miércoles, 13 de enero de 2016

CAPITULO 38 (PRIMERA PARTE)




Pedro mantuvo a Paula vigilada durante todo el fin de semana. Aún mostraba signos de preocupación y ansiedad, así que hizo todo lo que pudo para distraerla cuando era obvio que no paraba de darle vueltas al asunto de Charles. 


Él no tenía ninguna duda de que le había dejado más que claro al hombre lo que pasaría y de que este no iba a volver a ser ninguna amenaza para ella.


Aun así, Pedro nunca daba nada por supuesto, y por eso mismo había hecho varias llamadas a escondidas para que controlaran los movimientos y actividades de Charles. Pero ese detalle se lo había ocultado a Paula, ya que no quería darle ninguna razón para que dudara de su palabra cuando le había dicho que ya no volvería a ser una amenaza para ellos.


El domingo la llevó a comer fuera algo más tarde, lo que vendría a ser una cena bastante temprana, y se sentaron en un restaurante que ya estaba decorado para Navidad incluso antes de que hubiera llegado el Día de Acción de Gracias, que era dentro de unos días. Pedro sabía que a Paula le encantaba la Navidad y todo lo que tenía que ver con ello. El rostro se le iluminó cuando se adentraron en el decorado e
iluminado interior del restaurante.


No estaba completamente seguro de lo que hacer aún para el Día de Acción de Gracias. Mucho dependería de la reacción que tuviera Juan cuando le contaran esta semana lo de su relación. Sus padres lo habían invitado a pasar las fiestas con ellos, y estaba encantado de que estuvieran yendo por el camino adecuado para solucionar las cosas, pero aún se sentía un poco incómodo cuando estaba con ellos.


Además, no quería pasar la festividad alejado de Paula. Y no quería dejarla sola si Juan no tenía planeado estar en la ciudad para entonces.


Cuando salieron del restaurante, la oscuridad ya se había instalado en la ciudad, y las aceras mojadas brillaban bajo la luz de las calles y del tráfico. Paula volvió la cabeza y se rio de felicidad cuando un copo de nieve cayó del cielo y le dio en la nariz.


Se la veía totalmente encantadora con ese gorro de punto y el abrigo tan largo. Ella se giró, con las palmas de las manos hacia arriba, cuando otros copos comenzaron a danzar y caer como en espiral. Pedro se sentía completamente cautivado por ella.


Antes de que pudiera perderse ese momento, cogió su teléfono y le sacó una fotografía, que quería añadir a aquella otra que miraba con frecuencia. Ella no se dio cuenta de lo absorta que estaba en intentar coger copos de nieve desperdigados.


—¡Hace un frío que pela! —exclamó Paula.


Se acercó corriendo y se acurrucó dentro del abrigo de Pedro, luego le rodeó la cintura con los brazos mientras le entraba un escalofrío que la sacudió de la cabeza a los pies. 


Él la apretó contra sí y sonrió entusiasmado.


—En ese caso, vamos a hacer que entres en calor —le dijo mientras la guiaba hacia el coche. Se subieron a la parte trasera del vehículo donde los aclimatadores ya habían calentado la piel de los asientos. Paula se hundió en el suyo y suspiró de puro placer.


—Me encantan las ventajas que traen estas cosas modernas —dijo. Él se rio entre dientes.


—Yo estoy más que feliz de mantenerte caliente.


—Mmmm. Cuando volvamos al apartamento estaré más que feliz de dejar que lo hagas. Deslizó la mano por una de sus piernas hasta llegar al muslo y luego la volvió a bajar hasta la curva de su rodilla.


—Tengo planes para ti cuando volvamos, te lo aseguro.


Ella levantó una ceja llena de interés y un fuego repentino se reflejó en sus ojos.


—Oh, ¿cuáles?


Pedro sonrió.


—Los sabrás cuando lleguemos.


Paula hizo una mueca con los labios para hacerle un puchero y entrecerró los ojos. Él simplemente sonrió.


Oh, sí. Tenía planes. Pedro estaba nervioso debido a los planes que tenía, pero era importante para él reemplazar el último recuerdo de bondage que ella tenía con algo sensual, pasional y ardiente. Con algo agradable en vez de repugnante.


Sabía que si se tomaba su tiempo podría hacer que la experiencia fuera increíble para ella, pero no la forzaría a hacer nada que no quisiera. La observaría con atención, y, si se asustaba o la sentía nerviosa, pararía inmediatamente. 


