lunes, 11 de enero de 2016
CAPITULO 30 (PRIMERA PARTE)
Pedro observó a Paula usar su carisma y encanto con los otros hombres durante la cena. Ella sonrió, conversó y habló con comodidad; los tenía a todos y cada uno de ellos hechizados. La pregunta era: ¿lo tenía también a él? La pregunta de Lisa no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
«¿Estás enamorado de ella».
Pedro no podía terminar de explicar la furia ni la impotencia que había sentido ante aquella pregunta.
Había estado pensativo todo el día, y a momentos enfadado y frustrado debido a su incapacidad de mantener las distancias entre él y Paula.
Lo enfurecía que no hubiera podido rebatirle al momento la enrabiada pregunta que le había hecho Lisa. Había pensado en terminar su acuerdo con Paula justo en esos momentos, en alejarse de ella y decirle que su empleo con él había acabado. Pero no había podido, y eso solo lo hacía sentirse más impotente.
La necesitaba. Maldita sea, la necesitaba.
Su mirada se desplazó hacia los posibles licitadores, los hombres que iban a venir a la suite luego.
Obviamente deseaban a Paula; ¿qué hombre hetero y con sangre en las venas no lo haría? Hacía que Pedro quisiera rechinar los dientes, pero contuvo las ganas y en su lugar recibió con los brazos abiertos la oportunidad que eso le ofrecía.
La posibilidad de probarse a sí mismo que esa obsesión que tenía con Paula no era irrompible. Que no la amaba, ni la necesitaba.
Lo que tenía planeado venía en el contrato, aunque en realidad nunca se había planteado compartirla con otro hombre antes. La mera idea le producía unos celos fieros y salvajes. Y ahora mismo también.
Pero ella había sido la que le había expresado su curiosidad ante la idea. Él sabía que Paula no estaba terminantemente en contra, y tampoco era nada que Pedro no hubiera hecho en el pasado.
Podía hacerlo.
Lo haría.
Solo esperaba, por su bien, sobrevivir a ello y no destrozarlos a ambos en el proceso. El humor de Pedro había pasado de pensativo y enfadado a…
Paula no estaba segura de cuál era exactamente su humor.
Le preocupaba porque ahora se la quedaba mirando fijamente, cuando antes no la miraba apenas nada. Y,
además, esa mirada era nueva, como si la estuviera observando con una luz completamente distinta.
Como si sus expectativas hubieran cambiado de una forma drástica. El problema era que ella no tenía ni idea de qué expectativas eran esas.
Mientras que antes había agradecido el silencio que había habido entre ambos porque no quería ahondar en la razón que lo había puesto de tan mal humor, ahora la incomodaba de verdad. Paula quería algo de él, alguna especie de consuelo, aunque no tenía ni idea del porqué.
Volvieron en coche al hotel con la tensión tan bien asentada entre ellos que Paula casi se ahogó en ella.
Quería preguntarle, interrogarlo, pero había algo en esa inamovible mirada que le hacía temer lo que podría escuchar de sus labios.
Tan pronto como estuvieron dentro de la suite, Pedro cerró la puerta y fijó esa rutilante mirada en Paula. La dominación se podía percibir irradiando de él donde antes solo había demostrado paciencia y ternura con ella.
—Desnúdate.
Ella parpadeó al escuchar su tono. No era de enfado. Era más… decidido. La inquietud se izó sobre Paula y la joven vaciló, pero solo consiguió que él entrecerrara los ojos.
—Pensé… —dijo tragando saliva con fuerza—. Pensé que iban a venir a tomar algo.—¿Habían cambiado los planes?
Pedro asintió.
—Y van a venir.
«Oh, Dios».
—No me hagas repetírtelo, Paula —le dijo con una voz suave y peligrosa.
Con las manos que tembládole, Paula se agachó para agarrar el dobladillo de su vestido y se lo quitó por la cabeza.
