viernes, 22 de enero de 2016
CAPITULO 23 (SEGUNDA PARTE)
Paula se quitó la ropa, la dobló y la guardó en el armario antes de dirigirse a la gruesa alfombra que había junto a la cama. Vaciló durante un largo rato mientras se quedaba mirando fijamente el suelo.
Sabía el significado de arrodillarse. De esperar a que Pedro entrara en el dormitorio. Era una señal de sumisión. Le estaba pidiendo que se sometiera a él, que confiara en él. ¿Lo haría?
Sus primeros pensamientos retrocedieron a la primera noche. La noche en la que había tenido sexo con Pedro y Alejandro. Cuando Alejandro hubo recitado con bastante brusquedad los términos de lo que conllevaría estar con ellos. Eran hombres dominantes, pero Pedro era quizás incluso más. Alejandro parecía ser más despreocupado, mientras que Pedro era… intenso.
¿Había estado luchando contra su naturaleza todo este tiempo que había estado con ella? ¿Había contenido su verdadero ser por miedo a asustarla y a que lo dejara?
Su humor mejoró. Pedro no la había forzado. Bueno, sí que había sido exigente y fuerte. No hay duda de ello. Pero había un deje de control en sus acciones, y Paula tenía la impresión de que si Pedro no se estuviera conteniendo, las cosas se podrían haber vuelto mucho más intensas.
¿Podría soportar eso? ¿Que controlara todos los aspectos de su vida? ¿Que dictara cada movimiento dentro y fuera de la cama? ¿Sería tan malo?
En cierto sentido, ella se deleitaba en la idea de ceder todo el control. De tener a alguien —un hombre fuerte y dominante como Pedro— en su vida y que cuidara de ella. Que tomara decisiones. Que la mimara a más no poder.
Ella nunca había tenido eso, pero lo ansiaba.
Paula no era nadie que deseara y buscara independencia o ser autosuficiente. Ella había sido independiente desde que era una niña. Había sido autosuficiente toda su vida. Nadie había cuidado de ella, excepto Jeronimo. Y ella había hecho por él tanto como él había hecho por ella. Solo por una vez
quería que alguien cuidara de ella. Solo de ella. Que acarreara todas las cargas que tuviera. Que tomara decisiones. Y quería simplemente vivir. Disfrutar de no tener que preocuparse por cómo lograría su próxima comida, por si tenía sitio donde pasar la noche. Quería ternura.
Quería… amor.
Paula inspiró con fuerza ante esa particular revelación porque era peligroso querer algo que bien podría ser que nunca tuviera. Pedro la deseaba, sí. No tenía duda de ello.
¿Pero por cuánto tiempo? Él no podía amarla. No la conocía.
No confiaba siquiera en ella.
Lo que ellos tenían era físico y evidentemente ella se sentía atraída por el lado protector de Pedro.
Así era él. Pero sabía que ella no era su igual sin importar lo que él dijera. Había un océano que los separaba. Eran tan diferentes que no podía siquiera relacionarse con su vida, y ella sabía que él claramente no se relacionaba con la suya tampoco.
Paula se quedó mirando la alfombra de nuevo con las manos apretadas contra sus costados.
Y luego, antes de ser plenamente consciente de lo que estaba haciendo, se arrodilló lentamente.
Pedro se encontraba en el marco de la puerta, observando mientras una miríada de emociones cruzaba el rostro de Paula. Era obvio que estaba debatiendo su decisión. Podía ver la confusión y la tristeza en sus ojos. Pero también veía necesidad.
No se había dado siquiera cuenta de que estaba conteniendo la respiración hasta que sus pulmones protestaron y le ardieron. Inspiró por la nariz sin apartar la mirada de Paula. Ella no sabía siquiera que él la estaba observando. Casi con total seguridad la haría sentirse incómoda el saber que Pedro podía ver su vulnerabilidad con tanta claridad.
Pero luego se puso de rodillas lentamente y el alivio se apoderó de su pecho, robándole así el aire.
Se estaba sometiendo. Y él sabía perfectamente que ella entendía el significado de arrodillarse tal como le había pedido. Había visto todo el proceso mental que había llevado a cabo en esos preciosos y expresivos ojos.
Pedro se sentía débil del alivio.