Ya la había fastidiado con ella bastante, no tenía ningún deseo de volver a darle ninguna razón para que volviera a dudar de él.


Cuando llegaron a su apartamento, la ayudó a salir del coche y la cogió de la mano mientras subían en el ascensor. 


Una vez dentro, él le quitó el abrigo, la bufanda y el gorro, y ella se frotó los brazos con las manos mientras se daba la vuelta para encaminarse hacia el salón.


Pedro había dejado la chimenea encendida mientras estaban fuera, así que la sala estaba bastante calentita cuando volvieron.


Tras quitarse su abrigo, siguió a Paula hasta el salón y la vio de pie frente al fuego.


—Quédate ahí y desvístete —le dijo con una voz ronca llena de necesidad.


Paula levantó la mirada y Pedro buscó algún signo de duda, pero lo único que pudo ver fue confianza reflejada en sus ojos.


—Tengo que coger unas cuantas cosas del dormitorio. Quédate junto al fuego, calentita. Vuelvo enseguida.


Él se dirigió a su dormitorio y sacó una cuerda, el dildo anal y un vibrador del armario. Cuando volvió, pudo ver la silueta de Paula en el fuego; las llamas hacían que la piel le brillara. 


Era tan hermosa que lo dejaba sin respiración.


Cuando su mirada se posó sobre los juguetitos que traía en la mano, abrió los ojos como platos y lo miró con una clara vacilación dibujada en el rostro.


Nunca antes se habría parado a explicarse frente a otra mujer. Él esperaba que obedecieran, sin rechistar. Accedían a todo lo que él pudiera desear hacer cuando firmaban el contrato.


Pero Paula era diferente. Él quería hacerla entender. Quería que supiera lo que estaba pensando. Lo último que deseaba era asustarla o hacer que se alejara.


—Quiero mostrarte lo placentero que puede llegar a ser —le dijo en voz baja—. Lo que ocurrió en París lo hice por motivos equivocados; no era por ti, sin importar lo que yo hubiera dicho entonces. Era por mí y por mis razones… mis estúpidas razones. Dame una oportunidad, Paula. Quiero enseñarte lo hermosa que puede llegar a ser una mujer con el bondage. Y lo placentera que puede ser la experiencia
para ti. Confía en mí para hacerla perfecta para ti.


Sus ojos se suavizaron.


—Confío en ti, Pedro. Solo en ti. En nadie más. Yo nunca puse ninguna objeción contigo. Era a los otros hombres. Mientras solo seas tú el que me toque, no tengo miedo.


Dios, era tan dulce. Nunca nadie había puesto tanta fe en él. 


Ni siquiera su exmujer. Ni cualquier otra mujer con la que hubiera estado. Ellas nunca habían mirado más allá de las cosas materiales que les daba. Nunca habían mirado más allá de su riqueza y su estatus, ni se habían preocupado en conocer al hombre que estaba detrás de todo eso. Y nunca lo habían acogido.


Paula, sí. Ella lo había aceptado. Lo había deseado tanto como él la había deseado a ella. Y no le afectaba ni su dinero, ni su poder. Ella conocía al verdadero Pedro Alfonso y quería a ese hombre, con todo lo que significaba.


Poco a poco estaba aprendiendo a darse cuenta de que bajar las barreras con ella y dejar que viera esa parte de él que nadie veía no era algo malo. De la misma forma que ella confiaba en él, Pedro también confiaba en Paula con su bien más protegido.


Su corazón.


La llevó hasta la enorme otomana de piel y la colocó a cuatro patas. Entonces, comenzó a enrollar la cuerda meticulosamente alrededor de su cuerpo, bajo sus pechos y por encima de ellos para atraer la atención hasta esos deliciosos montículos. Seguidamente la rodeó hasta estar situado junto a su espalda y le aseguró las muñecas contra el coxis mientras le indicaba que pegara la cara contra la suave piel del sofá. Una vez amarradas las manos, estiró la cuerda hasta la parte inferior de su cuerpo y le abrió los
muslos antes de rodear también los tobillos con la misma. 


No paró hasta que esta estuvo tensa entre los pies y las muñecas.


Se encontraba completamente indefensa y vulnerable ante lo que sea que él quisiera hacerle. Y eran muchas cosas.


