido los labios alrededor de su polla.
Lo lamió y lo succionó; dejó que continuara deslizándose dentro y fuera de su boca mientras ella colmaba de atenciones su rígido tallo. El gemido que Pedro soltó llenó sus oídos con total satisfacción y avivó la confianza que sentía en sí misma, así que tomó la iniciativa y lo acogió con más profundidad dentro de su boca.
—Joder —gimió—. Eso es, nena. Más adentro, más fuerte. Me encanta sentirte. Me encanta la forma en que tu garganta se convulsiona alrededor de mi polla. Acógela… más adentro. Toda entera. Eso es.
Los dedos se enredaron con más fuerza en su pelo hasta que a Paula le fue imposible moverse. Se dio cuenta de que Pedro quería el control. Quería dirigir la acción. Por tanto, ella accedió y le dejó que se saliera con la suya.
Relajándose, echó la cabeza hacia atrás para poder acogerlo más en su interior y se obligó a sí misma a aceptar lo que fuera que él quisiera darle. Paula quería que él estuviera satisfecho. Quería sacudir todo su mundo.
Pedro la embistió, imponiéndose más que antes en su interior, y luego se quedó ahí en lo más hondo de su garganta con la nariz de Paula pegada a su ingle. Justo cuando ella empezó a luchar en busca de aire, la soltó, se salió de ella y la dejó que respirara.
Entonces se acercó de nuevo a su boca, teniéndola aún bien agarrada por el pelo. Restregó su miembro por encima de sus labios y luego se hundió con fuerza en su garganta.
—Dios, lo que me haces… —dijo con voz ronca —. Quédate de rodillas, Paula. Voy a correrme en tu boca y quiero que te lo tragues todo.
Ella podía saborear ya el líquido preseminal en su lengua, así que sabía que estaba cerca. Todo el cuerpo de Pedro estaba completamente tenso, señal de que el inminente orgasmo estaba a punto de estallar. No era un baile sensual y lento hasta encontrar placer al final, no. Más bien iba rápido y directo al grano.
Pedro comenzó a moverse rápido y con fuerza. Sonidos húmedos hacían eco en sus oídos mientras sus mejillas se llenaban con cada arremetida. Aunque Paula supo que su orgasmo estaba a punto de llegar, el primer chorro de semen la cogió igualmente por sorpresa.
Caliente y con un punto salado, le salpicó por toda la boca, llenándola, mientras él mantenía el mismo ritmo frenético.
Paula tragó e intentó no atragantarse, pero él seguía corriéndose sin parar. Los contundentes latigazos de semen se estrellaban contra el interior de su garganta justo antes de que su glande lo hiciera. Le tiró del pelo hasta rozar el límite del dolor, pero ella lo ignoró. Pedro se puso de puntillas y empujó las caderas hasta que Paula estuvo casi abrumada por la profundidad de su entrada.
Durante un buen rato, se quedó ahí enterrado en su garganta mientras los últimos resquicios de su simiente
caían dentro de su boca. Cuando terminó, le soltó el pelo por fin y lentamente dejó que su miembro se saliera de su boca.
Paula tragó y tosió y tragó otra vez con ojos lacrimosos, pero se obligó a sí misma a fijar su mirada en él. Quería ver su satisfacción, su aprobación.
Sin embargo, todo lo que encontró fue arrepentimiento.
Pedro la agarró con suavidad para ponerla de pie y le acarició los brazos desde los hombros hasta las muñecas mientras la miraba fijamente.
—No tengo remedio contigo, Paula. Te hago promesas que no puedo cumplir. No soy yo cuando estoy contigo. No estoy siquiera seguro de gustarme ahora mismo. Pero no puedo parar. Dios, incluso si eso hace que me odies, no puedo parar. Y no pararé. La necesidad que tengo de ti me consume y no se va.
Impresionada por su franca admisión, Paula solo pudo mirarlo a los ojos mientras su corazón latía y golpeaba contra las implicaciones que esa confesión conllevaría.
Pedro le acarició la mejilla con suavidad con el arrepentimiento aún ensombreciendo sus ojos azules.
—Ve y vístete para esta noche. No nos quedaremos demasiado tiempo en la fiesta, así luego podremos ir a cenar.
CAPITULO 14 (PRIMERA PARTE)
Paula estaba inmersa en su trabajo cuando la puerta se abrió y entró Pedro. Levantó la mirada de los papeles y se embebió completamente en él. Los ojos de Pedro se cruzaron con los de ella, apareciendo en ellos justo entonces un destello de satisfacción que la hizo marearse de la excitación. Además, los atravesó una inmediata ola de reconocimiento, de tensión, que casi se podía palpar en la espaciosa oficina.