No, no todo estaba resuelto. No lo tenía todo en el bote. Aún tendrían que recorrer un camino muy largo, pero era un paso gigantesco adelante en la progresión de su relación.
Era un comienzo.
Caminó hacia delante y Paula alzó la cabeza para encontrarse con su mirada. Pedro no quería nada más que barrer ese miedo e inseguridad de sus ojos, pero sabía que solo el tiempo podría conseguirlo. Tiempo y paciencia. Tenía que estar dispuesto a esperar tanto como a ella le llevara
aceptar el lugar que tenía en la vida.
Tenía toda una vida de sentirse infravalorada para superar y eso no iba a ocurrir en un día, ni en una semana, ni siquiera en un mes. Pero que lo aspasen si no iba a intentar todo lo que estuviera en su mano para mostrarle que no se iba a ir a ningún sitio.
Alargó la mano para tocarle la mejilla y dejó que sus dedos se deslizaran por su sedosa piel.
—Eres tan hermosa —dijo con voz ronca—. No puedo decirte cuánta satisfacción me da verte arrodillada aquí, esperándome. Por el placer que te voy a dar.
Los ojos de Paula se llenaron de cariño, que logró sepultar parte de la inseguridad que sentía.
Sonrío vacilante con una sonrisa tan dulce y tímida que hizo que a Pedro le temblaran las rodillas.
Dios. ¿Qué tenía esta mujer para que le inspirara tal abrumadora respuesta en él? Quizás nunca lo sabría.
Quizás esto era lo que pasaba cuando conocías a tu otra mitad.
Pedro casi se avergonzó ante lo cursi que sonaba ese pensamiento, pero no podía explicarlo de mejor manera. Las mujeres con las que había estado antes eran de relleno. Él había estado allanando el terreno, esperando. Para Paula.
Había visto a Gabriel sobrevivir a un matrimonio que no se había forjado sobre un amor profundo y duradero. Había visto a su amigo tirarse a multitud de mujeres. Y no fue hasta que vio a su amigo con Melisa, cuando Pedro se dio cuenta de lo vivo que estaba su amigo.
Eran almas gemelas.
Gabriel y Melisa eran almas gemelas. Se veía en cada mirada, en cada caricia. En cada momento que Gabriel la desnudaba con los ojos.
Y ahora todo lo que había encontrado tan desconcertante en Gabriel y en Melisa estaba aquí justo frente a él.
—¿Confías en mí, Paula? —preguntó Pedro mientras pasaba una mano por su pelo y tiraba de él ligeramente para que su cabeza quedara echada hacia atrás.
Los ojos de uno estaban fijos en los del otro y Pedro vio la duda reflejada en los azules de Paula.
El corazón se le encogió. No se había dado cuenta de lo mucho que quería que confiara en él. De lo importante que eso era para él.
Le estaba dando vía libre. Le estaba cediendo el poder a él.
Se estaba sometiendo a él.
Pero sin su confianza, ¿qué tenía realmente?
—No conozco las reglas —dijo ella con voz queda—. Sé que me estás pidiendo que me… someta. A ti. Pero no sé cuáles son las reglas, Pedro. ¿Necesito tener permiso para hablar libremente? ¿Para decirte lo que estoy pensando? ¿Para responder honestamente a la pregunta que me acabas de hacer? No sé cómo funciona esto y no quiero estropearlo antes de que empecemos.
Pedro se dejó caer de rodillas hasta quedar a su misma altura. Ni de lejos iba a tener este tipo de conversación en una posición de dominancia. Era demasiado importante.
Le cogió el rostro con ambas manos y depositó un beso en su frente. Solo un pequeño beso y luego se apartó.
—Nunca vas a tener que pedirme permiso para decirme lo que estás pensando.
¿No se daba cuenta de que sus pensamientos eran su forma de escapar? Pedro tenía que saber lo que estaba pensando para poder abrirse camino hasta su alma y su corazón.
Paula tragó saliva de forma exagerada y luego inhaló con la nariz estrepitosamente.
—Creo que la pregunta más importante es si tú confías en mí.
Pedro la miró con estupor y por un momento no supo cómo contestar.
A ella le temblaron los labios pero siguió adelante. Estaba claramente asustada pero a la vez decidida a decir lo que pensaba.