Su verga estaba dura como una piedra y tirante dentro de sus pantalones, pero Pedro estaba decidido a tomarse las cosas con calma. Quería que ella siguiera el ritmo durante todo el tiempo. Quería que esto fuera para ella, y su placer, ya que antes no había sido así.


Deslizó la mano sobre la curva de su trasero hasta llegar a los húmedos y sedosos labios vaginales.


Jugó con la entrada de su cuerpo moviendo los dedos en círculos, y seguidamente introdujo uno en su interior. Pedro sentía cómo sus paredes calientes y resbaladizas lo envolvían y lo succionaban.


Retiró la mano y luego dio un paso al lado para colocarse frente a su cabeza. Le ofreció el dedo a ella para que lo chupara.


—Saboréalo —murmuró—. Saborea lo dulce que eres, Paula. E imagínate que es mi polla lo que estás chupando.


Vacilante, abrió la boca y él introdujo el dedo en su humedad, justo por encima de la rugosidad de su lengua. Paula cerró los labios a su alrededor y lo succionó suavemente mientras él lo iba sacando de su interior.


Cuando separó la mano de su boca, se agachó a coger el plug y el vibrador. Paula abrió los ojos como platos cuando vio ambos objetos, pero él solo pudo sonreír.


Aplicó lubricante tanto al dildo como a la entrada de su ano y luego usó los dedos para expandir el gel por toda la zona exterior e interior. Seguidamente se llevó el aparatito a la arrugada apertura y comenzó a hacer presión contra su cuerpo sin ninguna prisa, dejando que se adaptara lentamente a la extraña sensación.


Verla ensancharse para que él le colocara el plug lo fascinó, e incluso gimió cuando se imaginó que era su polla la que estaba introduciéndose y abriéndose paso a través de su ano. El pecho le subía y le bajaba del esfuerzo, y ella jadeaba mientras él seguía ensanchándola más y más. A continuación, lo metió por completo y Paula soltó un enorme suspiro al tiempo que su cuerpo se hundía en la otomana.


—Esto es solo el principio —le dijo con una sonrisa.


—Puede que no sobreviva —le respondió ella apenas sin aliento.


Pedro cogió ahora el vibrador y lo encendió a máxima potencia. Tan pronto como le tocó la punta del clítoris, ella pegó un bote y el cuerpo entero se sacudió en reacción a su contacto. Atada como estaba, no tenía más remedio que recibir y aceptar las sensaciones tan intensas y placenteras que la invadieron cuando volvió a presionar la punta del juguetito contra ella, esta vez deslizándolo sobre su carne sensible hasta llegar a su abertura.


Lo introdujo apenas un par de centímetros y luego imitó el movimiento de sus caderas al embestirla con otros más superficiales. Paula gimió con suavidad. La tensión se le reflejaba en las líneas del rostro.


Pedro deslizó el vibrador más en su interior, lo que hizo que ella ahogara un grito ante la profundidad de la penetración. 


Estaba llena por completo, tanto por delante como por detrás, con el plug y ahora el enorme vibrador.


Comenzó a sacudirse de pies a cabeza y movió el trasero hacia arriba con cada envite. Se retorció hasta que Pedro pensó que se iba a deshacer ahí encima de la otomana.


—Pedro, por favor —le suplicó.


—¿Te quieres correr? 


Ella soltó un quejido.


—Sabes que sí.


Pedro se rio ligeramente entre dientes y luego sacó el vibrador de su interior antes de arrodillarse detrás de ella para pasarle la lengua desde el clítoris hasta la apertura de su sexo.


—¡Oh, Dios! —exclamó Paula.


Siguió presionando el rostro contra su tierna carne y succionó el clítoris delicadamente con la boca.


Cuando la sintió tensarse de nuevo, y sintió su repentina humedad contra la lengua mientras le lamía entre las piernas, supo que estaba muy cerca del clímax.


Pedro se enderezó, se desabrochó los pantalones y se sacó el pene erecto. Se colocó justo detrás de ella, guio su miembro hasta la entrada de su sexo y arremetió bien profundo.


Ella gritó. Su nombre se le escapó de los labios en un siseo fuerte y duradero.


Se agarró a las manos atadas para usarlas como soporte y comenzó a poseerla con lentos y duros embistes.


Paula se derritió a su alrededor, un éxtasis tan ardiente y dulce que lo empapaba desde la punta hasta la base de su verga. Usó todo el autocontrol que tuvo, y más, para no saciar su deseo del tirón y correrse en su interior. Le había jurado que esto era para ella, así que esperaría. Pedro tenía toda la intención de darle placer muchas más veces antes de que la noche terminara.