La lujuria se instaló en los ojos de Pedro, y Paula notó un pinchazo agudo en las entrañas mientras todo su cuerpo cobraba vida. Una intensa combinación química explosiva que por fin se habían permitido liberar.
—Ven aquí.
La orden fue rápida e imperiosa y Paula automáticamente se puso en pie como respuesta a su brusca solicitud. Se encaminó hasta el centro de la habitación, donde Pedro estaba de pie, y este la estrechó rudamente entre sus brazos.
Pedro la besó con desesperación y deseo, como si no hubiera pensado en nada más que ella en su ausencia. Era un pensamiento muy fantasioso, uno que parecía válido teniendo en cuenta la forma en la que le estaba devorando la boca. Sus lenguas húmedas se encontraron con fervor. El pintalabios se le correría, pero la idea de verlo con el mismo color en sus labios solo intensificaría el instantáneo deseo
que él había avivado en su interior.
Ella podría estar llevando las marcas de los dedos de Pedro, pero, de alguna forma, él también llevaría las de ella aunque fuera temporalmente. Su sello. Su marca. Ella bien podría ser suya, pero él también le pertenecía a ella durante todo el tiempo que su relación durara.
Paula percibió una chispa de perfume en su ropa, que la puso celosa perdida sin importar lo poco razonable que pudiera ser.
La inmediata posesividad la pilló por sorpresa. Ella nunca se había considerado una persona posesiva o celosa, pero la idea de que otra mujer hubiera estado cerca de él le hacía querer sacar los dientes y gruñir. Pedro necesitaba una señal invisible en la frente que dijera: «Las manos quietas. Es mío».
Pedro alargó el brazo hacia abajo para agarrarle la mano y luego la arrastró hasta su mesa. Paula no tenía ni idea de lo que estaba a punto de hacer, pero sus sentidos estaban bien alerta.
Él se sentó en la silla y se separó un poquitín de la mesa.
—Quítate la falda —le dijo abruptamente.
Con los nervios a flor de piel, Paula dirigió la mirada hasta la puerta y luego la volvió a posar en él.
—La puerta está cerrada con llave, Paula —le dijo con impaciencia—. Ahora quítate la falda.
Tragándose todas sus dudas, comenzó muy lentamente a bajarse la falda hasta dejar desnuda la parte inferior de su cuerpo frente a la ávida mirada de Pedro.
Para su sorpresa, este no le dijo que se quitara la camisa ni el sujetador, sino que le agarró la mano y la llevó a su dura entrepierna. Ella ahogó un grito de sorpresa cuando entonces las manos de él la rodearon por la cintura y la levantaron lo suficiente como para sentarla en el borde de la mesa.
—Anoche fui descuidado —le dijo con un tono de voz ronco.
Paula estaba confusa y segurísima de que su expresión no indicaba lo contrario.
—Normalmente no soy tan egoísta durante el sexo. Mi única excusa es que me haces arder, Paula. Tenía que tenerte.
Sonó como si no quisiera estar admitiéndolo. Había reticencia en sus ojos, pero sus palabras sonaron llenas de sinceridad.
—Échate hacia atrás —le dijo en un tono más suave—. Apóyate en la mesa con las manos mientras disfruto de mi postre.
«Oh, Dios». Paula dejó de respirar por un momento y luego continuó soltando el aire a bocanadas. Se colocó como él le había dicho, y Pedro le separó cuidadosamente los muslos hasta dejar su sexo desnudo al alcance de su mirada y de sus caricias.
Pasó un dedo por la unión de sus labios y luego, con dos, los separó hasta dejar más a la vista su carne más íntima. Pedro bajó la cabeza y el cuerpo de Paula se puso completamente tenso, anticipándose a esa primera caricia.
Fue como recibir una descarga eléctrica cuando la lengua de Pedro finalmente pasó por encima de su clítoris; las manos casi se le deslizaron sobre la mesa y el cuerpo se le sacudió entero en respuesta a sus caricias.
Jugó con ese punto sensible una y otra vez, moviéndose en círculos a su alrededor y succionándolo con suavidad. El deseo se le acumuló todo en su bajo vientre y de ahí se extendió como fuego hasta las otras partes del cuerpo. Cada lametón que le daba la lengua de Pedro la ponía más a punto, la llevaba más cerca del clímax hasta que no podía hacer más que jadear en busca de aire.