—Llegaste a pensar… cosas bastante malas sobre mí, Pedro. Sé que lo que hice no ayudó, pero sacaste unas conclusiones que me dicen que piensas lo peor de mí. Sé que no nos conocemos bien. No me conoces. Pero que pensaras que estaba jugando contigo, que te estaba robando…
Paula terminó y cogió aire profundamente como para serenarse.
Luego lo miró directamente a los ojos, su rostro denotaba seriedad y una completa vulnerabilidad.
—¿Por qué querrías acostarte conmigo siquiera? —susurró—. ¿Por qué querrías… esto…? —Se pasó una mano por el cuerpo y luego a su alrededor, indicando claramente su posición. Su sumisión—. Sé que este… acuerdo… o relación, lo que sea que estemos haciendo requiere mucha confianza por mi parte. Pero tu confianza tiene que involucrarse también. Además del hecho de que no me puedo imaginar por qué querrías tener sexo con una mujer de la que piensas tan mal, ¿por qué querría yo entregarme a un hombre que me encuentra tan… repugnante?
Pedro apretó los dedos sobre los hombros de Paula y se obligó a sí mismo a relajarse. Le iba a hacer daño y él no quería herirla nunca. Apartó las manos, no confiaba en sí mismo, en que no fuera a estrujarla todavía más.
Ella pareció dolida ante su distanciamiento y Pedro soltó un gemido. No lo estaba haciendo nada bien. Cada caricia, cada palabra que salía de su boca. Todo lo hacía mal. La estaba jodiendo y esto era demasiado importante. Lo era todo para él.
Por primera vez en su vida, estaba asustado. Porque sabía que si no manejaba la situación, la perdería. Y esa no era una opción. Sin importar lo que le llevara, sin importar lo que tuviera que hacer, ella tenía que formar parte de su vida.
Dios santo, estaba cerca de suplicar, y él nunca había suplicado por nada.
Se aclaró la garganta y luego se volvió a apoyar sobre los talones. Todas las palabras que necesitaba decir se atropellaban en sus cuerdas vocales.
Luego se puso de pie y le tendió la mano. Ella lo miró confusa pero deslizó su mano sobre la de él.
Otro símbolo de confianza. Confianza que no había podido corresponder o transmitírsela a Paula.
Se sentó en el borde de la cama y estrechó el cuerpo desnudo de Paula contra el suyo, acunándola y sentándola sobre su regazo para que estuviera cerca, tocándolo.
Pedro descansó el mentón sobre su pequeño hombro y luego depositó un beso sobre su piel. Inspiró hondo para captar su olor y poder saborearlo.
—Lo siento.
Ella se quedó petrificada y mirando directamente a la pared más alejada. Pedro deslizó un dedo por debajo de su barbilla para obligarla a mirarlo.
—Tienes razón. Dije y pensé cosas horribles. No fui justo contigo. Tenía miedo, Paula. Estaba aterrorizado —se corrigió—. Reaccioné mal. Esto es un territorio nuevo para mí. Yo nunca he estado tan… Nunca he estado tan mal por una mujer en mi vida. Estoy acostumbrado al control. Eso lo sabes porque ya te he dado pistas. En el espacio de esas pocas horas, no tuve control alguno. No podía protegerte. No tenía control sobre lo que te ocurriera. Me entró el pánico y lo pagué contigo.
—Lo entiendo —dijo ella suavemente.
Él sacudió la cabeza.
—No, no lo entiendes. Y no deberías tener que hacerlo. Ya me explicaste lo que ocurrió, y aunque no esté de acuerdo con lo que hiciste, no tenía motivo alguno para acusarte de todo lo que te dije.
Tengo temperamento, nena. Ya conocerás esa parte de mí también. No estoy acostumbrado a las cosas que están más allá de mi control. Pero lo que necesitas comprender es que nunca te voy a hacer daño. O al menos intentaré lo mejor que pueda no hacerlo. Físicamente, nunca va a ocurrir. Pero digo cosas porque estoy cabreado. Estaba asustado y no sé controlar eso bien. No te puedo garantizar que nunca vaya a pasar, pero tienes que saber de antemano que no voy a decirlo con intención. Sé que estoy pidiendo mucho, pero necesito que puedas ser capaz de ignorarme cuando esté cabreado y diga cosas que te duelan. Intentaré no hacerlo, pero me conozco. Mis amigos me conocen. He sido un gilipollas con la gente que más me importa. Tú. Gabriel. Alejandro. Mi propia hermana. Pero sé que te duele. No estás acostumbrada a mí. No puedes ver lo que hay detrás de la furia y las cosas que digo en caliente. Pero me conocerás, Paula. Me conocerás porque no voy a irme a ninguna parte, y lo que hay entre nosotros solo va a ir a más. Necesito que creas en eso. Necesito que lo quieras tanto como yo porque eso me dirá que vas a estar conmigo para sortear los problemas juntos.