Luego lo dejó en el suelo a su lado. Se quitó los tacones y los deslizó a través del suelo de madera.
Había miles de cosas que Paula quería decir, miles de preguntas que le estaban rondando la mente, pero Pedro tenía un aspecto tan… imponente… que ella pegó los labios y se quitó las bragas y el sujetador.
—Ve y arrodíllate en la alfombra que hay en el centro de la habitación —le indicó.
Al mismo tiempo que ella caminaba lentamente hacia la alfombra, Pedro comenzó a recoger la ropa y los zapatos del suelo y se dirigió al dormitorio, dejándola a ella para que cumpliera su orden. Paula se hundió en sus rodillas y sintió el afelpado grosor de la alfombra de piel de borrego contra su piel.
Cuando escuchó pasos, Paula alzó la mirada y ahogó un grito cuando vio que tenía una cuerda en las manos. No era una cuerda tradicional, de las trenzadas que se podían encontrar en cualquier ferretería, sino que estaba cubierta de raso y era de un color malva intenso. Parecía suave y sugerente, pero, aun así, Paula no tenía ninguna duda de que estaba presente únicamente para atarla a ella.
Pedro se la enrolló en las manos dejando que ambos extremos se quedaran colgando mientras se acercaba en su dirección. Se inclinó justo donde ella estaba arrodillada y, sin decir ni una palabra, le puso las manos en la espalda. Paula cerró los ojos; el corazón le latía a mil por hora cuando él comenzó a enrollar la cuerda alrededor de sus muñecas para atarlas bien fuerte la una contra la otra. Para su mayor
sorpresa, Pedro incluso le rodeó los tobillos con lo que sobraba de cuerda para así asegurarse bien de que no podía moverse, ni ponerse de pie, ni nada más que quedarse ahí arrodillada y recibir todo lo que él tenía intención de darle.
Y esa idea la excitaba. La desconcertaba ese deseo, esa curiosidad e inquieta necesidad que la invadía. Estaba nerviosa a más no poder, pero también excitada ante la perspectiva de lo prohibido: que otros hombres la tocaran e hicieran a saber qué bajo las órdenes de Pedro.
Seguramente eso era lo que pretendía. Al fin y al cabo ya lo habían hablado.
Cuando terminó se pudo oír el sonido de unos nudillos llamando a la puerta de la suite. Paula dio un pequeño salto en el suelo; el pulso se le aceleró tanto que hasta se mareó.
—Pedro —le susurró. La inseguridad se hacía más que evidente en esa simple súplica.
El hombre aseguró el último nudo, y mientras se alzaba le enredó la mano en el pelo para acariciarla con un gesto tranquilizador.
Esa pequeña caricia la animó como ninguna otra cosa podía hacerlo, y el alivio se instaló dentro de su ser a la misma vez que Pedro se encaminaba hacia la puerta.
Paula había sabido desde el primer momento cuáles eran sus deseos, sus propensiones. Se los había explicado al más mínimo detalle. Y ella había firmado con su nombre un contrato en el que aceptaba ser suya y consentía que él hiciera todo lo que deseara con ella.
A lo mejor Paula no había pensado que realmente Pedro fuera a hacerlo. O quizás una parte secreta en su interior esperaba que sí lo hiciera.
Fuera cual fuera el caso, ahí estaba, arrodillada, atada de pies y manos y desnuda, a la espera de que otros hombres entraran y la vieran.
Pedro abrió la puerta y les indicó a los tres caballeros con los que habían cenado que pasaran dentro.
Sus miradas se posaron en ella de inmediato, y lo que más le llamó la atención es que no estaban para nada sorprendidos. No se les veía impresionados. Solo se reflejaba lujuria y aprecio en sus ojos.
¿Lo sabían? ¿Les había dicho Pedro qué esperar cuando llegaran? ¿Les había dicho que Paula iba a ser el entretenimiento de la noche?