Su cuerpo se sacudió, cada músculo de su cuerpo se tensó y se puso completamente rígida. Soltó un grito estrangulado y luego se quedó laxa mientras él se enterraba en ella otra vez.


Pedro se quedó quieto, esperando a que ella se recuperara del intenso orgasmo. Luego, con cuidado, se retiró y se metió la polla de nuevo en los pantalones.


Mientras le daba tiempo para que recuperara el aliento, sacó una de las fustas que tenía en el armario.


Cuando volvió, Paula tenía los ojos cerrados mientras descansaba la mejilla contra la otomana.


Acercó la fusta a su trasero y le recorrió los cachetes sin dejarse ni un trocito de piel. Ella abrió los ojos al instante y cogió aire, ansiosa por lo que vendría.


—¿Te gusta que te azote, Paula?


—Sí — susurró.


—¿Es buena la sensación? ¿Todo ese dolor intenso y agudo que roza la fina línea del placer?


—¡Sí! —gritó ella más alto.


—Hoy no te voy a azotar como castigo. Voy a señalar ese precioso culo tuyo por nada más y nada menos que el enorme placer que nos dará a ambos. Y cuando termine y te deje el trasero tan rojo como un tomate, voy a follártelo.


Ella gimió, sonido que consiguió encender todos sus sentidos. Sonido que indicaba el agradecimiento de toda mujer, jadeante y adorable.


Pedro se inclinó hacia delante para quitarle con cuidado el dildo anal, que hizo que se encogiera y soltara otro sonido de placer al mismo tiempo que lo liberaba de su cuerpo. Una vez fuera, volvió a pasarle la fusta por encima de los glúteos antes de darle, por fin, el primer latigazo.


Fue suave a propósito; contuvo su fuerza para no golpearla con demasiada dureza. Quería ir poco a poco hasta dejarle esas preciosas marcas rojas que decorarían su trasero. Si empezaba golpeándola demasiado fuerte, solo conseguiría que Paula llegara rápidamente a su límite, y él quería que le suplicara que quería más; no que quería que parara.


Estaba preciosa atada de pies y manos, abierta frente a él y con el pelo cayéndole en cascada sobre el cuerpo y el sofá como si se tratara del cielo nocturno más oscuro jamás visto.


El enrojecimiento en la piel aparecía con cada golpe, quedándosele marcado en el trasero durante un largo rato antes de comenzar a desvanecerse, y luego vuelta a empezar cuando le administraba un nuevo azote. Paula se retorció sin descanso y luchó contra el amarre que la tenía atada mientras arqueaba el trasero hacia arriba como si buscara y quisiera más.


Cuando llegó al decimoquinto golpe, Pedro incrementó la fuerza de los azotes, lo que provocó que el enrojecimiento de la piel durara más, hasta que todo su culo brillaba con un color rosado.


Solo unos pocos más y se hundiría en su apretado conducto. 


Se perdería en la belleza de su sumisión.


Cuando sonó el chasquido del siguiente golpe, otro sonido bien diferente prorrumpió en la habitación.


—¿Qué narices estás haciendo? —gritó Juan.


Pedro giró la cabeza y se le desvaneció por completo el abotargamiento que lo consumía cuando vio a Juan y a Alejandro de pie en la entrada y las puertas del ascensor cerrándose detrás de ellos. Había estado tan inmerso en la escena con Paula que no había escuchado siquiera llegar al ascensor. No se enteró de que Juan y Alejandro estaban ahí.


Ver el miedo que se reflejó en el rostro de Paula fue como recibir un puñetazo en las entrañas.


—Dios, Pedro. ¿Qué has hecho?


La voz horrorizada de Alejandro llegó hasta los oídos de Pedro en el mismo momento en que Juan se le
echaba encima y le pegaba un puñetazo en la mandíbula.










CAPITULO 37 (PRIMERA PARTE)





Pedro se bajó del coche en la avenida Lexington frente a un pequeño complejo de oficinas que albergaba las de Charles Willis, y se encaminó hacia la entrada con los puños cerrados.


Había mandado a Paula a casa en coche una vez se hubo deshecho de toda evidencia de que había llorado y tras haberle pedido que describiera con pelos y señales las fotografías que Charles le había enseñado.