Sus ojos lo miraban conmocionados. Su expresión era de completo asombro. Ella se cogió a uno de sus brazos; los dedos lo sujetaban con tal fuerza que Pedro dudaba de que fuera consciente de su gesto.
Abrió los labios y él esperó a que reorganizara sus pensamientos. Podía verla procesar todo lo que había dicho.
Dios, ni siquiera él estaba seguro de haberlo procesado todavía. Decir lo que le salía del alma no era algo que tuviera por costumbre hacer todos los días. O nunca, mejor dicho.
Nunca se había sentido tan vulnerable en su vida y no le gustaba ni un poquito.
Se sentía como si alguien lo hubiera abierto por la mitad y estuviera sangrando frente a ella.
—¿Y qué quieres de mí? —susurró—. Es decir, lo que de verdad quieres. ¿Qué soy para ti, Pedro? ¿Un lío? ¿Una sumisa temporal? ¿Un caso de caridad? Tienes que entender que yo también esté asustada. No sé qué es lo que quieres de mí. Has hecho tanto por mí, pero estoy asustada de aceptarlo todo porque en todo lo que puedo pensar es en que si me echas mañana, va a ser mucho más difícil volver a mi vida. Preferiría no haberte conocido nunca a tener que saborear nuestra relación para que luego repentinamente me quede sin nada y tenga que volver a la existencia que he llevado hasta ahora.
»La que he vivido la mayor parte de mi vida. Incluso las partes de mi vida en las que no estaba en la calle no han sido felices tampoco. Fueron años de supervivencia, de esperar a que algo mejor ocurriera y normalmente nunca lo hacía. Me vale esa vida. Es todo lo que he conocido. Pero tú me estás enseñando una vida muy diferente.
Su voz se entrecortó y el dolor atravesó el pecho de Pedro, casi logrando asfixiarlo. Quería estrecharla entre sus brazos y hacer que se callara, pero sabía que necesitaba decirlo.
Ambos lo necesitaban para poder seguir adelante.
Las lágrimas llenaron sus ojos y parecía estar tan asustada que el corazón se le encogió una y otra vez.
—Tú me has enseñado cómo pueden ser las cosas —susurró—. Y lo quiero, Pedro. No debería quererlo. No debería siquiera atreverme a soñar que algo tan bonito pueda ocurrirme a mí. Pero lo quiero igualmente. Pero si me lo vas a quitar, si esto es únicamente temporal, una diversión para ti, entonces no lo quiero porque me matará volver a la que ha sido mi vida.
Las lágrimas se deslizaron silenciosamente por sus mejillas.
Para su sorpresa, Pedro se percató de que sus propios ojos le picaban, como si alguien le hubiera lanzado arena a la cara.
—Y sé que suena una locura que te pida esto. Nos hemos conocido hace muy poco tiempo. Y no es justo que te lo pida. Pero necesito saberlo porque no puedo volver por donde vine tras haber soñado con cuán diferentes pueden ser las cosas. Tras haber soñado cómo es estar con un hombre como tú. Alguien tan inalcanzable para mí que no puedo siquiera concebir la idea. No me mientas. Necesito
saber si eso es todo lo que significa para ti. Solo algo con lo que pasar el tiempo. Un nuevo reto. Por favor, respétame al menos en eso y déjame ir si nunca voy a significar nada para ti.
Sin poder escuchar más el dolor en su voz, Pedro la abrazó tan fuerte que pudo sentir cómo su corazón latía contra su pecho.
—Dios, Paula. Por Dios, nena, no sé siquiera por dónde empezar.
—Con la verdad —dijo pegada a su cuello.