Se movió más hacia abajo y dejó un rastro húmedo con la lengua hasta llegar a la entrada de su cuerpo. La rodeó con movimientos rápidos y expertos, y luego se introdujo en su interior para hacerle el amor con la boca.
Paula sentía tal punto de dolor que tenía todo el cuerpo tenso y poniéndosele incluso más rígido con cada caricia que Pedro le proporcionaba. El orgasmo estaba tan cerca que estaba desesperadamente perdida por correrse, pero él parecía no tener prisa ninguna. Se le veía completamente sintonizado con su cuerpo. La llevaba hasta el mismísimo límite del placer, pero luego ralentizaba el ritmo y la volvía a
aplacar dándole pequeños besos con la boca y leves roces con la lengua.
Nunca había tenido a nadie entre las piernas con tanta experiencia y habilidad. Pedro podía ser exigente y egoísta —tal y como él se había calificado a sí mismo— pero no era ningún principiante en lo que se refería a darle placer a una mujer. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, y la estaba volviendo total y completamente loca.
—Pedro, por favor —le susurró—. Necesito correrme.
Él se rio por lo bajo y ella sintió la risa vibrar encima de su clítoris. Incluso el más mínimo movimiento la podía llevar más allá de sus límites. Depositó un beso en el pequeño bulto y luego la penetró con un dedo bien hasta dentro.
—Todavía no, Paula. Eres muy impaciente. Yo soy el que lleva las riendas aquí, te correrás cuando yo lo permita.
La fuerza y el tono sensual de su voz la hicieron estremecerse tanto que tuvo que esforzarse por mantener el control.
—Tu sabor es tan jodidamente adictivo —le dijo con un pequeño gruñido— que te podría estar saboreando durante toda la tarde.
Paula no sobreviviría toda la tarde, ya estaba cerca de suplicar y apenas acababan de empezar. Cerró la boca y contuvo la súplica que amenazaba con salir de su garganta, pero él lo sabía. Oh, sí. Sí que lo sabía. —Suplícame, Paula —le dijo mientras seguía moviendo el dedo bien dentro de ella—. Pídemelo con palabras bonitas y dejaré que te corras.
—Por favor, Pedro. Te necesito. Deja que me corra.
—¿Quién es tu dueño?
—Te pertenezco a ti, Pedro. Tú eres mi dueño.
—¿Y de quién es esta cosita tan caliente que estoy devorando?
—Tuya —dijo ahogadamente con todo el cuerpo ahora temblándole.
—Y si cuando termine quiero follarte, estoy en mi derecho, ¿verdad?
—Dios, sí. ¡Hazlo ya, por favor, Pedro!
Este se rio otra vez y luego introdujo dos dedos en su interior mientras succionaba su clítoris con más dedicación. La explosión de placer fue brutal e impactante. Se desmoronó por completo. Las palmas de las manos cedieron y de repente se encontró tumbada de espaldas en la mesa. A continuación, Pedro se alzó por encima de ella con una expresión fiera y peligrosamente seductora en el rostro.
Se desabrochó los pantalones, se sacó la polla y con una única y enérgica embestida se hundió en su cuerpo, que aún estaba en pleno clímax. Le subió las piernas hacia arriba para atraerla hasta él y así poder enterrarse más en ella.
Dios, estaba tan adentro… incluso más que la noche anterior, casi como si su cuerpo se hubiera ajustado y ahora pudiera acogerlo entero.
—Los ojos —le ordenó.
Paula al instante cruzó su mirada con la de él.
No había nada de lentitud o ternura en sus movimientos.
Tomaba posesión de ella incluso con más fuerza que la noche anterior. Su cuerpo se movía arriba y abajo en la mesa mientras él embestía contra ella y estrellaba ruidosamente la pelvis contra su trasero. Entonces, de repente, se retiró y rodeó el miembro con la mano.
Moviendo la mano por toda la erección e inclinándose hacia delante, Pedro se masturbó hasta que eyaculó sobre su monte de Venus. Tenía los ojos cerrados y su rostro mostraba los mismos signos de tensión y rigidez que la habían invadido a ella por todo el cuerpo. Casi como una expresión de agonía.
Pero enseguida los abrió y estos brillaron intensamente de satisfacción.
Tenía cierta crudeza en la mirada que le hizo que todo el cuerpo le volviera a la vida una vez más.
Todo el semen que tenía desparramado sobre su sexo brillaba bajo la luz. Pedro suspiró cuando el último chorro salió de su verga erecta y lentamente retrocedió solo un paso para acoplarse de nuevo en los pantalones.