La oficina de Charles estaba en la primera planta, espacio que compartía con otra compañía porque él no estaba en Nueva York tan a menudo. Su constructora tenía oficinas por todo el mundo, pero Pedro no volvería a hacer negocios con él, nunca. Si no fuera por el hecho de que la compañía de Charles contrataba a un montón de gente —buenas personas que dependían de él para mantener a sus familias— Pedro le cerraría el chiringuito y lo sacaría de lleno del negocio.


Tal y como estaban las cosas, nunca volvería a tener ninguna relación personal o profesional con él.


Pedro dejó atrás a la sorprendida recepcionista y abrió la puerta de la oficina de Charles de un golpe.


Charles levantó la mirada, sorprendido, y Pedro pudo ver un deje de miedo reflejarse en los ojos del otro hombre antes de que este se pusiera en pie y disimulara su expresión.


—Pedro —dijo con voz cordial—. ¿Qué puedo hacer por ti?


Pedro cerró la puerta de un portazo a su espalda y se lo quedó mirando fijamente mientras este avanzaba. No apartó la mirada en ningún momento de Charles, al que se veía claramente incómodo bajo su escrutinio.


—La has cagado pero bien esta vez, Charles —dijo Pedro con suavidad—. Has tocado lo que es mío.
Le has puesto las manos encima, le has hecho daño y la has asustado. E incluso la has amenazado.


Charles luchó contra su evidente pánico y luego se encogió de hombros con arrogancia.


—Es solamente otra puta más. ¿Qué te importa?


Pedro se lanzó contra él con furia y levantó el puño por encima de la cabeza. Le golpeó en la boca, lo que provocó que saliera disparado hacia atrás y se estampara contra la estantería que había tras su mesa.


La mano de Charles viajó hasta donde había recibido el golpe y cuando la separó vio que estaba manchada de sangre.


—¡Haré que te arresten por agresión! —gritó Charles encolerizado—. ¡No puedes entrar aquí y pegarme un puñetazo!


—Cabrón, maldito hijo de puta. Tienes suerte de que no te mate con mis propias manos —soltó Pedro echando humo—. Si vuelves siquiera a respirar el mismo aire que Paula, te arruinaré. Y cuando acabe contigo, no tendrás nada. Ni 
credibilidad, ni respaldo, ni contratos. Nada.


El miedo barrió todo color del rostro de Charles.


—¡Haré públicas las fotografías! —lo amenazó. Las palabras le salieron como si fuera un borracho incoherente.


Pedro se quedó quieto y los orificios nasales se le ensancharon.


—Hazlo, Charles. Hazlas públicas. Haré que te acusen por violación. Es precisamente lo que intentaste hacer con ella, y esas fotos lo prueban. No me importa una mierda lo que me pueda perjudicar a mí o a mi reputación. Pero no permitiré que tú, o quien sea, humille o le haga daño a Paula. Iré a por ti y te pasarás los próximos años en prisión siendo el juguetito sexual de tu compañero de celda. Si no me crees,
solo ponme a prueba, y verás.


Su voz estaba llena de amenaza. Y de convicción. Si Charles no lo tomaba en serio entonces era tonto. Pedro nunca había ido más en serio en toda su vida.


Charles empalideció y se dio cuenta de la gravedad del asunto. Pedro iba completamente en serio, y Charles lo sabía.


—Gastaré cada céntimo que tenga para asegurarme de que pierdas todo lo que tienes —continuó—. Y tengo muchos contactos. Me deben muchos favores y estoy más que dispuesto a cobrármelos ahora.


Charles parecía como si fuera desmayarse. Intentó moverse de la estantería donde había aterrizado antes, pero solo consiguió bambolearse y no pudo lograr reincorporarse.


—Lo siento —soltó de sopetón—. Estaba desesperado. Sabía que no me ibas a considerar siquiera después de lo que pasó. Necesito ese contrato, Pedro. Tengo que tenerlo.


Pedro le tendió una mano para ayudarlo a ponerse en pie. 


Charles lo miró, precavido, pero al final se la aceptó.


Tan pronto como Charles estuvo de pie otra vez, Pedro lo derribó de nuevo con otro puñetazo.


Simplemente le rompió la nariz. La sangre le salpicó por todo el rostro mientras yacía, aturdido, encima de la estantería.