Pedro la alejó de él y deslizó las manos casi frenéticamente por sus brazos. Quería darle tanto.
Confort. Tranquilidad. Las palabras le daban vueltas en la cabeza pero tenía que solucionar esto. Le debía esas palabras. La verdad que había pedido, incluso si eso lo dejaba completamente desnudo frente a ella.
Inspiró hondo y la miró con intensidad, esperando que pudiera ver la sinceridad en sus ojos.
—La verdad es que nunca me he sentido así por otra mujer. La verdad es que estoy terriblemente obsesionado contigo. La verdad es que te quiero de cualquier forma que pueda tenerte. La verdad es que si me dices ahora mismo que nunca te podrías someter a mí, que nunca podrías darme lo que tanto quiero de ti, no me importaría. Te tendría de cualquier forma que pueda tenerte. La verdad es que no te
voy a dejar marchar.
La esperanza se instaló en sus ojos, pero a Pedro le dolió lo rápido que la hizo desaparecer. Como si tuviera miedo de permitirse esa emoción.
—Nunca voy a dejar que vuelvas a la vida que has tenido hasta ahora, Paula. No importa lo que pase entre nosotros. E incluso si alguna vez decides que no soy lo que quieres o necesitas, no voy a dejarte volver ahí. Aunque no estés conmigo, siempre vas a estar protegida y tendrás todo lo que te haga falta. ¿Lo entiendes?
Ella asintió lentamente mientras se mordía el labio inferior.
La fuerza que hacía con los dientes le iba a lacerar la piel y sangrar. Con suavidad, Pedro hizo que abriera la boca y liberara el labio.
—¿Qué quieres, Pedro? —preguntó de nuevo—. Necesito saber qué esperas de mí. No puedo vivir con la incertidumbre de no saber si lo estoy haciendo bien o mal o de si lo estoy estropeando todo.
Pedro suspiró y sus manos recorrieron el cuerpo de Paula.
Tenía frío. Los escalofríos se extendían por su torso y su piel estaba fría al tacto. Todos los pensamientos sobre sexo se esfumaron. Su excitación se había apagado. No porque no la quisiera, ni tampoco porque no estuviera desesperado por poseerla, sino porque algunas cosas eran más importantes que el sexo y la satisfacción.
—Vístete, nena —dijo con voz amable.
Su mirada se llenó inmediatamente de miedo.
Él la besó en la frente.
—No has hecho nada mal. Tienes frío y necesitamos hablar —dudó durante otro momento—. ¿Quieres volver a mi apartamento conmigo? Te prepararé chocolate caliente y nos sentaremos junto al fuego para hablar. Me gustaría que pasaras la noche conmigo allí.
Para su sorpresa, ella le rodeó el cuello con los brazos y presionó su cuerpo desnudo contra el de él. Lo abrazó con fuerza.
—Me encantaría —susurró.
CAPITULO 22 (SEGUNDA PARTE)
Pedro tuvo que soltarla y retroceder para poner distancia entre ellos. Respirar le dolía. Tenía el pecho tan tenso que parecía que lo estuvieran sujetando con tornillos.
Tenía que calmarse.
Lo primero era lo primero. Antes de que pudiera funcionar o que su relación evolucionara… joder, había sido paciente durante una semana. Sí, no era mucho tiempo, ¿pero para él? Podía haber sido perfectamente un año. Nunca había esperado tanto tiempo para tener algo que quisiera. Pero antes de que pudiera soltar los términos de su relación, tenían que discutir la razón por la que se había ido, sin ningún tipo de protección, y sin decirle nada a nadie.
Eso le volvía loco. Por el espacio de unas pocas horas había estado fuera de su control. Más allá de su habilidad para darle lo que necesitaba, para protegerla. Aún no podía revivir esas horas en la cabeza sin perder la cordura.
Quizás Alejandro tenía razón. Quizás estaba completamente obsesionado. Pero «obsesión» parecía ser un término demasiado suave para lo que pensaba y sentía con respecto a Paula.
¿De dónde salía? ¿Era así cómo se sentía Gabriel con Paula? ¿Por qué había perdido el control con ella y por qué había estado tan decidido a que nadie se interpusiera entre ellos?