Le pasó las manos por la parte interna de sus muslos y luego por las caderas. Clavó la mirada en la clara demostración de posesión que tenía Paula sobre la piel y los ojos le brillaron de triunfo.
—Me encanta cómo estás ahora —le dijo—. Encima de mi mesa, tan roja e hinchada de todas las veces que te he follado y con mi semen desparramado sobre tu piel. Me encantaría dejarte toda la tarde así solo para poder mirarte.
Él se alejó y Paula se preguntó si efectivamente eso era lo que tenía intención de hacer. Dejarla así, mojada con su semen y teniendo el sexo desnudo y aún palpitándole. Pero entonces volvió un momento después con un paño calentito y cuidadosamente le limpió los fluidos de la piel. Cuando acabó, se inclinó hacia delante y la ayudó a bajarse de la mesa.
Paula se quedó de pie, insegura de si debía vestirse o quedarse tal y como estaba. Pedro le dio la respuesta cuando cogió la falda que estaba en el suelo junto a la silla y se la abrió para que ella pudiera meter los pies.
Le subió la falda por las piernas y le colocó bien la camisa en un intento de quitarle ese aspecto arrugado que mostraba.
—Mi cuarto de baño privado está contiguo al despacho. Nadie te molestará allí. Ve y refréscate un poco, y luego vuelve a tu mesa.
La había despachado.
Se alejó con piernas temblorosas y abrió la puerta que estaba a varios pasos de su mesa. El baño era pequeño y claramente atendía solo a las necesidades de un hombre, pero al menos pudo recuperar la compostura para evitar gritarle al universo entero lo que acababa de pasar.
Abrió el grifo de agua fría y se mojó la cara; cuando volviera a su mesa podría volverse a maquillar y retocar.
Una vez entró de nuevo en la oficina pudo ver que Pedro estaba al teléfono, así que ella se dirigió en
silencio hasta su mesa y cogió el bolso para volver a darse polvos de maquillaje y pintalabios y regresar a continuación al trabajo. El problema era que Paula aún estaba totalmente excitada, incluso después del alucinante orgasmo que Pedro le había regalado con su boca.
Al haberla poseído con tanta rudeza, otro orgasmo se había empezado a formar en sus entrañas y ahora estaba toda inquieta y agitada y no dejaba de recolocarse continuamente en la silla. Su sexo estaba completamente alerta. Cada vez que se movía una pequeña ola de placer salía disparada hacia su vientre.
El hecho de tener a Pedro justo enfrente y necesitar correrse otra vez tenía que ser alguna versión personalizada del infierno.
En un esfuerzo por distraerse, Paula prestó atención a la conversación que estaba teniendo Pedro al teléfono. Estaba hablando de un evento… ¿esta noche? Y diciéndole a quien sea que estuviera al otro lado de la línea que sí que iba a estar allí y que se moría de ganas. Eso probablemente fuera mentira, ya que odiaba los eventos sociales aunque se le dieran tremendamente bien.
Era demasiado directo e impaciente como para verdaderamente permitirse disfrutar de ser simpático
y cordial, pero era parte del trabajo. Pedro atraía a nuevos inversores y luego los fascinaba a ellos y sus bolsillos.
Alejandro era el más extrovertido, tenía un encanto natural que nunca se le agotaba. Paula siempre se preguntaba por qué, de los dos mejores amigos que su hermano tenía, se había decantado siempre hacia Pedro. Alejandro era guapísimo de los pies a la cabeza. Y tenía una sonrisa encantadora y matadora que derretía a las mujeres por donde sea que fuera.
Sin embargo, no era él el que la atraía, sino que lo veía más como Juan. Un hermano mayor indulgente. ¿Pero Pedro?
Nunca, jamás, lo había mirado como a un hermano. Estaba segura de que los pensamientos que tenía sobre él no eran siquiera lícitos en la mayoría de los casos. A lo mejor era,
simplemente, porque Pedro era como más distante, y más misterioso. Un reto.
No es que ella hubiera sido lo suficientemente estúpida como para pensar que podría conquistarlo.
Pedro era Pedro. Inflexible, sin remordimientos y ninguna intención de cambiar, lo cual era bastante malo, porque significaba que Paula tendría que pasarse buscando a algún otro hombre que se le igualara durante bastante tiempo.
Se podía imaginar perfectamente a sí misma comparando con Pedro a cualquier hombre que estuviera con ella después de que él la dejara. No sería justo para ellos, y, además, para ella también sería una gran pérdida de tiempo.