—Eso es por ponerle las manos encima a Paula. Por dejarle esos moratones en la piel. Si alguna vez vuelves a acercarte a ella, no habrá lugar en este planeta en el que puedas esconderte. Te buscaré, y te destrozaré. Puedo hacerte desaparecer, Willis. Nadie nunca encontraría tu cuerpo.


Sabiendo que ya le había dejado claro su punto de vista, Pedro se dio media vuelta y abandonó la oficina. Charles, aunque estúpido, era lo suficientemente listo como para saber que iba completamente en serio. Si seguía adelante con cualquier amenaza que le hubiera hecho a Paula, lo destrozaría.


Pedro se metió en su coche y se dirigió a su apartamento. 


Estaba ansioso por volver con ella para así poder tranquilizarla y asegurarle que ya se había ocupado de todo.


Lo desconcertaba y lo conmovía el saber que no lo había traicionado. Que su primer instinto había sido acudir a él y pedirle su ayuda. Confiar en él para que solucionara el problema cuando ella misma se jugaba muchísimo.


Qué gran regalo tenía con Paula.


Todos sus pensamientos estaban dirigidos a ella mientras iba en el coche a través de la ciudad. Había muchas cosas que quería tratar con ella, cosas a las que no sabía cómo podría reaccionar.


Esta situación le había hecho darse cuenta de lo fácilmente que podrían ser descubiertos. ¿Merecía la pena mantener el engaño sabiendo cuáles podrían ser las posibles consecuencias?


Anteriormente, había coincidido totalmente con Paula sobre lo de mantenerlo en secreto, que Juan no supiera nada. Tenía sentido porque él sabía que, fuera cual fuese la relación que tendrían, no iba a durar mucho. Si Juan nunca se enteraba, no habría incomodidades ni momentos raros. No habría rabia. Podrían seguir como siempre habían estado, haciendo como que todo el tiempo que había pasado con Paula nunca había ocurrido.


Pero ahora…


Ahora Pedro se mostraba reacio a pensar que el acuerdo que tenían pudiera terminar. No estaba seguro de cuándo había empezado a verla con otros ojos y otra luz, como si fuera alguien de la que no tenía ninguna intención de alejarse. Al menos no tan pronto.


Tenían que contárselo a Juan y luego Pedro y Paula lidiarían con lo que sea que se les viniera encima.


Se le estaba volviendo muchísimo más difícil mantener las distancias en la oficina, pretender que Paula era una simple empleada, o simplemente la hermana pequeña de Juan, alguien a quien miraba con afecto.


No estaba seguro de cómo se sentiría Paula sobre lo de ir a contarle a Juan la verdad, o al menos una versión más simple de la verdad. Nadie tendría conocimiento nunca de su contrato. Era algo de lo que ahora se avergonzaba, el hecho de haber dependido de un maldito contrato y de vivir según los acuerdos estipulados antes de entrar en ninguna relación. ¿Pero ahora? Le parecía ridículo e inútil. Un producto de una reacción exagerada ante su pasado.


Más importante que eso, ahora mismo, era asegurarse de que tranquilizaba a Paula, y de que calmaba todos los miedos o preocupaciones que tuviera con respecto a las amenazas que Charles le había soltado.


Sus manos se morían por tocarla. Pedro quería tenerla pegada a él, que respirara el mismo aire que él.


Quería saborearla y sentir su piel.


En silencio, le urgió a su chófer que condujera más deprisa. 


Había estado alejado de Paula durante demasiado tiempo. 


Ella era su adicción, y ya estaba sufriendo de abstinencia.


Paula se preocupó e inquietó mientras esperaba que Pedro volviera a casa. Desvió la mirada hacia el reloj incontables veces; los minutos pasaban con una lentitud insoportable.


¿Qué es lo que había hecho? ¿Cómo podría siquiera pensar que podía hacerse cargo del asunto?


¿Había hecho lo correcto al decírselo?


Estaba cansada y le dolía muchísimo la cabeza. Ya había acudido al botiquín de Pedro para coger ibuprofeno, pero nada parecía aliviar el dolor que palpitaba en sus sienes y en la base de su cuello.


Entonces oyó pasos en la entrada, y ella se incorporó corriendo del sofá y se encontró con Pedro justo cuando este entraba en el salón.


Se lanzó a sus brazos y él la abrazó y pegó a su pecho mientras ella no hacía más que acurrucarse contra él. La impulsó hacia arriba y ella enrolló las piernas alrededor de su cintura y se agarró con fuerza a sus hombros.