Pedro no tenía una explicación. Algunas cosas simplemente eran tal cual, como esta obsesión que tenía con Paula. No iba a luchar contra ella. Maldición, no podía. Estaba completamente a su merced en lo que a ella se refería, y perdía toda razón. Ni siquiera tenía la capacidad de tomar
decisiones racionales.
Señor, si esto era lo que el amor y las emociones le hacían a un hombre, no estaba seguro de quererlo. Pero quería a Paula. Con cada aliento. Con cada pensamiento coherente.
La quería y no iba a dejarla marchar sin haber luchado primero por ella.
—¿Estás bien? —le preguntó cuando tuvo mayor control de sí mismo.
Él se la quedó mirando y buscó algún signo que le indicara que estaba herida o aturdida. Pero todo lo que vio fue inseguridad mientras temerosa lo observaba con ojos heridos y grandes. Dios. Había pensado que la estaba echando cuando él era el que pensaba que lo había abandonado a él.
—Estoy bien —dijo en voz baja—. Pedro, lo siento. Sé que lo que hice fue estúpido.
—¿Estúpido? Sí. Eso lo describe bien. Dios, Paula. ¿Te haces alguna idea de lo que podría haber pasado? Sé que has vivido en esas calles y que es solo por la gracia de Dios que no te hayas convertido en una estadística más de una ciudad llena de malas estadísticas. ¿Por qué lo hiciste? ¿Dónde fuiste? ¿Qué pensabas que estabas haciendo?
Ella se hundió en el sofá como si las piernas no quisieran sostenerla más. Las manos le temblaban y se quitó el abrigo para dejarlo seguidamente en el butacón que tenía a su lado. Pedro no se podía sentar todavía. No se había calmado lo suficiente. Así que se puso a andar arriba y abajo frente a ella, expectante.
—Tenía que encontrar a Jeronimo—dijo con voz queda.
—Jeronimo.
La palabra sonó explosiva en el salón. Maldito Jeronimo.
Había arriesgado su vida porque tenía que encontrar a Jeronimo. Un hombre que la había lanzado a los lobos. A quien no le importaba ella lo más mínimo cuando había pedido dinero que sabía que no podía devolver y luego la había dejado con el marrón.
—Tenías que encontrar a Jeronimo —repitió.
—Estaba preocupada —dijo, casi suplicante—. Es todo lo que tengo, Pedro. Y con esos hombres…
Pedro resopló profundamente.
—Exacto, Paula. Precisamente por esos hombres es exactamente por lo que no deberías haberte ido sola. ¿No se te ocurrió contármelo? ¿Contárselo a Kevin y Samuel, que están contratados para protegerte? ¿Piensas que los contraté porque sí? ¿Crees que tengo por costumbre contratar seguridad profesional para seguir a la gente que no me importa?
Ella bajó la mirada y Pedro continuó; necesitaba sacarse toda la furia de encima y las imágenes de ella tirada en la acera, sangrando.
—Y él no es lo único que tienes. Me tienes a mí.
Paula volvió a levantar la mirada, con los ojos llenos de tristeza.
—No me refería a eso de esa forma, Pedro. Por favor, créeme. Sé que puedo parecer muy desagradecida. No tenía intención de hacerte sentir como si no fueras importante. Solo me refería a que él es la única familia que tengo. Durante mucho tiempo, solo hemos estado él y yo.
—Él no es tu hermano —dijo Pedro con tensión, haciendo referencia al otro problema que lo había estado molestando desde que Alejandro le había dado esa información.
Maldita sea, la advertencia de Alejandro no hacía más que repetírsele en la cabeza una y otra vez.
¿Estaba tomándole el pelo Puala? ¿Estaba siendo la víctima de una trama montada por dos amantes de la calle para aprovecharse de él? Mirándola fijamente a los ojos no parecía que fuera así. Pero bueno, a lo mejor era una actriz maravillosa. No había culpa en su expresión mientras revelaba que sabía que Jeronimo Kingston no era su hermano. O quizás él estaba viendo solo lo que quería ver.
Solo había tristeza.
—¿Estás jugando conmigo, Paula? —preguntó en un tono tan bajo que denotaba peligro—. ¿Es esta una trama que tenéis montada tú y Jeronimo? ¿Le diste el dinero que te dejé?
El poco color que tenía en el rostro de repente se esfumó.
Era tan desolada la mirada que se instaló en sus ojos; estaba llena de completa desolación y absoluta culpabilidad.