Pedro no le dedicó atención alguna al momento, sino que se quedó conversando con los hombres y sirviéndose algunas copas mientras ella se quedaba sentada en silencio. Unos minutos más tarde fue cuando todos se desplazaron hasta el salón, con las bebidas en la mano.
Estaban hablando de sus negocios. Pedro hablaba de las propias ideas que tenía para el nuevo hotel y les explicó todo el apoyo que ACM ya tenía y qué otras colaboraciones estaban buscando. Todo era muy serio y formal, excepto por el hecho de que ella estaba atada como un pavo y no tenía ni una prenda puesta encima.
Paula observó a los hombres, atractivos y viriles. Vio cómo sus miradas se desviaban hacia ella, incluso hasta estando inmersos en mitad de la conversación de negocios que estaban teniendo. Estaba claro que sabían que ella estaba ahí, así que la anticipación se podía respirar desde todos los rincones de la habitación. El ambiente estaba cargado de ella.
Y entonces Pedro se movió en su dirección con las manos posándose en la cremallera de sus pantalones. Los desabrochó y dejó que se le abrieran mientras enterraba los dedos en el pelo de Paula para delinear su cuero cabelludo y finalmente acariciar sus mejillas. Recorrió toda la superficie de sus labios con un dedo y seguidamente lo introdujo en su boca para que su lengua lo humedeciera.
Los otros hombres contemplaban la escena con gran atención. Los ojos los tenían fijos en Paula mientras esperaban con la lujuria claramente dibujada en sus rostros.
Pedro liberó su miembro y le dio un pequeño golpe con él en la frente para que esta inclinara la cabeza hacia atrás y estuviera en un buen ángulo.
—Abre —le ordenó.
Paula estaba nerviosa perdida, pero la excitación también se hacía eco en sus venas. Estaba excitada por el hecho de que iba a follarle la boca ahí mismo delante de todos esos extraños. Estaba experimentando tantas emociones opuestas que le era difícil saber exactamente qué pensaba o cómo se sentía ante la situación.
Pero ella confiaba en Pedro, y eso ya era más que suficiente para calmarla y hacer que se dejara llevar por sus manos y sus cuidados.
Paula separó los labios y él se deslizó bien dentro de su boca hasta que la punta de su verga estuviera tocando el fondo de su garganta. Las mejillas se le ahuecaron, pero luego se le ahondaron hacia fuera cuando él se retiró de su interior y seguidamente volvió a introducirse.
Fue sorprendentemente dulce con ella dado el estado de ánimo tan intenso en el que se encontraba.
Paula había esperado que se comportara de una manera mucho más brusca, más exigente. Pero le rodeó el rostro con las manos y le acarició las mejillas con los dedos pulgares mientras la embestía con movimientos lentos y pausados.
—Preciosa —murmuró.
—Sí que lo es —dijo uno de los hombres que se encontraba detrás de Pedro.
Su voz la asustó y la sacó de su ensimismamiento. Había sido capaz de olvidar la presencia de esos tipos porque estaba plenamente consumida por Pedro. Solo Pedro. Ahora volvía a ser enteramente consciente de que estaban ahí, observándola, deseándola… Todos queriendo ser Pedro mientras Paula le daba placer.
—Céntrate solo en mí —le susurró Pedro mientras volvía a enterrarse en su garganta, llenándole toda la boca con su larga rigidez.
Era una orden bastante fácil de seguir. Paula cerró los ojos y se perdió en Pedro y en su dominación.
Este comenzó a moverse más rápido y con más fuerza. Se introducía en ella y permanecía inmóvil en su interior por unos momentos. Luego la soltaba y le pasaba las manos por el rostro mientras esperaba a que volviera a coger aire.
—Joder, me la está poniendo dura —dijo Tyson en voz baja.
—Yo también quiero que me la chupe —dijo Charles con una voz forzada llena de lujuria y envidia.