Pedro le colocó las manos en el trasero para mantenerla bien arriba y la miró fijamente a los ojos.


—¿Estás bien? —le preguntó en voz baja. Ella asintió.


—Ahora que estás en casa, sí. He estado muy preocupada, Pedro.


Él la llevó hasta el sofá y se sentó con ella aún a horcajadas encima de él. Le dio un beso y luego le apartó el pelo que tenía en la frente.


—Todo está bien. Quiero que confíes en que será así. Charles no volverá a ser un problema para nosotros. Te lo prometo.


La preocupación se reflejó en sus ojos y ella frunció los labios.


—¿Qué has hecho?


—Él y yo solamente hemos llegado a un entendimiento mutuo —dijo Pedro con bastante calma —. Se acabó, Paula. No te volverá a molestar.


Fue entonces cuando ella bajó la mirada hacia su mano, hacia el rasguño que tenía en los nudillos y la piel ligeramente enrojecida, como si se hubiera limpiado la sangre pero no lo hubiera hecho por completo. Paula volvió a mirarlo a los ojos con el ceño fruncido.


—¿Qué has hecho, Pedro?


—Te puso las manos encima —dijo, cortante—. Con esa ya es la segunda vez que lo ha hecho con la intención de hacerte daño.


—Si presenta cargos contra ti, te arrestarán —le dijo con tristeza—. Y entonces todo saldrá a la luz. No merece la pena que te metan en la cárcel por él.


Un pequeño gruñido se hizo eco en su garganta.


—Por ti todo merece la pena. Moriría por ti. Y por supuesto que iría a la cárcel para evitar que un gilipollas te haga daño.


Impresionada como estaba por sus vehementes palabras, 


Paula solo pudo quedársele mirando con total confusión. La esperanza que se apoderó de ella fue intensa y abrumadora, le llegó directamente al corazón e inundó sus venas de una calidez completamente reconfortante. Las lágrimas emborronaron su visión y amenazaron con caer por sus mejillas.


Levantó la mano herida de Pedro y depositó un beso en sus nudillos.


Él suavizó su mirada, le rodeó la mejilla con la mano y la acarició suavemente por encima del mentón.


—Hay algo más que quiero tratar contigo, Paula.


Ella podía sentir el cambio en su voz. Estaba un poco más inseguro, y, aun así, las palabras sonaron igualmente firmes y llenas de determinación.


—¿Qué?


—Creo que deberíamos contarle a Juan lo nuestro.


Paula abrió los ojos como platos por la impresión.


—No tiene por qué saber detalles exactos. Pero corremos el riesgo de que nos descubran todo el tiempo. Estoy cansado de pretender que no significas nada para mí. Tú vives asustada porque llegue a descubrirlo y por lo que pueda pasar con nuestra amistad o con tu relación con él. Si quitamos ese miedo de en medio, entonces ya no tendrá poder sobre nosotros. Juan podrá enfadarse al principio, pero lo superará.


Paula soltó el aire que había cogido de forma irregular. Esto era… bueno, era algo enorme. ¿Pedro quería hacer pública su relación? No se atrevía siquiera a pensar en lo que eso significaba. No se podía permitir leer nada entre líneas, asumir que era algo más que simplemente eliminar una fuente considerable de preocupación mientras buscaban mantener su relación en secreto.


—¿Paula? ¿Estás de acuerdo?


Ella parpadeó y volvió a enfocar la visión en Pedro. Vio la determinación grabada en su rostro, así que, lentamente, asintió.


—¿Cuándo? —le susurró.


—Cuando vuelva a la ciudad. Se supone que debe estar de vuelta el lunes o el martes. Le diré que tengo algo importante que discutir con él.


—De acuerdo —aceptó mientras el pulso se le aceleraba.


—Ahora, tras habernos quitado todo eso de encima, y con el asunto de Charles ya solucionado… — dijo Pedro.


Le tocó el rostro y luego hundió la mano en su pelo para acariciarla con dulzura.


—Quiero que pasemos el fin de semana juntos sin preocuparnos por nada más que lo que nos plazca.
Pediré la cena, y tendremos una bonita velada junto al fuego y veremos la lluvia volverse nieve o aguanieve.


Paula suspiró y se inclinó hacia delante para rodearle el cuello con los brazos.


—Eso suena genial, Pedro. Es el fin de semana perfecto.