En ese momento supo que había estado terriblemente equivocado de siquiera sugerir tal cosa, incluso aunque nunca se lo hubiera tragado, para empezar. Lo había dicho debido al miedo, a la ira y a su frustración. Había sentido la
necesidad de replicarle mordazmente, de hacerle sentir, solo por un momento, lo que él estaba sintiendo. Se arrepintió por completo mientras la veía titubear, con el rostro pálido como si le hubiera dado una bofetada.
Paula se puso de pie inestable ya que las rodillas le temblaban. Casi se cayó al suelo y Pedro se lanzó a por ella pero Paula se echó hacia atrás, el color había abandonado sus mejillas. Su expresión lo asustó. Más que su desaparición. Más que la idea de que estuviera jugando con él. Sus ojos se veían atormentados y traicionados, tan heridos que Pedro se preguntó si volvería a recuperarse de nuevo.
Con paso vacilante caminó hacia la cocina, sus andares eran como los de una persona mayor. Sus hombros estaban hundidos en una postura de derrota y su mirada esquiva.
Tenía los brazos sobre su vientre como si se estuviera defendiendo de un puñetazo en el estómago.
Pedro la observó con creciente miedo mientras abría uno de los cajones de la cocina. Un momento más tarde, sacó un sobre que le resultaba bastante familiar. El sobre del banco que le había dado cuando había sacado el dinero. Dentro había varios miles de dólares en billetes, mayormente de
veinte. Se lo había entregado lleno hasta reventar, y aún seguía así.
Lo trajo hasta donde él estaba pero no lo miró a los ojos ni una vez. Se lo tendió, la mano le temblaba tanto que Pedro se la cogió para que parara. Cuando ella intentó deshacerse del agarre, él la asió con más fuerza y la mantuvo ahí temiendo que si la dejaba ir nunca la volvería a recuperar.
—Usé cien dólares —susurró—. Lo siento. Cogí un taxi hasta el centro de la ciudad. Pensé que sería más rápido. No quería desaparecer por mucho tiempo porque sabía que te preocuparías. Así que cogí un taxi hasta allí y luego volví. Dejé propina. Quizá no debería haberlo hecho. Pero sé lo que es necesitar dinero y los taxistas no siempre consiguen una buena propina.
Estaba balbuceando. Lo hirió escuchar en su voz el dolor que había causado su juicio erróneo.
—Nena —susurró.
Él la estrechó entre sus brazos, pero ella estaba rígida como un palo.
—Nena —repitió—. Dime por qué te fuiste. Dime por qué no pudiste contármelo.
Incluso mientras hablaba, retrocedió con ella entre sus brazos. Se dejó caer en el sofá con ella sentada en su regazo. La rodeó con ambos brazos para que no pudiera levantarse, y, a juzgar por su expresión, aún tenía mucho camino por recorrer para hacer que se quedara por voluntad propia donde se encontraba.
—Tenía que decirle que tuviera cuidado —susurró—. No quería que esos hombres le hicieran daño y sabía que no podría pagarles. Y tenía que decirle… lo nuestro. Se preocuparía cuando no me viera. Yo básicamente desaparecí y no quería que pensara que estaba muerta o que simplemente había pasado página y lo había abandonado.
Pedro sabía que el problema ya estaba resuelto pero no Paula. Y ahora tenía curiosidad —una curiosidad genuina— por saber por qué había dejado el sobre lleno de dinero aquí. Había suficiente en ese sobre como para haber pagado la deuda de Jeronimo y aun así lo había dejado en el apartamento.
—Había suficiente dinero en ese sobre como para pagar la deuda de Jeronimo —dijo Pedro con voz queda.
La suya era un mero susurro.
—Sí, lo sé.
—¿Por qué no se lo llevaste?
Ella se tensó otra vez, pero cuando él no dijo nada más, sus hombros se desplomaron y lo miró con ojos llenos de decepción.
—Nunca haría eso —dijo suavemente—. No era mi dinero. No lo habría cogido para pagar la deuda de Jeronimo. Jeronimo se metió él solo en esa situación. Si yo tuviera el dinero, se lo daría. Sin reservas. Lo que es mío es de él. Pero ese dinero no era mío. Yo nunca me aprovecharía de ti de esa forma. Tú has sido muy bueno conmigo, Pedro. No quiero pagarte esa amabilidad con mentiras aunque lo que haya hecho hoy ha sido justo eso.