Las manos de Pedro se endurecieron contra el rostro de Paula. Este volvió a embestirla y luego comenzó a moverse a mucha más velocidad y con más dureza. Se corrió dentro de su garganta, en su lengua, y, luego, cuando se retiró, también sobre sus labios. Y a continuación volvió a introducírsela.
—Merde —murmuró el francés.
Los sonidos húmedos que la garganta de Paula hacía al succionar el miembro de Pedro aumentaron de volumen en toda la habitación. Sonaban eróticos y estridentes en contraste con el silencio que reinaba en el ambiente.
—Trágatelo —le ordenó Pedro—. Déjame limpio, Paula.
Este siguió moviéndose en su interior y le dio tiempo para que obedeciera sus deseos. Paula tragó y lo lamió hasta que finalmente se retiró. La verga le brillaba por la humedad de su boca.
Pedro llevó las manos hasta los nudos de sus muñecas y aflojó la aterciopelada cuerda que tenía alrededor de manos y tobillos. Los brazos y las piernas de Paula gritaron en protesta cuando este la levantó hasta ponerla de pie. Pedro se quedó ahí abrazándola durante un buen rato y dejó que recobrara sus fuerzas. Entonces la cogió en brazos y la llevó hasta la larga mesa pequeña que había frente a los sofás.
La tumbó y le separó las piernas. Luego le puso los brazos por encima de la cabeza y deslizó la cuerda alrededor de cada muñeca antes de atarla a las patas de la mesa que tenía Paula bajo la cabeza.
Cuando se volvió a enderezar, su mirada se dirigió directamente al hombre que se encontraba más cerca de ella.
—Puedes tocarla. Puedes darle placer. Pero no le hagas daño bajo ningún concepto. No la asustes. Todo esto es por y para ella. La polla te la dejas dentro de los pantalones y no la penetres, de ninguna forma. ¿Está claro?
—Como el agua —contestó Charles a la vez que se ponía en pie.
domingo, 10 de enero de 2016
CAPITULO 29 (PRIMERA PARTE)
—Pedro, tengo que entregarle estos documentos a John para que pueda echarles un ojo antes de que nos vayamos a París. También tengo que ir a recoger los planes de marketing que tiene. He pensado que podría traer algo de comida y así podemos comer en el despacho.
Pedro alzó la mirada para ver a Paula de pie cerca de su mesa con ojos llenos de interrogación. Él comprobó su reloj y vio que efectivamente ya había pasado la hora del almuerzo. Él y Paula habían estado trabajando toda la mañana para preparar su viaje a París esa tarde.
Parte de él estaba tentado de mantenerla secuestrada en su despacho, donde podía verla y tocarla a todas horas, y mandar a alguien a que fuera a buscar su almuerzo. Era una urgencia que tuvo que reprimir con vehemencia.
Incluso tras pasar el fin de semana entero con ella en la cama, consiguiendo que ambos terminaran muertos de cansancio, aún no tenía suficiente de ella.
—Está bien. Pero no te vayas muy lejos. La tienda de delicatessen de la esquina está bien. Ya sabes lo que me gusta.
Paula sonrió, los ojos le brillaron de una manera insinuante al escuchar su comentario. La pequeña provocadora sabía exactamente lo que le gustaba, y al detalle. Y como no se fuera ahora mismo, Pedro no iba a poder hacer nada para frenar sus instintos.
—Vete —le dijo con una voz ronca que denotaba necesidad y deseo—. Si no dejas de mirarme de esa forma, nunca llegaremos a París.
La suave risa de Paula llenó la estancia y sus oídos al tiempo que se giraba y salía de la oficina. Pedro experimentó un momento de pánico cuando cerró la puerta tras ella y lo dejó solo en la ahora vacía oficina.
No era lo mismo cuando ella no estaba ahí ocupando el mismo espacio que él. Era como si hubieran aparecido nubes en un día plenamente soleado.