Solo había un único Pedro. Por lo tanto, tendría que disfrutarlo mientras pudiera en el presente y olvidarlo después.
Paula suspiró. Sonaba mucho más simple de lo que con certeza ella sabía que sería. Ya estaba medio enamorada de él, y eso era antes de que se acostaran. Algunos encaprichamientos nunca desaparecían, sino que se convertían en algo permanente, obsesivo y apasionado.
Aunque sabía que debía, no podía controlar las emociones que Pedro provocaba en ella. ¿Era amor?
No estaba segura. Había muchas palabras que podría usar para describir su fascinación por Pedro. Nunca había considerado sus anteriores relaciones como algo a largo plazo, sino como simple diversión. A sus amantes anteriores los miraba principalmente con afecto, pero no se acercaban ni de lejos a lo que sentía por Pedro. La cosa era que no tenía ni idea de si era amor o una simple obsesión.
De todos modos, tampoco importaba realmente. El amor solo era un lío del que haría bien en alejarse todo lo que pudiera, porque Pedro nunca la correspondería. Pero el corazón no siempre hacía caso y esta era una de las cosas sobre las que podría no tener control alguno.
Carolina le diría que dejara de quejarse, que disfrutara de la situación ahora y que no se preocupara del futuro. Que viviera el presente. Era un buen consejo, uno que haría bien en seguir. Pero también se conocía y sabía que se preocuparía intentando analizar cada palabra que pronunciara Pedro, cada acto y cada movimiento, y haría de la relación algo que en realidad no era.
Suspiró cuando las palabras en las que estaba intentando concentrarse tan empecinadamente se volvieron borrosas.
Respecto a sus primeros días en la oficina, se podría decir que no estaba revolucionando el mundo con su ética de trabajo, a menos que el increíble sexo que le había
proporcionado el jefe sobre la mesa contara como revolución.
—Espero que te hayas aprendido bien todos esos perfiles.
La voz de Pedro la sacó de su ensimismamiento y ella volvió la cabeza para comprobar que ya había colgado el teléfono y que la estaba mirando fijamente.
—Esta noche acudiremos juntos a un evento. Es un cóctel que celebra un posible inversor para nuestro resort en California. Mitch Johnson. Su información está en ese montón de papeles. Tienes que saber todo lo que puedas sobre él y su esposa, sus tres hijos, sus intereses y toda la información que haya detallada. También acudirá más gente importante a la fiesta, así que asegúrate de estar familiarizada con los otros nombres que encontrarás en la carpeta, pero el más importante es Mitch.
Paula hizo todo lo posible por evitar que el pánico que le había entrado se hiciera evidente. ¡Qué rápido se había complicado todo!
—¿A qué hora? ¿Y cómo tengo que vestirme?
—¿Qué tienes? Y no me refiero a ese trozo de tela que llevaste en la gran inauguración —dijo con un gruñido—. Preferiría algo que te cubriera más. Yo llevaré traje.
Paula frunció el entrecejo mientras mentalmente visualizaba toda la ropa que tenía. No es que Juan no le hubiera comprado todo lo que ella quisiera, pero, aparte del apartamento que le había comprado, sí que intentaba desmarcarse bastante de sus frivolidades. Su armario era modesto en el mejor de los casos, y el vestido que había llevado a la gran inauguración era lo único que tenía para una ocasión más formal.
Pedro le echó un vistazo a su reloj y entonces volvió a mirar hacia donde estaba Paula.
—Si nos vamos ahora tendremos tiempo de comprarte algo apropiado.
Ella sacudió la cabeza.
—No es necesario, Pedro. Solo estoy pensando en lo que sería adecuado para una fiesta como esta.
Pedro, ignorando su objeción, se levantó.
—Es parte del trato, Paula. Eres mía, y yo mantengo generosamente lo que me pertenece. Necesitarás más de un vestido nuevo, pero hoy no tendremos tiempo para más. Quizá la dependienta pueda comprobar tus gustos y decidir qué es lo que te queda mejor para poder complementar tu armario con ropa diferente que recogeremos más adelante.
Paula parpadeó, sorprendida, pero Pedro, al ver que seguía sentada allí, se desplazó con impaciencia y le lanzó una mirada que le decía, sin lugar a dudas, que empezara a moverse.
La joven cogió su bolso, se alisó la falda y se precipitó hacia él con las rodillas aún temblándole por el sexo explosivo que antes habían compartido en la mesa. ¡Y solo había sido el primer día! Si de verdad estaba siendo paciente y avanzando lentamente, no podía siquiera empezar a imaginar qué sería lo que el futuro le depararía.
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