Pedro suspiró.
—La deuda de Jeronimo está saldada. Los hombres ya no están interesados en ti o en Jeronimo. Tienen su dinero y eso es todo lo que querían. Por ese motivo les dije a Kevin y a Samuel que no estaba seguro de que los fuera a necesitar mañana. No porque te fuera a echar.
Su ceño se arrugó y los labios se curvaron hacia abajo tristemente.
—¿Qué has hecho, Pedro? —susurró.
—Me hice cargo del asunto.
Ella sacudió la cabeza.
—No. No era tu problema. No quiero que te metas en él.
Las lágrimas brillaban en sus ojos y el corazón de Pedro dio un vuelco mientras ella luchaba para evitar que se derramaran.
—Tú eres mi problema —dijo bruscamente—. Lo hice porque esos cabrones fueron a por ti por ese dinero. Eso no lo voy a permitir. Haré todo lo que tenga en mi mano para que estés a salvo. No hay absolutamente nada que puedas decir para que cambie de opinión con respecto a eso, así que ahórrate el aliento.
Deslizó los dedos por el mentón de Paula y luego la acarició con el borde de uno de sus carnosos labios.
—Ahora que ya nos hemos quitado eso de en medio, hay más cosas que necesitamos discutir. Pero quiero tener esta conversación contigo desnuda. En mi dormitorio. Y centrada en mí y yo en ti.
Sus ojos denotaban asombro pero sus mejillas siguieron sin tener color alguno. Entonces la miró con intensidad.
—¿Confías en mí lo suficiente como para hacer lo que te estoy pidiendo, Paula?
Era una prueba. No porque estuviera siendo un cabrón, sino porque necesitaba saber si tenía su confianza. Estaba a punto de dar un paso enorme en lo que sería una relación exigente. Pedro tenía que saber que ella podía con ello. No se iba a poder controlar mucho más.
Ella se relamió los labios y bajó el mentón, pero él no le dejó apartar la mirada. Quería ver cada pensamiento que se le pasara por los ojos. Cada reacción. Cada duda y cada pregunta.
—¿Todavía estás enfadado conmigo? —le preguntó suavemente.
Sus ojos estaban afligidos y ella parecía preocupada.
—Estoy enfadado, sí. No contigo. Estoy frustrado. Pero, de nuevo, no contigo. Nuestra relación es lo que me está frustrando ahora mismo. Estoy controlándome mucho, Paula, y me está matando.
Ella echó la cabeza hacia un lado y entrecerró los ojos sintiéndose confusa.
—¿Por qué te estás controlando?
Él gimió.
—Porque no quiero asustarte, nena. Va a ser intenso. Abrumador, incluso. Estoy intentando todo lo que puedo llevar las cosas lentas porque quiero cuidarte. Asegurarme de que estás conmigo en cada paso del camino.
—Estoy contigo —dijo ella quedamente.
—No, nena, no lo estás. Aún no.
—Entonces dime. Muéstrame. ¿Cómo puedo saber lo que necesitas de mí si no me lo dices? Me has dado muchas cosas, Pedro, pero no estás cogiendo nada para ti. Y yo necesito ser capaz de darte algo. No tengo nada más que tú. No hay nada que te pueda dar excepto a mí misma, y tú no lo quieres todavía.
—Lo quiero —dijo con ferocidad—. No hay nada que quiera más. Pero, nena, tienes que estar segura de esto. Aún tenemos que ir tomándonoslo poco a poco, pero esta noche voy a dar un paso grande si es que estás preparada para ello.
—¿Cómo voy a saberlo si no lo intentamos? —susurró ella.
Los sentidos de Pedro se pusieron en alerta. Todo su cuerpo se tensó y una satisfacción salvaje lo cogió por la garganta.
—Levántate y ve al dormitorio —dijo con un tono de voz controlado.
La calma descendía y él tomó el control. Tenía que hacer esto bien. No podía dejar que se fuera todo al garete. No cuando Paula estaba depositando toda su confianza en él.
—Desvístete y arrodíllate en la alfombra junto a mi cama. Espérame allí.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)