Volvió entonces a fijar su atención en la información que tenía delante; se negaba a quedarse mirando el reloj a la espera de que volviera.
Eleanora lo llamó por el telefonillo, lo que logró sacarlo de su estado de concentración, y él frunció el ceño.— ¿Qué pasa, Eleanora?
—Señor, la señora Alfonso está aquí y quiere verle. En… Lisa Alfonso.
Pedro exhaló todo el aire que tenía en los pulmones y cerró los ojos. Ahora no, por el amor de Dios.
¿Se había vuelto loco todo el mundo? Su padre estaba persiguiendo a su madre, y, ahora, Lisa estaba ahí
rondándole otra vez. Ya le había dejado claro la última vez que se había presentado en la oficina que no tenía ningunas ganas de volverla a ver, y que nunca, jamás, volverían a reconciliarse.
Quizá no había sido tan claro como había pensado.
—Dile que entre —soltó Pedro con mordacidad.
Obviamente iba a tener que explicarle las cosas de forma que no se le escapara ni una coma.
Un momento más tarde, Lisa abrió la puerta y entró. Estaba perfectamente maquillada y no tenía ni un pelo fuera de sitio. Pero bueno, ella siempre había tenido una apariencia perfecta y había actuado de manera impecable.
Pedro entrecerró los ojos cuando vio que llevaba puestas sus alianzas, anillos que él le había dado.
Ver el recordatorio de cuando estaban juntos y la poseía lo hizo disgustarse.
—Pedro, tenemos que hablar —le dijo.
Ella se sentó en la silla frente a la mesa de Pedro sin esperar a que él la invitara a hacerlo o a que la echara de la oficina.
—No tenemos nada de que hablar —le dijo con moderación.
Ella frunció el ceño y la primera señal de emoción se reflejó en sus ojos.
—¿Qué tengo que hacer, Pedro? ¿Cuánto más quieres que me humille? Dímelo para que pueda hacerlo y así podamos seguir con nuestras vidas.
Pedro moderó su impaciencia y se sentó por un momento para no reaccionar de una forma demasiado brusca. Quería reírse ante la idea de actuar bruscamente. Ella lo había apuñalado por la espalda. Lo había traicionado. Y aún no tenía ni idea de qué fue lo que la hizo comportarse así.
—No hay nada que puedas hacer o decir para hacerme cambiar de parecer —le dijo con palabras claras y concisas—. Se acabó, Lisa. Esa fue tu elección. Tú te divorciaste de mí, no al revés.
Su rostro se hundió y se secó dramáticamente una lágrima imaginaria.
—Sé que te he hecho muchísimo daño. Lo siento mucho, Pedro. Fui una tonta. Pero aún nos queremos. Sería un error no intentarlo siquiera. Puedo hacerte feliz. Ya te hice feliz una vez, puedo hacerlo otra vez.
Pedro estaba a punto de perder los nervios, así que escogió las palabras con cuidado.
—Yo no te quiero —le dijo tal cual.
Ella se encogió y esta vez no tuvo que fingir tener lágrimas en los ojos.
—No te creo —le contestó con voz quebrada.
Pedro suspiró.
—No me importa lo que creas o dejes de creer. Ese no es mi problema. Tú y yo estamos en el pasado, y ahí es donde nos vamos a quedar. Deja de hacerte daño, no solo a ti sino también a mí, Lisa. Tengo que trabajar y no puedo hacerlo con constantes interrupciones.
—¿Cómo suena un sándwich mixto con beicon y pavo? —dijo Paula mientras entraba en el despacho de Pedro con las manos llenas de bolsas de comida para llevar.
La joven se quedó clavada en el suelo, con los ojos como platos ante la sorpresa de encontrarse a Lisa ahí.
—Vaya, lo siento —añadió de forma incómoda.
Apresuradamente salió del despacho y desapareció, con las bolsas en la mano. Pedro se tuvo que morder la lengua para quedarse callado y no ordenarle que volviera. Maldita sea, la que quería que se fuera era Lisa, no Paula.
Cuando su mirada volvió a la de Lisa, ella entrecerró los ojos y pareció como si se le encendiera una bombilla en la cabeza.
—Es ella, ¿verdad? —le dijo con suavidad.
Había cierta acusación en sus ojos. Entonces se puso de pie, con los puños apretados por la rabia.
—Siempre ha sido ella. Vi cómo la mirabas incluso cuando estábamos casados. No le hice mucho caso. Ella era la hermana pequeña de Juan, así que pensé que la mirabas con el afecto adecuado a una chica de su edad. Pero, Dios, la deseabas incluso entonces, ¿no es así, cabrón? ¿Estás enamorado de ella?
Pedro se levantó con una furia intensa y explosiva.
—Ya es suficiente, Lisa. No vas a decir ni una palabra más. Paula trabaja para mí. Te estás humillando tú solita.
Lisa emitió una risa burlona.
—Yo nunca tuve ninguna oportunidad, ¿verdad, Pedro? Aunque no hubiera sido la que se marchara.
—Ahí es donde te equivocas —le contestó con una voz entrecortada—. Yo te era fiel a ti, Lisa. Siempre te habría sido fiel. Yo estaba entregado a nuestro matrimonio. Qué pena que tú no.
—No te sigas engañando, Pedro. Vi la forma en que la mirabas entonces, y cómo la acabas de mirar justo ahora. Me pregunto si ella tiene idea de dónde se está metiendo. Quizá deba advertirla.
Pedro rodeó su mesa ya incapaz de controlar la ira que le estaba corroyendo.
—Como apenas respires el mismo aire que ella, acabaré contigo, Lisa. ¿Todo ese dinero que aún recibes de mí? Fuera. Y no dudaré ni sentiré una pizca de remordimiento al hacerlo. Eres una zorra calculadora y fría. Paula vale cien veces más que tú. Y si piensas que yo no soy una amenaza para ti, déjale saber a Juan tus intenciones para con Paula. Te garantizo que él no va a ser tan amable o paciente como yo he sido.
Los ojos de Lisa se volvieron calculadores.
—¿Cuánto te va a costar el que no acuda a tu joven asistente?
Y ahora fue cuando llegó a la verdadera razón de toda esa mierda de intento de reconciliación. Pedro se quedó lívido, pero se las apañó para controlar su temperamento. O casi.
—El chantaje no te va a servir conmigo, Lisa. Tú, de entre todas las personas, deberías saberlo. Sé por qué has vuelto. Estás arruinada y apenas te llega para tus caprichitos con la pensión alimenticia. Por cierto, ya que estamos, deberías saber que he contactado con mi abogado. Voy a ir a juicio para que la reduzcan. Fui más que generoso en nuestro divorcio. Quizá ya es hora de que te bajes del carro y trabajes, o de que te busques a otro imbécil que te mantenga, porque conmigo se ha acabado.
Lisa se dio la vuelta y se agarró el bolso como si este fuera su fuente de apoyo.
—Te vas a arrepentir de esto, Pedro.
Él se quedó en silencio, conteniéndose para no entrar en su juego. En lo que a él respectaba, ya se había acabado.
Cuando ella se paró en la puerta, Pedro dijo:
—La próxima vez tendrás prohibida tu entrada aquí, Lisa. Así que no lo intentes. Solo provocarás una escena y te humillarás a ti misma. Voy a avisar a seguridad por si te ven merodeando cerca de mis oficinas —su voz decayó hasta un tono que sonaba peligroso—. Y Dios no quiera que pase, pero, como te vea cerca de Paula, voy a hacer que te arrepientas de verdad. ¿Lo has entendido?
Lisa le dedicó una mirada con tanto odio y veneno que Pedro supo al instante que todo lo que él había
sospechado era verdad. Estaba arruinada y buscaba formas de seguir montada en el tren del dinero.
—Qué bajo ha caído el todopoderoso Pedro —le dijo con suavidad—. Enamorado de la hermanita pequeña de su mejor amigo. Me pregunto si te romperá el corazón.
Y con eso, se marchó de la oficina haciendo aspavientos y con el pelo rebotándole contra los hombros. Pedro esperaba por lo que él más quería que esa fuera la última vez que tuviera que verla.
Estaba a punto de ir en busca de Paula cuando esta asomó la cabeza por la puerta. Él le hizo un gesto con la mano para que entrara y ella dejó las bolsas encima de su mesa.
Estaba muy callada mientras sacaba la caja donde estaba su sándwich. Se lo preparó todo y luego se fue a su propia mesa e hizo lo propio.
La observó mientras comía y leía unos cuantos informes que le había dicho que memorizara para el viaje. Su propio apetito había remitido. Aún les estaba dando vueltas a las acusaciones de Lisa, no podía quitárselas de la cabeza. No le gustó nada lo que había insinuado, pero no podía desechar tan rápido sus observaciones. Y eso lo cabreaba todavía más.
Pedro estuvo callado y pensativo todo el vuelo de Nueva York a París. Pero bueno, había estado así desde que Lisa se había ido de su oficina. Paula no estaba segura exactamente de qué era lo que había ocurrido entre ambos, pero Pedro les había dejado claro a los empleados y a seguridad que Lisa era persona non grata y no podía volver a entrar en el edificio.
Pedro había estado un poco borde y seco cuando él y Paula se dirigieron al aeropuerto con las maletas.
El camino hasta allí fue en silencio, y Paula estuvo más contenta que unas pascuas por mantener ese silencio que se había instalado entre ambos.
Tan pronto como pudo, sacó el iPod y se puso los auriculares. Luego se echó hacia atrás en el asiento y cerró los ojos para escuchar música. Fue un vuelo largo, y Paula ya estaba muerta por todo el fin de semana que había tenido con Pedro. Si no dormía ahora, no sabía cuándo podría hacerlo, ya que le esperaba un día bastante largo.
Aterrizarían en París a las ocho de la mañana, hora local, lo que significaba que tendrían que pasar otras catorce horas antes de que pudiera dormir de nuevo.
No estaba segura de adónde iban a ir. Pedro se tenía que reunir con los posibles licitadores, los elegidos eran los tres mejores para su nuevo proyecto de hotel. Si todo iba de acuerdo al plan, empezarían a construir en primavera. Y además de los licitadores, Pedro también se reuniría con los
inversores locales.
En realidad no existía razón alguna por la que ella debiera estar aquí. Paula no podría añadir nada más a la ecuación.
Lo único que se le ocurría era que Pedro no quería estar sin sexo durante tanto tiempo.
A medio camino, Paula se quedó dormida con la música sonando en sus oídos. Los asientos eran supercómodos, y el hecho de que además se pudieran reclinar por completo hacía mucho más fácil que cediera al cansancio.
Lo siguiente que Paula registró fue a Pedro sacudiéndola lentamente para despertarla y haciéndole un gesto para que colocara bien su asiento. Ella se quitó los auriculares de las orejas y lo miró adormilada.
—Nos estamos preparando para aterrizar —le dijo.
¿Había él dormido siquiera? Aún tenía esa misma expresión seria y adusta que su rostro había mostrado cuando dejaron Nueva York. Este viaje iba a ser un asco si su humor no mejoraba.
Aterrizaron y salieron por la puerta de embarque. Una hora más tarde, después de haber pasado la aduana y recogido su equipaje, se metieron en un coche y se dirigieron al hotel.
Paula tenía curiosidad por saber por qué se quedaban en el hotel de su mayor rival, pero le explicó que a él le gustaba mantenerse al tanto de lo que la competencia hacía, y la mejor forma de hacerlo era quedándose en sus instalaciones.
La suite era lujosa y ocupaba la mitad de la planta más alta del hotel. La vista panorámica que se podía contemplar a través del gran ventanal era completamente impresionante con la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo de fondo.
Paula se dejó caer en el suntuoso sofá y se quedó allí tumbada. Aunque había dormido durante la mitad del vuelo, aún estaba agotada. Los viajes le provocaban eso.
Necesitaba una ducha caliente e irse a la cama, en ese mismo orden. Pero no estaba segura de cuáles eran los planes de Pedro.
Pedro encendió su portátil y se quedó escribiendo durante media hora antes de levantar finalmente la vista hasta donde Paula estaba desfallecida en el sofá.
—Eres libre de descansar si quieres —le dijo—. No tengo nada planeado hasta esta tarde. Iremos a cenar, y luego tomaremos unas copas aquí en la suite con unas cuantas personas. Te he mandado por correo electrónico los perfiles detallados de cada uno de los individuos, así que asegúrate de leerlos antes de que nos marchemos luego.
Su tono era desdeñoso, por lo que Paula se imaginó que la mosca que le había picado aún seguía por ahí molestando, así que se levantó y abandonó el salón de la suite. Esta tenía un solo dormitorio, así que se dirigió allí. Si ese no hubiera sido el caso se habría metido en una habitación separada de la suya.
Oh, y además solamente había una cama. Pues vale.
Se metió en la ducha y se tiró treinta minutos enteros bajo el chorro de agua caliente. Cuando salió, el frío había abandonado sus huesos y su piel era de un color rosado debido a la alta temperatura del agua.
Aún le quedaban horas, y ya había memorizado cada detalle de lo que Pedro le había dado sobre las personas con las que se iban a reunir. Irónicamente, de los tres que se esperaba que fueran los mayores licitadores para la construcción del nuevo hotel en París, solo uno era francés.
Stéphane Bargeron era un rico constructor francés bastante famoso en toda Europa. Los otros dos, Charles Willis y Tyson Tex Cartwright, eran constructores estadounidenses con bastante presencia en Europa.
Charles era el más joven, y era atractivo. Quizá de la edad de Pedro o un poco mayor. Había heredado el negocio de su padre cuando el mayor de los Willis murió, y ahora luchaba por hacerse un nombre y crearse una reputación propia. Venía con ganas, y Pedro esperaba que hiciera una oferta bastante competitiva. Necesitaba este proyecto. Le daría mucho más prestigio y le permitiría comenzar otros
trabajos lucrativos.
Tyson Cartwright era un multimillonario de Texas que rondaba los cuarenta, y que había forjado su empresa a la antigua: poquito a poco. Su historia era impresionante. Paula había leído muchísimo sobre él, y por lo visto había estado trabajando solo desde que era un adolescente. Cuando apenas llegó a la veintena, ya era propietario de una pequeña compañía de construcción en el este de Texas y de ahí comenzó a expandirse. Era una verdadera historia norteamericana de lo que significaba el éxito, el trabajo duro, la determinación y el triunfo.
Stéphane Bargeron era del que Paula conocía menos, simplemente porque trabajaba para un negocio familiar en el que muchos Bargeron estaban involucrados. Él era al que habían enviado para manejar todo la presentación mientras que su padre y hermanos hacían la mayor parte del trabajo duro. Él era la imagen y ellos el cerebro.
Los tres volverían con Pedro a la suite para tomar algo después de la cena de esa noche. Paula no estaba segura de en qué calidad tenía que actuar ella, pero quedarse mirando a cuatro hombres bien parecidos no tenía que ser tan complicado, ¿verdad?
Paula sabía todo lo que necesitaba saber, así que no iba a quedarse frente al ordenador y repasarlo todo de nuevo.
No cuando una increíble siesta la esperaba.
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